CARTOGRAFIA DE UNA FUGA INTERNA. Encuentro con Lucas Pertile

La cita fue en la puerta de la galería Teresa Anchorena junto a un muro que anunciaba mucha naturaleza. Las ramitas que se asomaban por arriba de la pared eran una invitación a Irse a la Selva contenida en las salas de la casona antigua. Al vernos en seguida empezamos a charlar de lo suelto y fortuito en el proceso creador.

Lucas: Uno va descubriendo mediante la mancha, eso tiene que ver con el inconsciente, la pintura empieza con una mancha, sin boceto previo, no hay nada, no existe nada… es el inconsciente el que va dictando, no hay una idea, sí hay una idea del espacio al plano, empezar a captar cosas en el espacio y bajarlas, esa cosa genética que baja. Para mí la pintura es como un viaje al espacio, uno va, trata de capturar algo y de alguna manera lo baja, eso tiene que ver con el inconsciente.

Jusa: ¿El inconsciente es la señal que te indica qué traer del viaje?

L: Exactamente y es la única verdad tuya, mía y de todos, eso y que nos vamos a morir. La única verdad es lo que sucede en ese viaje, lo que uno trae y exterioriza.

Mi primer autoretrato
Mi primer autoretrato

J: Y en ese momento cambia, se modifica, ya es otra cosa.

L: Es otra cosa y uno hace usufructo de ese resultado tranquilizador, yo soy de la idea de que no tenemos idea de nada, es todo una mentira, nadie sabe nada. ¿Por qué aparecen ciertas imágenes, signos que están relacionados con nuestros antepasados? Uno detecta cierta cosa primitiva… me cuesta mucho decir “ahora voy a pintar esto, voy a hacer esto” esta bueno que suceda, que la obra aparezca, que baje.

J: ¿Y qué pasa en ese proceso?

L: Lo único que hago como trabajo metódico tiene que ver con el psicoanálisis, son las tres etapas del ver, del comprender y del concluir. El ver dónde estamos, qué estamos haciendo acá y de ahí uno va pescando de acuerdo al momento… ahí se empieza inconscientemente a formular una idea con ese material que veo voy dándole forma, por ahí se puede hacer una serie… porque no es una limitación que se llame Irse a la Selva que en realidad tiene que ver con las ganas de irse a la mierda, ese era el título, irse a la mierda, pero la mierda para mi tiene que ver con un lugar lindo, un lugar donde dejar atrás toda esta neurosis, esta locura.

Pertile 01

J: ¿Por qué la selva como escape?

L: Es el primer lugar que pienso en el que yo puedo concebir cierta paz pero también ciertas movilizaciones, tiene que ver con el tema de comprender…

J: Es un lugar simbólico.

L: Claro, exactamente.

Pertile 02

J: ¿Hay una selva que transites, un espacio físico?

L: A veces uno tiene una imagen que se viene a la cabeza, hay un lugar donde voy con mi mujer que visitamos y que nos gusta, está en la selva pero también en la montaña, son imágenes que uno tiene como cuidadas…pero en todo esto entra el tema de la comprensión y el concluir tiene que ver con la obra, voy a volcar todo esto, esta sensación de irse a la mierda, de qué manera baja todo este viaje, ahí hay que dejarse… La conclusión de la obra es una cosa amorfa, algo que va saliendo…

J: ¿Recordás cuando empezó a aparecer la selva en tu obra?

L: Yo nací en Resistencia, Chaco. Mi familia construyó una casa y cruzando una calle estaba el río, el Rio Negro. El barrio era un barrio de monte, no de selva pero está ligada una cosa con la otra, yo tenía cinco años y en este río había monos, víboras, yacarés; entonces todo eso tiene que ver. En un principio el título iba a ser Irse al Monte pero después quedó la selva. Cuando me junté con mi mujer que es de Misiones empezamos a ir más a la selva que al monte.

J: Tu selva oscila entre lo apacible y lo inquietante… ¿a vos qué te pasa con eso?

L: Irse a la Selva tiene que ver con buscar la paz pero también ese lugar es muy conmovedor y muy horroroso. A mí me han pasado varias cosas, a un amigo le ha picado una víbora… entonces hay mucho respeto con eso, el río por ejemplo, yo odio el río. El río calmo es muy traicionero, en los riachos en los brazos está lleno de pozos, de corriente por debajo que te lleva, te chupa… se traga todo lo que hay pero en ese horror hay algo muy interesante, nos sentimos imantados. En mi obra hay mucho de eso pero es un juego…

J: En algunas obras aparece un rostro de rasgos incompletos como si estuviera fundido con la atmósfera natural y uno de esos rostros es de un mono, ¿por qué elegiste ese animal?

L: No sé, el inconsciente vuelve a hacer su trabajo, la intención era hacer un autorretrato pero nunca me imaginé que mi primer autorretrato iba a quedar con la cara de un mono. De aquellas épocas de la infancia hay una imagen clara, una impresión en la memoria de cuando era niño e iba en horas de la siesta a ese monte que estaba a dos pasos de nuestra casa. Recuerdo hasta el nombre del mono, se llamaba Pedro y estoy casi seguro que era un Carayá. Ni bien llegábamos a ese monte el mono comenzaba a seguirnos y nos acompañaba todo el recorrido hasta llegar al río. Él iba por los árboles y nosotros abriéndonos camino por abajo… simplemente tengo el recuerdo de mirar para arriba y verlo; era como nuestro guardián protector. Supongo que “Mi Primer Autorretrato” es un espejo muy sincero que me devolvió esta imagen muy tierna (para mí) quizá dedicado a ese mono o a los monos, creo que en lo personal hay mucho de simio en mí.

Hay algo en el “irse” que no es casual, no es “estar” ni tampoco es “ir”, es “ir-se”. Creo que “irse” tiene que ver con “crecer entre” propio de la mala hierba. Los embriones, los árboles, se desarrollan siguiendo su preformación genética pero la mala hierba no, la mala hierba desborda, crece entre. El “crecer entre” no como medida o moderación sino como eterno devenir. El irse no es renunciar a la acción sino todo lo contrario, es un viaje interno, es hacer que algo huya para que algo aparezca. Solo hay una manera de descubrir mundos, a través de una larga fuga quebrada. Huir es trazar líneas, es toda una cartografía.

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