Baila, baila, baila por Luciano Alonso

Baila, baila, baila, una vieja novela perdida de Haruki Murakami. Los lectores hispanoparlantes salieron a pedir la nueva de Murakami, obviando el hecho de que la novela fue escrita en 1988.

Es cosa sabida. Hay algunos autores que son más rentables que otros.

Haruki Murakami es algo así como un éxito de ventas, aquí y en todo el mundo.

Es complicado e incierto confirmar las razones de cualquier éxito. Lo cierto es que se trata de un autor rentable y a nadie le sorprende demasiado que los editores intenten sacar ventaja de ello. Ni sorprende, ni tiene nada de malo.

Luego, está toda esa cuestión de la moda.

El esnobismo.

Bla, bla, bla.

Es cosa sabida. Desde hace unos años que el nombre de Haruki Murakami suena y se impone.

¿Por qué?

¡Yo no sé por qué!

Lo cierto es que está de moda, con todo lo que ello implica:

Opiniones encontradas, choques ideológicos. Prejuicios, devociones innecesarias e inmerecidas, subvaloración y sobrevaloración del autor y de la obra, juicios inciertos e imparciales, tanto por exceso, como por defecto.

Etcétera.

¿Vale la pena seguir dando vueltas sobre lo mismo una y otra vez, sin llegar a ninguna conclusión?

No, no vale la pena.

¿Vale la pena tomarse la molestia de leer esta novela en particular y zanjar el asunto?

Sí, vale la pena.

Es un libro genial y poderoso.

Y pertenece a una categoría muy especial de libros que se leen rápido, entretienen, entusiasman, gustan y permanecen en uno largo tiempo.

Es decir, esos libros cuya lectura finaliza, pero no finaliza.

Uno se queda pensando en lo que ha leído.

Incluso pasa el tiempo y hasta es posible que uno se olvide de la trama o el argumento, pero en algún momento y por razones misteriosas, uno lo vuelve a recordar y, más tarde o más temprano, uno tiene la necesidad de reincidir en su lectura.

Es decir, libros que obsesionan.

Haruki Murakami puede gustarte o disgustarte, la trama y argumento de Baila, baila, baila puede parecerte más o menos relevante, pero sinceramente dudo que puedas salir ileso de su lectura.

Tal como sucede con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o La caza del carnero salvaje, lo importante no está en el argumento. Ni en los personajes.

(Ni en ninguna parte, en realidad)

Lo importante es que arrastra al lector, casi de manera inevitable y sin su consentimiento, a lugares fronterizos de la conciencia humana, que exceden los estrechos límites de la experiencia literaria.

Si uno, como lector, es demasiado analítico, quizás corre el riesgo de perderse la oportunidad de experimentarlo. La ventaja es que la novela es lo suficientemente consistente y buena como para entretener, a pesar de todo. Antes bien, los que poseen la capacidad de percibir cuestiones extra literarias, corren con ventaja.

Baila, baila, baila es un viaje.

A veces aterrador y a veces fascinante, pero un viaje al fin.

Tal como sucede con Lost o con el cine de David Lynch, la instancia de análisis que uno hace luego de haberse sometido a su experiencia, es arbitraria.

Por más vueltas que le demos al asunto, sabemos que lo esencial pasa por otro lado.

Sabemos que lo esencial es indescriptible y que las palabras sobran.

Se trata de una experiencia que es necesario vivenciar.

Tanto si el resultado de esa experiencia es bueno, como si es malo.

Es una experiencia única y necesaria.

Y esencialmente indescriptible.

 

No quiero sonar como un fan que no es capaz de hacer una lectura objetiva y analítica. Por el contrario, no pregono una devoción ciega. Haruki Murakami, para decirlo de una vez, me deja cada día más indiferente.

Pero es necesario rendirse ante la evidencia: Baila, baila, baila es una gran novela.

 

Lo primero que me llamó la atención es que comienza de una manera muy similar a Fluyan mis lágrimas, dijo el policía.

Al principio, pensé que eran imaginaciones mías. Después de todo, siento que la influencia de Philip Dick es cada vez más expansiva e importante.

Luego, el propio Haruki Murakami dice, a través del protagonista de la novela, que llega un momento en la vida de lector en que uno está tan agotado mentalmente que ya sólo es posible disfrutar de la lectura de autores como Philip Dick o William Faulkner. Así que no eran imaginaciones mías, me digo a mí mismo y respiro aliviado. Haruki Murakami también es lector de Philip Dick y esta novela acusa recibo de su impacto.

Philip Dick es, después de todo, el gran autor cuyo poder radica en lo extra literario.

Lo más interesante de Haruki Murakami, como lo más interesante de Lost, como lo más interesante de casi todos los que se han dejado influenciar por Philip Dick, se relaciona precisamente con ciertas ideas sobre las diferentes capas de la realidad y la posibilidad expansiva (desde la obra al lector) de percibir o atravesar esas diferentes realidades.

Philip Dick es el gran autor detrás de la tendencia en alza.

Pero no quiero insistir con el asunto.

Ya escribí todo un libro al respecto y apenas logré convencer a nadie.

Los que saben a lo que me refiero, deben estar asintiendo. Los que no saben a qué me refiero, deben pensar que ya estoy derrapando otra vez.

Así estamos.

 

El argumento podría resumirse de la siguiente manera: Un joven escritor y periodista freelance se acuesta y mantiene relaciones con Kiki, una prostituta de lujo, quien luego desaparece de su vida. Pasa el tiempo. El protagonista se pone melancólico, evoca en su memoria los momentos que ha pasado con Kiki. Finalmente, decide regresar al hotel Delfin, donde solía hospedarse Kiki. A partir de aquí, comienzan a pasar cosas inusuales. Al principio, cosas inusuales pero posibles. Luego, la verosimilitud va cediendo paso a la fantasía.

Lo primero, el hotel Delfín ha sido reemplazado por otro hotel, lujoso y moderno que, no obstante, lleva el mismo nombre. Luego, el protagonista se siente atraído por Yumiyoshi, la recepcionista del hotel y por Yuki, huésped del hotel, adolescente de trece años un tanto introvertida y excéntrica. Con ambas estrecha vínculos. Ambas resultan haber tenido experiencias extrasensoriales.

Luego aparecen otros personajes: Gotanda, ex compañero de liceo, ahora reconvertido en actor de éxito.

Y Makimura (padre de Yuki) y Ame (madre de Yuki).

Dick North, poeta manco y asistente de Yuki.

Mei y June, prostitutas de lujo.

Todos resultan personajes excéntricos y la trama los vincula y relaciona.

Ocurren cosas extrañas.

Un asesinato.

Una investigación policial.

Todo indica que, al parecer, existe una organización secreta cuyos miembros controlan la sociedad. Si acaso existen ciertas irregularidades legales en dicha organización, es probable que nadie, por fuera de la organización, pueda hacer nada para imponer o reclamar justicia.

Es un mundo injusto, pero funciona.

 

No obstante, el argumento pierde consistencia y, por curioso que parezca, no es un defecto, sino una virtud.

La estética del enigma es más interesante que su resolución.

Eso lo sabe cualquiera que haya visto Twin Peaks.

O Lost.

No obstante, las historias se resuelven. De mejor o peor manera.

Y, con ello, también se abre el debate a cuestiones de índole moral o filosófica.

 

A partir de aquí es donde la teoría se pone tan interesante como definitivamente incierta.

¿Está bien o está mal que exista reciprocidad entre ficción y realidad?

¿Qué es justo o injusto cuando el imperativo se pretende del orden de lo estético?

¿Realmente la literatura puede modificar nuestra manera de comprender la realidad?

¿Quién juzga lo moralmente admisible o inadmisible?

 

Nada es inocente ni gratuito, ni en la literatura ni en ninguna parte.

La ideología subyace detrás de cada toma de decisión estética.

(eso lo sabían los montajistas Rusos y lo sabía Sartre)

 

Lo interesante es que no permanezcamos cerrados en nuestras opiniones y creencias y que estemos abiertos a la posibilidad de experimentar más.

Más y mejor.

Y que aceptemos la posibilidad de perder pie.

De extraviarnos.

Desorientarnos.

Y bailar.

Por Luciano Alonso

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