La revolución no será Twitteada

El 24 de abril de 2016, la gente de La Coop (un colectivo que nuclea varias editoriales independientes) me invitó a una mesa debate con libreros, realizada en la 42º Feria del Libro de Buenos Aires. La excusa era conversar a propósito de la, así llamada, nueva literatura argentina.
Mencioné mi opinión de que las editoriales independientes son, a escala industrial, insignificantes. El libro de un youtuber vende más ejemplares en una sola semana que la suma de todos los ejemplares de todas las editoriales independientes juntas, en todo un año. No exagero. El libro de Germán Garmendia vendió 30.000 ejemplares en una sola semana. [Fuente La Nación, 29 de mayo de 2016, José Totah]. Hablen con los editores independientes, consúltenles.

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El asunto no pasa por el tema de que si el libro de Germán Garmendia es bueno o no es bueno. El tema pasa por el hecho de que la literatura se transforma en otra cosa. Mejor dicho, la industria se transforma en otra cosa. En realidad es así: la industria editorial puede funcionar perfectamente, prescindiendo de cualquier ambición literaria, tanto por parte de los editores, como de los autores. Algunos estudiantes de Letras probablemente se escandalicen con tamaña afirmación, pero los números no mienten. Lo del libro de Germán Garmendia es apenas un ejemplo, casi todas las listas de “los libros más vendidos” demuestran que la literatura y la industria editorial son caminos que se bifurcan y quién sabe si alguna vez se encontrarán.
Lo que importa, en una dimensión industrial, son los números y lo que vende no es la literatura precisamente. Este fenómeno no es nuevo y no hay que cometer el error de pensar que lo industrial es malo y lo under es bueno. Se puede ser industrial y se puede ser excelente. Se puede ser under y ser pésimo. La cuestión es otra. El problema de fondo es asociar el fenómeno literario al entretenimiento, entendido como algo inofensivo.
La idea de asociar la literatura a un momento de esparcimiento, está profundamente arraigada en casi todos los lectores y consumidores de libros y esa idea es la que resulta absolutamente perjudicial. Como librero, doy fe de que la mayoría de la gente entra a la librería buscando un libro para entretenerse, para evadirse, para pasar el rato, para distraerse y ahí, precisamente, es donde comienza el problema.
La mayoría de las personas comparten en Facebook frases cancheras que abogan por la individualidad y la libertad de pensamiento. Todos quieren ser originales y libres y lo único que hacen es reproducir modelos de conducta y pensamiento, completamente funcionales a un sistema represor y represivo. La literatura no es una frase de El Principito o de Julio Cortázar, sacada de contexto. Se supone que la literatura tiene que incomodar, no complacer. Los best sellers malos y la industria editorial de gran alcance, le están quitando impacto y fuerza a la literatura. A los nuevos popes culturales les alcanza con publicar una foto de ellos mismos con una taza de café y un libro, sin tomarse el trabajo ni la molestia de leer nada (ni siquiera estoy seguro de que se tomen el café, a menos que sea de Starbucks). Los libros, poco a poco, se van convirtiendo en objetos de moda y el poder subversivo que alguna vez tuvieron, queda cada vez más y más domesticado.
No me interesa la literatura como entretenimiento familiar. No me interesa la literatura de supermercado. En lo que a mí respecta, prescindo de leer un libro para comentarlo con mis compañeros de oficina. Si a eso se le llama literatura, como es costumbre, entonces la literatura resultaría ser completamente inofensiva.
Si es cierto que hay un plan estratégico de dominación a escala planetaria y si es cierto que los individuos dóciles son más fáciles de controlar, entonces es posible mantener a la masa anestesiada, a través de una industria cultural que aceita los engranajes de obediencia. No pensar, no criticar, sumisión, adaptación, como decía Evaristo, el cantante de La Polla.
Zaid escribió que hay demasiados libros. También, abogaba por la utopía de una minoría escolarizada que tomase el poder político. Estoy de acuerdo con que se publican demasiados libros y creo que la proliferación de libros y editoriales independientes (incluso mainstream), lo único que confirman es mi sospecha de que nadie lee o de que cada vez se lee menos. Precisamente por eso se publica más, porque, al parecer, los libros no se escriben para ser leídos, sino para sacarse una foto con ellos y subirla a Instagram. Todos son escritores, pero nadie es lector. Los libros se escriben para nadie. Los libros se escriben para compartir una frase canchera en Facebook o en Twitter y que te faveen. Eso es la literatura de hoy. Like & Share. En cuanto a la minoría escolarizada tomando el poder, creo que las viejas fantasías revolucionarias quedaron lejos ya. La literatura como subversión. La idea de que los libros pueden modificar realmente tu manera de pensar y entender el mundo es una idea que poco a poco se vuelve más y más anacrónica y lo más triste es que los reductos que otrora funcionaban como cuarteles de la resistencia, han sido desarmados desde adentro. Las universidades, públicas o privadas (para el caso es lo mismo), no hacen otra cosa que formatear cerebros, para que los individuos digan que sí y agachen la cabeza. Los discursos desde los circuitos legitimados de poder, abogan por la libertad creativa, por la libertad individual, cuando, en la práctica, lo funcional es exactamente lo contrario. Básicamente, la sociedad de control promueve el doblepiensa orwelliano, que se ha hecho tan indisoluble en cualquier discurso que al fin resulta notable.

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La verdad es que no nos gusta pensar y que preferimos no hacerlo. Pensar es doloroso. Preferimos leer libros que nos hagan sentir que somos inteligentes y no leer libros que nos demuestren lo contrario. Preferimos ir a la universidad y recibir un título y enorgullecernos de ser miembros honorables de la comunidad, mientras movemos la cola como perros. Queremos leer lo que leen los demás, queremos compartir frases cancheras en Facebook y Twitter y que nos faveen y nos den like y nos digan lo inteligentes que somos. No queremos leer un libro que acaso nos trastorne. Un libro que tan solo nos sugiera que todo esto está mal. Por eso repudiamos lo distinto, por eso repudiamos la verdadera inteligencia: no podemos controlar el instinto y somos cobardes. Queremos continuar encerrados en la madriguera.
Lo paradójico de todo este asunto es que las librerías están llenas de libros bomba atómica, simplemente que no encuentran a sus lectores. Stanislaw Lem escribió: Nadie lee nada. Si lee, no entiende. Si entiende, olvida. Tienen que dejar de hacerle caso a la gente que se supone que entiende, está claro que no es así. ¿Quieren leer libros buenos de verdad? Dejen de leer para divertirse, la literatura no es entretenida, es incómoda y está perfecto que así sea. Consulten menos el ranking de ventas y los suplementos de cultura y hablen más con los libreros. Busquen, piensen por ustedes mismos. Olvídense de los profesores, olvídense de puan. Vayan a las librerías y recorran los estantes. Tengan criterio. Es lo único que verdaderamente puede salvarnos. Lo demás es impostura.

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