Zelarayán, no es sólo una calle.

Cuando empecé a trabajar en Capítulo Dos, en Galerías Pacífico, sucedió algo bastante particular: casi todos mis compañeros de trabajo eran, también, mis amigos. Compartíamos lecturas y opiniones, entre compromisos y cervezas, entre cafés y libros, nos comentábamos los hallazgos. Éramos jóvenes, la literatura nos entusiasmaba y soñábamos con publicar. Aún podíamos imaginar un futuro mejor, sobre la base de un compromiso intelectual sincero. La literatura, por entonces, no nos había traicionado. Dejábamos que las horas transcurrieran sin prisa, en el bar “La Loba” (Esmeralda y Viamonte), cortado en vaso, mediante. Por entonces, digo, Agustín me habló sobre Ricardo Zelarayán. Por alguna razón, yo no quería saber nada con los autores argentinos, pero él me persuadió de lo contrario.

Luego recuerdo las conversaciones con mi hermano, en un viejo bar de Valentín Alsina. Mi hermano estaba a cargo de un taller literario en la Biblioteca Popular Sarmiento y quería que sus alumnos leyeran y analicen ciertas cuestiones formales presentes en las primeras páginas de “La piel de caballo”, la novela que, aún hoy, permanece asociada a su nombre. Por lo demás, yo quería escribir un artículo sobre Ricardo Zelarayán, me parecía que se trataba de un autor que, ya sea por la calidad de su obra o por la influencia que ejerció en otros autores, no recibía la atención que se merece. Pensé que, a lo mejor, algún editor se interesaba en el proyecto y me tiraba una punta.

Recuerdo la voz de mi hermano, leyendo:“La gran salina”. Pensábamos que ese poema hablaba sobre el enfrentamiento del hombre con la naturaleza y lo elevábamos a una categoría épica. Siempre me gustó cómo lee mi hermano, la entonación que usa, la cadencia que tiene para leer. Los poemas de Ricardo Zelarayán, si están leídos con acierto, son musicales y profundos. De cualquier manera, mi hermano no consiguió que ninguno de sus alumnos se entusiasme por Ricardo Zelarayán. Yo tampoco conseguí que ningún editor se moleste en escucharme.

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El tiempo pasó. Seguimos leyendo a Ricardo Zelarayán, por deporte. En algún momento, mi hermano me comenta que proyectarán el documental Macedonio Fernández, dirigido por Andrés di Tella. El rumor indicaba que Ricardo Zelarayán estaría presente, pues colaboró en el documental en carácter de entrevistado. No obstante, esa tarde no tuvimos la suerte de conocerlo personalmente. En realidad, no pudimos conocerlo esa tarde ni ninguna otra. Germán García nos hizo saber que la salud de Ricardo Zelarayán era frágil. No obstante, finalizada la proyección, nos pusimos a conversar y, de manera extra-oficial, nos dijo que podíamos visitar a Ricardo cuando lo creyéramos oportuno y nos dio las señas de donde estaba internado.

Fui a visitarlo. Un geriátrico sin características especiales, en la esquina de Gascón y Córdoba. Era un atardecer de invierno. Me atendió su hija y me sugirió que regresara en otro momento, la salud de Ricardo Zelarayán era muy frágil. Volví a mi casa pensando en todas las preguntas que jamás le haría. Poco tiempo después, me enteré por el suplemento de cultura, acerca de su muerte. Aunque no haya podido saludarlo, siempre sentí su cercanía. Esto que escribo no es lo que hubiese querido escribir, las palabras se me escapan.

No es casual. La piel de caballo es una novela desconcertante por muchas razones, entre otras, pone de relieve la frágil relación que existe entre lenguaje y sentido. El título alude a cierta sensación física y táctil que, también, es eléctrica y abstracta. Cuando una mosca se posa sobre la piel de un caballo, se contrae de manera involuntaria, generando instantáneamente una reacción defensiva. Es una sensación cuya evocación es más escalofriante que costumbrista, pese a que los caballos aparecen casi siempre asociados a la literatura gauchesca. Error que, por lo demás, divertía a Ricardo Zelarayán.

El argumento comienza cuando el protagonista es testigo involuntario de una pelea violenta desatada en la casa de su novia de turno, entre el padre de la chica y un vecino cualquiera que justo está allí en ese momento. La cosa acaba mal, con intervención policíaca incluida. Luego del altercado, conoce a Lita, una muchacha con la que se da cierto devaneo romántico. Don Vicente, el padre de Lita, es un tipo de lo más singular, un porteño encantador, toda una personalidad. Y ya se sabe que cuando dos personalidades singulares se encuentran, se atraen. El problema es que, en el papel que a cada cual le ha tocado representar socialmente, no existe la posibilidad de una amistad sincera. Mientras la confianza entre ambos se amplía, declinan las expectativas que cada cual se ha hecho del otro. Don Vicente lo invita a un bar. En el barrio hay dos, uno familiar y otro prostibulario y decantan por este último.

Don Vicente se siente a gusto con un amigo, un compañero de aventuras, un compinche, pero, al mismo tiempo, no tolera que alguien tan parecido a él mismo pretenda a su propia hija. En algún momento, le pide abiertamente que no tenga relaciones sexuales con su hija, aunque sabe que él no va a cumplir su palabra y esa “traición” acabará echando por tierra la última esperanza de una amistad que no es.

El devenir de los acontecimientos ofrece oportunidades laborales en el negocio de los remolcadores portuarios. En el cruce entre el Paraná y el río de La Plata hay dos canales. Uno es legal y el otro no tanto. En el canal legal, los barcos y sus mercancías dependen del visto bueno de la prefectura, mientras que en el otro canal, no. Se trata de un canal intransitable y los barcos que quieren pasar por allí, necesitan de un remolcador, como suelen llamar a los barcos más pequeños o lanchas que sirven de ayuda.

Francisco, compañero y amigo del narrador y protagonista, atraviesa ciertas penurias por culpa de un noviazgo malogrado que involucra a una muchacha que, además de estar prometida a otro hombre, ha quedado encinta. Para despejar la mala conciencia y distraerse un poco, organizan una fiesta. Entre Costanera Sur y Sarandí, los chicos saben cómo pasarla bien.

Mientras tanto, el vino y la cerveza caliente se les suben a la cabeza y los chamamés estallan. Hay caras conocidas y caras nuevas y todo transcurre como sobre rieles, hasta que descarrila. La narración se vuelve confusa, onírica. El narrador retiene para sí algunas imágenes que luego se desdibujan. Concupiscencia de amor ocasional, gritos de fondo, locura. La noche se revela en esplendor, hasta declinar.

La piel de caballo esconde varias sorpresas, pero mi intención no es continuar desglosando la trama. Apenas resaltar que la complejidad semántica de la novela es única, como el autor. Ya no mantengo relación ni diálogo, ni con mis viejos colegas, ni con mis ex-compañeros de trabajo. Todavía leo, pero sigo sin esperar nada de la literatura. La mayoría de los bares que mencioné, cerraron. Me siento en deuda. Quiero decir gracias.
No sé a quién.
Ni por qué.

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