(De)Formación docente: apuntes dispersos

Cuando era chico me volvían loco los cómics. DC, Marvel. Esas cosas. Mi mamá, que lo sabía, me inscribió en un taller gratuito del gobierno. Allí, gracias a la influencia del profesor y de los alumnos, tuve una apertura mental enorme, el día que llegué a Moebius, la revista Fierro, la revista Cimoc, hasta llegar a la literatura fantástica y de Ciencia Ficción. Esas reuniones eran un semillero de gente apasionada, que compartía lo que sabía con los demás, con auténtico entusiasmo. Fue lo más parecido que me tocó vivir a lo que, en un sentido abstracto, uno estima que son las universidades o la formación académica. Después pasó el tiempo y crecí y terminé la secundaria y tuve que decidir qué carrera estudiaría. Elegí estudiar Letras, en la facultad de Filosofía, allí, en Puan.
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Mi decepción fue enorme. Esperaba encontrar afinidad con estudiantes y profesores, a los que imaginé unidos por el amor al saber. No encontré nada de eso. En su lugar, encontré un montón de gente vanidosa y pretenciosa cuyo amor a la literatura rozaba la nulidad absoluta. Yo no entendía nada. Si no te gusta leer, ¿por qué estudiar Letras?, me preguntaba. Nunca lo entendí. Pero estaba claro que no eran exageraciones mías, jamás vi a ninguno de mis compañeros leyendo un libro que no fuera obligatorio. Jamás me encontré a ninguno de mis compañeros recorriendo librerías de usado, jamás los vi en Primera Junta o en el Parque Rivadavia, hablando con los puesteros, revolviendo libros de segunda mano, intentando dar con algún hallazgo. Todos se limitaban a leer lo que había que leer y el resto del tiempo lo dedicaban a fumar porro en el patio, a tomar mate y a organizar fiestas. Está bien, pensé, será que no me sé integrar, seguro que hay algo mal conmigo. Bueno, cuando llegó la hora de rendir exámenes, hice mi mejor esfuerzo, pero me bocharon siempre. Yo sentía que estaba haciendo un gran esfuerzo, citando a autores que excedían la bibliografía obligatoria, pero todo fue en vano. Mientras yo leía y leía, mis compañeros se dedicaban a tomar cerveza y a fumar porro y a ellos les iba bien y a mí no. está claro que el error es mío. Está claro que el que hizo algo mal fui yo. En fin, decidí abandonar el asunto, dejé de intentarlo.
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Pasaron algunos años y me inscribí en el profesorado de Historia, en el Moreau de Justo. La situación, con variaciones, se repitió. Me sentí frustrado y desconcertado, pero no dejé de leer y de instruirme por propia cuenta y riesgo. Leí un montón, iba casi todos los días al Parque Rivadavia, a charlar con los dos o tres libreros de pura cepa que tuve la suerte de conocer. Ellos me recomendaron lecturas y yo les presté atención. Leí cosas que me parecieron importantes y que todavía me lo parecen. Autores inexplicablemente desaparecidos del canon académico. Un poco para no olvidarme de mis lecturas, como quien escribe un diario íntimo, fui tomando notas personales de las impresiones que me dejaban ciertos libros y las subí a un blog. Ese blog tuvo cierta repercusión, con lo que me pareció que quizás la crítica literaria se me daba bien, así que me inscribí en el IUNA, en la carrera de crítica de Artes. Un profesor, un día, nos pidió a los alumnos que escribiéramos un resumen argumental de un libro. Yo ya había escrito eso, para mi blog. Le envié el texto y me desaprobó, porque me dijo que eso estaba sacado de Internet. Sí, le respondí, pero sucede que yo lo puse en Internet. No se convenció. Yo tampoco. Me gustaron las materias de semiología, pero todo lo demás me pareció lo mismo de siempre. Los alumnos no estudiaban y aprobaban y los profesores parecían autómatas. Me daba la sensación de que, la mayoría, llegaban a sus casas y veían la tele. No parecían ser lectores. Lo que, desde luego, no estaría mal per se, pero algo seguía haciéndome ruido. Decidí abandonar otra vez, quizás eso de la formación académica no es para mí, concluí. Seguí leyendo y escribiendo por mi cuenta. Creo que tan mal no lo hice, pues ya llevo publicado varios libros y, aunque la mayoría de los escritores y profesores y los defensores del poder legitimado continúan ignorándome olímpicamente, recibo con frecuencia comentarios entusiastas de ignotos lectores. Más de uno me ha dicho que gracias a mí comenzó a leer a tal autor o a tal otro. Así como yo lo veo, eso es una victoria. El punto es que, durante años, me pregunté qué es lo que hice mal, qué es lo que me imposibilitó hacerme de un título universitario. Muchos dirán que un título no es importante, pero lo es. Toda vez que vivimos en una sociedad que se maneja con reglas claramente establecidas y, la verdad, es que no importa que vos sepas mucho de un tema o de otro, si no tenés un título que lo legitime, no alcanza.
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Supongo que me volví librero porque no me quedó más remedio, aunque siempre sentí que mi lugar era el de la escritura académica, aunque también es probable que esté razonando mal, ya que nadie vive de eso. En fin, a Gonzalo Santos lo conocí en alguna tertulia de aficionados a la Ciencia Ficción, comandadas por Vallini Lawson, que era habitué de la librería en la que yo trabajaba con mi hermano. Me cayó bien, aunque, la verdad, es que no interactuábamos realmente en esas reuniones, sólo repasábamos capítulos viejos de Star Trek o de X Files, mientras internamente sentíamos o corroborábamos que todos estábamos igual de chiflados y que todos éramos una panda de nerds y lo sabíamos. Bueno, hace poco me reencontré con él, después de tanto tiempo. Me regaló su libro: (De)Formación docente: apuntes dispersos. Se lo acepté con respeto y curiosidad, aunque tuve la sensación de que yo no era un lector para ese material. Me imaginé que era un libro destinado al lector docente o académico, con quien, como queda dicho, casi no tengo relación. Igual me llevé el libro a casa y lo leí con atención. No esperaba encontrarme con lo que me encontré. Me resultó revelador. Verán, se trata de un libro que, con intención o sin intención, marca un punto de inflexión en el panorama de reflexión o de pensamiento contemporáneo. No sé, quizás esta impresión se debe a que no suelo leer libros de pedagogía o afines, aunque lo dudo, pues el libro trasciende con mucho esos estrechos límites. En lo que a mí respecta, pienso que es un libro que pinta un estado de situación general, sobre el panorama cultural e intelectual del presente y es un cuadro horroroso y necesario. Me encantaría pensar o sentir que Gonzalo Santos exagera, que su visión está deformada por su propia historia personal, acaso llena de frustración y de mala leche. De verdad me encantaría pensar eso. Me encantaría leer su libro y pensar que es un exagerado y un pesimista, pero me temo que no es así. Por lo menos, en mi experiencia como alumno tengo que darle la razón en todo y me duele. Básicamente, porque el libro de Gonzalo Santos desnuda una verdad incómoda: la educación es un desastre y la culpa no es de alumnos, ni de profesores. Es una consecuencia en una serie de malos entendidos. Básicamente, lo que sucede es que la labor intelectual está devaluada, por todos los flancos. Leer se ha vuelto un pasatiempo o un capricho. Ha dejado de ser un valor cultural y todas las campañas de promoción de la lectura suelen contribuir a la farsa. Hace unos días, comenté en mi Facebook personal que, en la librería en la que trabajo, atendí a una chica egresada de la UBA, licenciada en psicología, que no sabía quién era Kafka. Recibí pésimos comentarios y mensajes privados, donde se me acusó de proto-fascista o de gorila y no sé cuántas cosas más. Se me acusó de ser un snob por pretender que la gente lea lo que, en mi humilde opinión, forma parte de un saber básico. Entonces supe que Gonzalo Santos tiene razón con su libro: hay un problema político de fondo y es un problema muy grave. Hay demasiados burgueses con culpa que, aunque tengan buenas intenciones, están realizando estragos en la educación, en nombre de la inclusión social. En vano intenté razonar con algunos de mis contactos, que muchos también son amigos. La acusación de fascista está demasiado presente. Al parecer, la gente está tan fascinada con el tema, que ve fascistas en todas partes. Se me acusó de posicionarme en un pedestal, me dijeron que yo me sentía superior al resto por haber leído a Kafka. Pues, no. La literatura no te hace más sabio, ni mejor persona y haber leído a tal autor o a tal otro, no te habilita a ser mejor o peor profesional. Al menos, no exactamente o no de manera directa. Pero el tema es otro. El tema es que la vara se pone cada vez más abajo. Yo no le exijo a un obrero que lea a Kafka, en realidad no se lo exijo a nadie. Pero, ¿para para qué existen realmente las universidades si no van a formar a personas que sepan atesorar el conocimiento que, después de todo, es patrimonio universal? No estoy pidiendo que los egresados sean unos genios totales, que se hayan leído todos los clásicos en su idioma original. Pido lo que me parece básico y justo. Si seguimos permitiendo que la vara se ponga cada vez más abajo, cada vez más abajo, cada vez más abajo, ¿en qué terminará todo? Yo no hablo desde ningún pedestal, yo pregunto, sinceramente, desde la ignorancia. ¿Realmente no hace falta saber leer ni escribir para recibir un título universitario en una carrera de humanidades? ¿Entonces para qué sirven las universidades? Estos interrogantes y otros, son respondidos en el libro de Gonzalo Santos. Un libro urgente y necesario.

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