Sobre el placer de las novelas policiales por Pablo De Santis

 

I

Es muy común que encontremos novelas policiales en los lugares de veraneo. Las bibliotecas de los hoteles (armadas a partir de los libros que los huéspedes abandonaron u olvidaron) contienen abundantes historias de crímenes. Cuando alguien quiere pasarla bien en un viaje se lleva un policial.

Las novelas de detectives a menudo tienen arena entre las páginas.

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II

¿De dónde nace ese placer? En primer lugar de la sorpresa, pero no se trata de una sorpresa totalmente inesperada: más bien jugamos a sorprendernos con los sucesivos crímenes y las correspondientes deducciones de Sherlock Holmes, de monsieur Poirot o el detective de turno.

Siempre que algo funciona es porque hay en su interior un mecanismo sutil: el soneto, el drama isabelino, el cuento breve, los haikus, inclusive las canciones populares, con su duración prefijada y su estribillo.

Son ejemplos del amor por la forma. Queremos un contenido sorpresivo, pero bajo una estructura conocida.

 

 

III

Pero hay otra familiaridad que buscamos en las novelas policiales: los detectives. Nos agradan las manías del padre Brown, o de la señora Marple, o de Adam Dalgliesh, el policía (detective y poeta a la vez) que imaginó la gran P.D. James.

La novela “a secas” es, en esencia, un género destinado a mostrar cómo cambia un personaje. La novela –y el cuento- policial conforman un género destinado a mostrar como no cambia un personaje. El detective atraviesa crímenes y circunstancias sin transformarse.

Los muertos son nuevos, los sospechosos son nuevos, pero el detective es un viejo conocido que nos guía, atento y concentrado, por los pasadizos y jardines del mal.

 

IV

J.B. Priestley fue  autor de obras de teatro, de hermosos cuentos fantásticos y de novelas. En todas sus obras hay un gran tema: el paso del tiempo. Tiene también un libro llamado Deleite que es a la vez la más alegre y melancólica de sus obras. Allí se propuso anotar aquellas cosas que a lo largo de su vida le habían provocado distracción o felicidad. Hay de todo: caminar por un bosque de pinos, viajar al extranjero por primera vez, jugar al billar.

Una de las primeras fuentes de deleite que anota es leer novelas policiales en la cama. “La novela policial es desde luego convencional y estilizada –pensada en esas reuniones de biblioteca, en esas comiditas en Soho  con casi seis libras gastadas en vino, pagados con un sueldo de Scotland Yard- pero sus limitaciones forman parte de su hechizo. Opone a la inmensa, lamentable maraña del mundo real, su propio ordenado problema y su solución clara.”

Walter Benjamin, por su parte, señaló el placer de comprar novelas policiales en las estaciones de tren para leer durante el viaje. El viajero podría llevar alguno de los libros que tiene en su casa, robustos y bien encuadernados, y sin embargo prefiere comprar una novela policial en el quiosco de la estación. “Entre las hojas recién rasgadas de las novelas policiales uno busca las pesadillas ociosas, en cierto modo vírgenes, que le permitan superar las pesadillas arcaicas del viaje”.

A mi me encanta comprar alguna novela justo antes de viajar, en las librerías del aeroparque o en la de Ezeiza, las dos muy bien surtidas, a pesar de lo que siempre se dice de las librerías de los aeropuertos. Elijo con mucho cuidado: si uno se equivoca con la lectura del viaje, está condenado al aburrimiento o a la revista de la línea aérea. En el mundo de los aviones, hasta el mínimo riesgo debe ser erradicado: mejor que los lectores cumplamos nuestra parte, y dejemos las elecciones caprichosas para cuando estemos con los pies en la tierra.

 

 

V

No sólo me gusta leer policiales: me gusta también descubrir las rarezas del género. Porque la novela policial está llena de libros completamente desconcertantes. Libros en los que el género recuerda su cercanía con la pesadilla.

Se dice que el policial nació con Los crímenes de la calle Morgue, de Poe. O con La carta robada. Pero también podríamos decir que nació con sus relatos de crímenes y locura: El corazón delator, El gato negro.

Un ejemplo: La noche a través del espejo, de Fredric Brown, donde un editor de periódico de un pueblo, especialista en la obra de Lewis Carroll, se ve implicado en una serie de hechos insólitos que ocultan referencias a Alicia en el país de las maravillas y a su continuación, Alicia a través del espejo.

En El percherón de negro, de John Bardin, el narrador es un psiquiatra que recibe la visita de un extraño paciente al borde del colapso. Este le cuenta su maldición: un enano lo persigue adonde vaya, arrojándole monedas. El psiquiatra intenta una interpretación psicoanalítica  del delirio… hasta que ve al enano y a sus monedas.

En El señor Byculla, de Erik Linklater, asistimos al desfile de una serie de personajes triviales y sórdidos. Todos, tarde o temprano, conocen al misterioso y compasivo señor Byculla. Este quiere borrar el dolor del mundo. Para ello tiene una fórmula perfecta: el estrangulamiento.

 

Pero el más raro de todos es Henry Keeler, cuyas novelas tienen títulos como La voz de los siete gorriones, El caso de la mujer transparente, El hombre de los tímpanos mágicos, La cara del hombre de Saturno o Dedo, dedo. El escritor Gonzalo Carranza (autor también de un libro muy extraño: El sistema de huida de la cucaracha) me prestó uno de los libros de Keeler: El enigma del cráneo viajero. No recuerdo bien el argumento: sólo que era imposible de recordar. El libro acumulaba enigmas, pistas, coincidencias asombrosas, personajes por doquier, hasta que en un momento se revelaba que todo eran ilusiones, un solo personaje había urdido la complicada trama. También recuerdo que el narrador iba a cierta dirección para buscar a alguien, y descubría que el sitio era un cementerio destinado a fenómenos de circo.

 

VI

Un placer agregado a las novelas policiales: las tapas.

En El séptimo círculo, los dibujos geométricos de José Bonomi, autor también del caballo de ajedrez que servía de emblema a la colección, señalaban la afición al orden.

En la colección Rastros: escenas de acción, rubias opulentas, armas de fuego, cuchillos.

En la serie amarilla de Tor: dibujos apresurados, confusos, en colores chillones. Y en el interior esas letras diminutas, encimadas, borrosas…

En las novelas de Agatha Christie (de la editorial española El Molino): escenas perturbadoras dibujadas con trazo hiperrealista.

Me acuerdo de la tapa de El hombre del traje color marrón: un traje tendido en el suelo, y sobre él, la fotografía de un hombre sonriente. No había sangre, y sin embargo aquel collage era una perfecta representación de la muerte.

En la tapa de Matar es fácil: un canario atravesado con un alfiler de oro.

 

VII

Siempre decimos a los niños que la lectura es puro placer, pero mentimos: es un placer complejo, con mucho de obligación autoimpuesta. Creo que es por eso que el libro electrónico no ha triunfado del todo: sentimos la íntima satisfacción de ver que las páginas van pasando, que lo que falta es menos que lo que leímos, que el libro está siendo vencido.

La novela policial es una tregua en esa lucha. No solo seduce a nuestro gusto por la palabra justa o la invención: seduce a nuestra curiosidad. Queremos saber. Conocemos la historia de la investigación, pero queremos saber la otra, la historia enterrada, la historia del crimen. Avanzamos página tras página, como dice Chesterton, de lo complejo a lo simple, de la oscuridad hacia la luz.

 

 

VIII

A veces los amigos nos prestan libros que  jamás se nos hubiera ocurrido comprar. Así me ocurrió con Secuestrado por el pueblo, de Geoffrey Jackson, que me prestó el escritor Marcelo Birmajer, donde encontré una de las mejores escenas de lectura que he podido descubrir.

Jackson  era el embajador de Gran Bretaña en Uruguay. El 8 de enero de 1970 fue secuestrado por un comando de Tupamaros, que lo mantuvo cautivo hasta septiembre. El embajador contó sus experiencias en un libro  donde no hay una sola línea de autocompasión: narró todo, aún las penurias físicas, con humor y distancia, como si le hubieran ocurrido a otro.

Tenía miedo, pero además se aburría. Los captores en ocasiones le conseguían algún viejo libro: una Biblia, un ejemplar del Quijote, La montaña mágica de Thomas Mann… Sus guardianes estaban tan aburridos como él; Jackson esperaba la libertad, ellos el relevo. Pero hay un momento en que a uno de ellos le prestan unas cuantas novelas de Agatha Christie, protagonizadas por sus dos grandes detectives: Hércules Poirot y la señorita Marple. Y es en ese momento donde la alegría invade por igual al prisionero y a sus guardianes y se ponen a festejar el hallazgo.

La literatura abunda en premios insignes: del Nobel a ciertas ediciones consagratorias, de ensayos eruditos a cátedras con nombre propio. Pero no creo que un escritor haya alcanzado mayor gloria que ésta, la que ganó Agatha Christie sin saberlo: representar, para quien está prisionero, un instante de felicidad.

 

Pablo De Santis

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