El Friso de Beethoven de Klimt en el Pabellón de la Secesión en Viena, como nunca antes se ha explicado

Frente al Friso de Beethoven pidieron a la orquesta que tocara de nuevo la 9ª de Beethoven, hasta desfallecer, esta vez la versión de Mahler. El “aparato” de Viena les había excomulgado. La Academia, Museos, críticos, marchantes no los querían ver y menos a sus pinturas. El más feliz era Gustav Klimt, que poco antes había visto como hacían retirar sus frescos de la Universidad, una humillación que le dolió en las entrañas. En cambio el público sí acudía, quería ver de cerca a aquellos radicales con ecos románticos que por fin inauguraban su templo con el cambio de siglo: el Pabellón de la Secesión.
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Fue un movimiento de artistas para sí mismos y para amantes del Arte, en busca de un ideal llamado el Arte total: pintura, escultura, arquitectura, música… hasta la caligrafía. Ante el desprecio del establishment, encontraron el apoyo financiero de una creciente burguesía que conectaba con ellos y construyeron un espacio dedicado a su visión, no solo para exponer su obra, sino su alma.
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El arquitecto, Joseph Maria Olbrich ideó una cúpula dorada de laurel, resplandeciente, y un espacio central con un único invitado: la escultura que Max Klinger había dedicado a Beethoven. Todo el edificio estaba inspirado en el músico y su 9ª Sinfonía, también el friso que Klimt pintó en la sala lateral, tal vez su obra maestra.
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El Friso de Beethoven ocupa tres paredes de la sala y sus espacios en blanco son tan importantes como sus pinturas, marcando un tempo en el relato de sus cuatro escenas, hasta el clímax final del Himno a la Alegría. Klimt utilizó todos sus recursos, buscó la inspiración a lo largo de toda la historia del Arte mezclando presente y pasado y creó una obra innovadora e irrepetible que contiene todas sus claves, simbolismo, experimentación con pigmentos, uso del pan de oro y devoción ornamental.
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Se inicia con un adagio lento, sobre el muro blanco aparecen unas genii flotantes con alargada figura de mujer y los ojos cerrados, espíritus motivadores que darán continuidad al relato, un basso continuo que confiere la estructura armónica.
Primera escena: “las súplicas del débil género humano”, figuras desnudas que llegan a arrodillarse, demacradas, con la esperanza puesta en un mito heroico representado por el caballero armado en oro, para el que Klimt utilizó los rasgos de Gustav Mahler, sobre dos figuras que representan la ambición -con la corona de laurel- y la compasión. La armadura del caballero reproduce la del archiduque Segismundo del Tirol, expuesta en el Museo de Historia del Arte de Viena. Para darle más textura -si cabe- Klimt añadió clavos de tapicero en la armadura y vidrios de color en la empuñadura de la espada. Con un casco a sus pies, el caballero, guerrero y sabio, representa la misma humanidad dotada de espíritu y decidida en la búsqueda de la felicidad a través del Arte.
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Segunda escena: “Las fuerzas hostiles”. El caballero deberá sortear las fuerzas oscuras evitando caer en las tentaciones que le ofrecen. El tono es oscuro y tenebroso. La escena es un agitato, capriccioso, después allargando. Primero las tres hermanas gorgonas —Medusa, Esteno y Euríale— con sus cabellos en forma de serpiente, terriblemente seductoras pero letales. Sobre ellas, también representadas por mujeres, las figuras de la enfermedad, la locura y la muerte.
El personaje central es el puro demonio, la mítica criatura de Typhoeus. No es un monstruo, es el padre de todos ellos, representado no solo por el gorila con ojos de nacar, sino que abarca todo el conjunto decorativo de la derecha, con un ala azulada enorme y la infinita serpiente como apéndice que se enrosca una y otra vez en espirales que toman distintas apariencias.
A su derecha la lujuria, Danae y su lluvia de oro (que después desarrollaría en su óleo de 1907), la impudicia y la gula, también con elementos decorativos deslumbrantes. La misión parece imposible, la belleza y sensualidad de las alegorías es demasiado seductora, hipnotizadora, y ni los dioses pudieron vencer la fuerza de Typhoeus. Sobre su ala una última figura de mujer que representa un dolor punzante, pintada en grises, envuelta en su propio pelo y un fino velo. Todo parece perdido ¿Queda esperanza?… En la esquina derecha, arriba, se vislumbra una de las genii flotantes
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Y en la tercera pared vuelve la luz, emerge una música emotiva … el Arte representado por una figura de inspiración helénica y recurrente en Klimt, que refulge en oro con una bellísima decoración, los apliques del vestido son gemas que reflejan la luz: es la salvación de la humanidad a través del Arte. La Sinfonía de Beethoven recobra el pulso, gentile, y la grandiosidad, allegro vibrante, con brío. Se regeneran las conciencias, las genii reaparecen en disposición vertical, transmiten plenitud, parece que danzan y la música se alza en un crescendo heroico, colossale, con un coro que es pura armonía y expresa una intensa plenitud que nos conduce, al igual que en la 9ª sinfonía, a la “Oda a la Alegría” de Schiller: “este beso al mundo entero” y Klimt se desborda, con su decoración floral, con el abrazo final dentro de la campana que simboliza el Edén, bellísima, despampanante, con el sol y la luna a cada lado. El agua, en forma de oro, fluye alrededor de la pareja, uniéndolos, fusionándolos. No vemos sus rostros, no es necesario, su amor es universal, fruto de la superación de los anhelos reflejados en todo el friso. Siguen los versos de Schiller: “las artes nos llevan al reino de lo ideal, el único donde podemos encontrar pura alegría, pura felicidad, puro amor”.

Fuente: http://www.galeriasdeartebarcelona.com/

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