H(ijo) P(ródigo)

Desde el balcón del piso treinta y tres escucha la marea de lodo atizar las placas de contención. Los guiños del helicóptero pidiendo pista distrae su atención hasta ese momento fija en la costa de la ciudad estado vecina. La nave sobrevuela la azotea.
– Están llegando los cornúpetos –anuncia el asistente.
– Ya me visto… –entra a la habitación, el vidrio blindado se cierra tras él. Activa el espejo pared con sólo detenerse junto al vestidor. Escruta el rostro, la redondez de los ojos, la nariz pequeña y apenas respingada, desliza la mirada por la figura andrógina reflejada, cautivado. Elige una camisa de seda salvaje y unos pantaloncitos de piel morena cultivada. Pasa a la sala principal. Los recién llegados lo esperan en la recepción de nácar. Cerrando los párpados y cabeceando suavemente le indica a su asistente que los haga pasar. Los asesores no se hacen desear.
– Mi esposa le envía este obsequio –se acerca uno, tendiéndole una holocard. El candidato la enciende. Casi desnuda, meneándose al compás de unas lejanas tumbadoras, la mujer susurra elogios y buenos augurios, cierra la proyección con una invitación en la suite pasional del Neo Faena.
– Muy agradecido… Siéntense –los asesores se acomodan en unas butacas petizas tapizadas con piel de venado. El candidato se recuesta sobre un chaise longue– ¿Qué dicen las encuestas?
– El setenta por ciento del electorado lo prefiere, Ernesto Domingo –afirma el del holograma.
– Cifras semejantes manipulan los asesores de Eva Kristin.
– Ese estudio es falaz. No mide el impacto de su retorno, Ernesto Domingo. La promesa de restaurar el viejo país inflama a muchos –interviene el más canoso–. Su gira por las ciudades estado de la Puna, el Cuyo, los Valles Mediterráneos y la Patagonia ha despertado grandes expectativas.
– Eva Kristin nunca abandonó el domo de Barrio Parque… –denosta el tercer asesor.
– Sí. Y los habitantes de esas ciudades quedaron embobados con mi imagen, con mis alusiones… –el candidato ríe y su risa es un canto ya escuchado.

Eva Kristin arroja un frasco de Kenzo Nuit contra la pantalla. El holo de Ernesto Domingo estalla en esquirlas de cristal orgánico. El perfume provoca chispas en los biochips del computador.
– ¡Ese imbécil no puede arrebatarme mi cetro!
– Mi lady. Mantenga la calma. Podremos con él… –sosiega la secretaria personal de la Máxima Protectora.
– ¡¿Cómo?! Está cautivando a todos esos mamertos de pija fláccida ¡Y ni hablar de sus pobres y famélicas hembras! ¡Quiero saber quién permitió esa proyección! ¡Que vengan los censores!
– Mi Dama. Fue una transmisión pirata que interrumpió la programación.
– Entonces que vengan los firewalls soldiers, ¿cómo pudieron?… o tenemos infiltrados…
– ¡Eva! –chilla la secretaria señalando el gabinete del computador. Por encima de la torreta de carbono se forma una imagen. Ernesto Domingo les guiña el ojo.
– Hola, mis chichis…
– ¡¿Cómo te atrevés?!
– Señora, no pierda los estribos frente a su esbirra. Quisiera una charla a solas –mandataria y secretaria intercambian miradas. Eva Kristin asiente. La secretaria se retira, custodiada por las pupilas de su patrona. La puerta se cierra herméticamente.
– ¿Qué querés?
– Eva, no podés seguir así, tu deterioro es evidente.
– ¡No quiero seguir escuchando!
– Te conviene escuchar, Eva. Estás necesitando tiempo. Una temporada en una clínica regeneradora… renovación absoluta, integral.
– Y dejarte a vos el poder…
– Para volver… más tarde… como mi esposa.
– Querido, eso no está bien visto.
– Lo aceptarán. Serías una nueva persona, una diosa. A la chusma la convencemos fácil ¿Qué decís?
– Me encantaría, pero…
– Iniciaríamos una dinastía eterna. Renovándonos uno y otro, para siempre.
– ¡Hijo…!
– ¡Madre…!

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