Un Líder de hoy

Aquiles Malfatti pasea su figura de más de un metro ochenta frente al espejo de cuerpo entero de su oficina. Embelesado con sus ojos grises, con su cabellera tupida, lacia y entrecana, con su sonrisa torcida, farfulla: dicen que sos un hijo de puta, vas bien.
Aquiles detenta el cargo de gerente general de TransAustral Logística Integral S.A. Alta ejecutividad, velocidad de reflejos, audacia competitiva e imaginación para torturar psicológicamente a sus empleados, sus sellos. TransAustral soportó los embates de varias crisis. La actual es muy complicada. Malfatti convoca una reunión de directorio extraordinaria. Frente a los adustos rostros de los accionistas, herederos y herederas de los fundadores del negocio, expone la delicada coyuntura. No hay quien pueda ocultar la consternación. Aquiles, después de pocos y convincentes argumentos, logra que le aprueben deshacerse de la sociedad. Vuelve a su despacho y llama a Mirna, su secretaria. Se desabrocha la bragueta. Mirna, sobrina del anterior gerente general e hijo del fundador, se acerca y se arrodilla frente al miembro, como de costumbre. El niega con la cabeza, la obliga a incorporarse y darse vuelta. Le sube la pollera, se escupe las manos lubricándose apenas y penetra el anito de la veinteañera.
Vende la empresa a un grupo extranjero en tiempo record. Él, que ya ha sobrevivido a dos due dilligences, una al frente de Molinos Rioplatenses y otra al frente de Chocolates Andinos, queda al mando de este nuevo interregno. Un funcionario del grupo adquirente, enviado desde la filial en Chile, aprueba sus planes, firma un poder plenipotenciario y cruza la cordillera ese mismo día.
En primer lugar descabeza la gerencia de compras, en su lugar coloca a un antiguo colega. El primer día laboral del nuevo gerente trabajan hasta las diez de la noche. La mañana siguiente TransAustral Logística Integral S.A. adquiere miles de placas de yeso, cientos de metros de caños, chapas y hierros. Materiales suficientes como para construir diez hangares de mil metros cuadrados cada uno. La empresa compra, además, doscientas computadoras equipadas con los procesadores más veloces, periféricos de última generación y nuevo mobiliario de diseño italiano, todo para renovar la empresa.
En segundo lugar descabeza la gerencia de operaciones. Él mismo se hace cargo del área. Liquida las instalaciones y toda la flota de autoelevadores, camiones, semis y acoplados reemplazándolos por unidades inservibles. Por último despide a todos los empleados que quedan menos a Mirna y al nuevo gerente, rescinde el contrato con la empresa de seguridad y contrata un nuevo servicio, franquicia de un grupo extranjero. Toda esta operación en sólo cuarenta y cinco días.
El día número cuarenta y seis el banco en el que TransAustral Logística Integral S.A. tiene su cuenta corriente, rechaza el primer cheque. Ese mismo día Malfatti junto con su viejo colega y actual gerente de compras revenden todas las nuevas adquisiciones a menos de la mitad de su valor y al contado. También llegan los primeros delegados sindicales. Son expulsados por los nuevos guardias.
El día número cuarenta y siete la playa de estacionamiento del establecimiento estalla, abarrotada de manifestantes. Los del sindicato de camioneros rompen los vidrios de las oficinas. Aquiles Malfatti se mira en el espejo, deteniéndose en sus ojos grises, en su cabellera tupida, lacia y entrecana, en su sonrisa torcida, farfulla: dicen que sos un hijo de puta, vas bien. Y llama a Mirna.
Cartas documentos, cédulas, oficios y demandas comienzan a llegar a la empresa. Algunos llamados amenazantes llegan también a su departamento de mil metros cuadrados. Malfatti los ignora. Su esposa se enoja. Él la echa. Ella se lleva a los hijos. Él hace una fiesta con su compinche y cuatro modelos, de esas que se pelean por la tarde en la TV. El funcionario chileno llega hecho una furia, él lo recibe en el hall de Ezeiza. Antes de llevarlo a la empresa lo invita a desayunar frente al río. Vierte una sustancia en su café. Van a un departamento privado y lo fotografía mientras una mulata le practica una fellatio y una rubia ruge con la vagina apoyada en su boca abierta. Envía la foto a la sede de Santiago. La quiebra se decreta en tiempo récord, tal como lo planeó, en noventa días.

Lider de hoy

Solo, en el departamento de mil metros cuadrados, la depresión lo embarga. Durante meses no pisa la calle. Decide acabar con su vida pero antes se propone dar a conocer los motivos. Empieza con una conferencia en la Universidad Popular de Belgrano, asisten poco más de veinte personas. A viva voz, apelando a todos los recursos dramáticos por él practicados, denuncia los truculentos manejos de los directorios para con los recursos humanos. Cuenta como el sistema lo convirtió en un monstruo. A la segunda conferencia, organizada en un centro cultural del barrio de Flores asisten cerca de un centenar de personas. La tercera, en un teatro del barrio Monserrat, los asistentes ascienden a trescientos. Las conferencias son cada vez más exitosas. Muchos van a todas las presentaciones que hace. Aquiles se hace de un grupo de seguidores. En la última, organizada en la cancha de Atlanta, los invita a formar parte de un suicidio en masa. Una gigantesca protesta para que todo el mundo testimonie hasta dónde los empujó el deshumanizado sistema capitalista.
El evento se lleva a cabo en una isla del Tigre. Ciento cincuenta seguidores cantan un himno parafraseando la canción Héroes de David Bowie. Los acólitos tragan el cóctel venenoso luego de un almuerzo frugal. Malfatti los observa. A los pocos minutos los cuerpos se retuercen. Aquiles baila de alegría. Tira al río el contenido de su cáliz. Un enjambre de helicópteros rodea la isla. Descienden todos al mismo tiempo. Enfermeros corren a socorrer a los yacentes. Un par de hombres con traje oscuro arrastran a Malfatti a una de las naves. Despegan en el acto. Viaja frente a un hombre de gruesos bigotes. El tipo sonríe.
— Sos un hijo de puta ¡Vas bien! –le dice. Aquiles sonríe asintiendo– ¿Cómo te ves de Presidente de la República?

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