Ahí está el detalle, por Pablo Silva Olazábal

Al terminar de leer Otaku, la última novela de Paula Brecciaroli quedé maravillado, embelesado diría, pero sin saber exactamente porqué. Se lee en un suspiro, pero no tiene grandes peripecias ni una trama complicada; tampoco es desopilante ni su protagonista tiene una personalidad magnética. Es más, no tiene ninguna virtud a la vista: ni siquiera tiene grandes defectos. Solo es un “muchacho” bastante obeso que cumple 40 años y todavía vive con su padre, un sacrificado trabajador. En realidad no hace nada de relevancia, salvo vivir para su única pasión: el animé y el manga. Es un otaku, un fanático de esos personajes nipones de grandes ojos y labios diminutos y que suelen ser ultraviolentos (o muy eróticos en el caso del hentai). La novela se limita a seguir a este otaku argentino en el día a día. Asistimos a sus pensamientos, que son muchos, al igual que a sus acciones y salidas, que son menos. Lidia como puede con su familia, tan disfuncional como cualquier otra, y habla con sus pocos (muy pocos) amigos. Se mueve mentalmente dentro de un universo de cómics, fanzines, cosplayers y juegos de consola poblado por adolescentes que, como es lógico, se burlan de un fan como él, de cuarenta años.
Y poco más. Casi nada más. Sin embargo la novela es dura, tierna, graciosa, de diálogos frescos, permeada por un humor negro, a veces cruel, que siempre -y esto puede sonar paradójico- respeta la integridad de su protagonista, llamado Gastón. Nunca cae en la caricatura (aunque podría hacerlo, sobran los elementos para hacer una caricaturización al estilo de la serie “Casados con hijos” ) ; tampoco en lo contrario, en cierta idealización. Describe fríamente la conducta y los pensamientos de un otaku impresentable. Lo observamos de cerca, minuciosamente, como si fuera un insecto. O como si fuera una rata de laboratorio con una mutación pasada de moda. Dice la novela:
“Tiene una taza de café que quedó del día anterior, toma un sorbo y traga con asco. El cigarrillo se consume entre los dedos. Vuelve a cargar el video de la japonesa virtual. Los movimientos son perfectos, piensa y pasa la yema del dedo por la pantalla. Tiene que buscar el disco con la canción original para compaginarlo.”
Una prosa con una precisión entomológica que apuesta a un ritmo perfecto, donde todo fluye sin que el lector se dé cuenta, imbuido como está en una historia que siempre parece a punto de estallar. Implacable con el ridículo ajeno, la gracia y el humor surgen naturalmente. El narrador no omite detalle, no perdona nada, y de algún modo sentimos que nos estamos riendo de zonas tan íntimas que llegan a causar cierta incomodidad.

Gastón vive en un resentimiento constante: se duele porque la Historia no le ha reconocido ser uno de los primeros cultores argentinos del animé. Asistimos -como lectores y como voyeurs- a la intimidad de un personaje tragicómico que vive problemas ridículos. Y claro, nos reímos. Samuel Beckett tenía razón: “no hay nada más gracioso que la desgracia humana”. Una sonrisa interior acompaña casi toda la lectura de Otaku.
Por momentos Gastón recuerda a freaks notorios como Ignatius Reilly, el protagonista de *La Conjura de los Necios*, o aquel Sancho Panza metalero que encarnaba Santiago Segura en *El Día de la Bestia*. Pero esta reacción risueña representa también un reflejo, un intento de expulsar fuera de nuestra personalidad zonas de nuestra propia intimidad que no queremos, Dios nos libre, que nadie vea nunca.
El protagonista vive una fantasía de una virtualidad extrema y extranjera. Su proyecto es nada menos que intentar crear mediante hologramas a la primer mujer nipona argentina. Al revés de Don Quijote, que sale a buscar a Dulcinea –proyectada y mejorada sobre la imagen de una mujer real, Aldonza Lorenzo– Gastón permanece quieto, casi inmóvil, soñando iluminado por la luz parpadeante del monitor de la computadora.
Dicen que el detalle es el partero del Arte. Las imágenes que comunica el narrador no son solo visuales: abarcan toda la sensorialidad posible (auditivas, olfativas, tactiles) y están distribuidas sabiamente, a un ritmo sereno y sin énfasis, para no agobiar y para que todo fluya vívidamente. Esto, sumado al buceo constante en la mente de Gastón en una serie de pensamientos concretos que dibujan una mentalidad conocida, le da al personaje una consistencia, una cohesión y un volumen pocas veces visto.
Quizás en ello estribe la calidad de Otaku, en esos auténticos detalles que producen arte literario sin cesar y por doquier; tal vez sea lo que explica, más allá del tema, la historia o incluso del mismo personaje, ese estado de embelesamiento, de suspensión de incredulidad que produce su lectura. Dispuestos a lo largo de la historia con la precisión de un orfebre muchos lectores no los verán porque estarán atrapados, hipnotizados por las vicisitudes interiores del protagonista.
“El comedor se ilumina por las luces de la calle. Huérfano tendría que ser, dice y mete la cabeza abajo de la canilla de la cocina esquivando los platos sucios. El agua levanta el olor de la grasa de la plancha. Se sacude y abre la heladera. Prefiere no prender las luces. Su mamá decía que la luz artificial daba más calor.”

Llegamos a conocer a Gastón mejor de lo que conocemos a muchos amigos de la vida real. Este es un libro que si se lee superficialmente se lo ubicará en la misma frecuencia realista de muchas novelas argentinas, sobre todo porteñas, que transcurren en barrios con tramas minimalistas que rebosan realismo y conocimiento. Sin dejar de ser verdad Otaku es mucho más que eso: tiene una profundidad, una dimensionalidad y un ritmo que se ve muy pocas veces en la ficción, en cualquier ficción. Tal vez el único reparo que se le pueda hacer a una novela que ha logrado esto (la hipnosis profunda del lector) es que lleve su historia con “rienda corta”, volando lo imprescindible y nunca más allá de la peripecia minimalista del personaje. Podríamos haberla seguido a donde fuere y quisiere, pero Paula Brecciaroli parece convencida de que la magia se puede conseguir volando bajito.
Una vez le preguntaron a Borges qué era más importante, si la historia o los personajes. Contestó preguntándose qué nos importa más, la personalidad de nuestros amigos o la trama de hechos que los han llevado hasta nosotros. “Nos importa más cómo son nuestros amigos” dijo. Tal vez eso explique la fascinación que provoca este Otaku. Pero tal vez esta sea una explicación pobre y reduccionista.
Tal vez habría que repensar el enigma con la frase de otro grande que por supuesto ni de lejos tiene el prestigio literario de Borges. Frente a un auditorio de personas que lo miraban embobados sin entender una palabra de sus interminables parrafadas Mario Moreno, Cantinflas, los miró pícaramente y soltó una frase, la misma que soltaba siempre: “ahí está el detalle”.

Pablo Silva Olazábal

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