Mala Raza, un cuento de Cristina Fallarás

Sobre el fuego, el aceite hacía bailar en la sartén las tres rodajas viudas de chorizo sobre su propia grasa, y nada le pareció más asqueroso en el mundo entero que un chorizo cortado en rodajas y puesto sobre el metal caliente para que soltara aquel aceite anaranjado de grasa de cerdo.
En el pueblo, cuando la matanza, éramos bastante felices, pensó, y el hecho de estar pensando no le pasó desapercibido, pero no sabría explicárselo. Ya no hacen matanza ni nada. Las mozas llevábamos zapatos de tacón, los primeros tacones, qué putas, normalmente zapatos blancos que nos hacían peladuras y llagas y heridas en los dedos y en los talones.
En la matanza no daba asco el chorizo, pensó, y se miró los pies, dos butifarrones en un par de alpargatas raídas, los tobillos a reventar en púrpura. En el pueblo no daba asco la grasa, vaya pensamientos de tener, se dijo.
Con un pequeño abrelatas y algo de esfuerzo abrió una lata mediana de guisantes ya hervidos. Volvió a mirar la sartén, las tres rodajas de chorizo bailando sobre su propio sebo, y vertió el contenido brillante.
Un par de gotas de aceite saltaron sobre el dorso de su mano derecha levantando inmediatamente dos ampollas minúsculas. Ni siquiera sintió las dos punzadas ácidas, absorta en cómo el verde húmedo de los guisantes se iba engrasando, amarronando, acostumbrada a los golpes. Y también a las quemaduras.
Entonces sintió una arcada sorprendente. Ella no tenía náuseas ya.
Sintió una arcada y se recostó contra la pared que le quedaba a la espalda, a sólo un par de metros de la otra, la que le quedaba enfrente y tenía adosado el mueblecillo de la cocina. Con ese movimiento, cayó en la cuenta del tamaño de aquel habitáculo donde pasaba buena parte del día. ¿Cómo no me he parado antes a pensarlo?, se dijo. Arqueó las cejas al pensar que de nuevo estaba pensando. La cocina de su casa era minúscula, la cocina en la que llevaba 42 años metida. ¿Cómo se puede freír chorizo y fundir grasa de cerdo en una cocina de este tamaño?, se preguntó.
Creyó que volverían las náuseas y apoyó las manos, con un simple cambio en el peso del cuerpo, en los bordes de la cocinilla. La habitación medía tres metros de largo por dos de ancho. La arcada no llegó, pero la boca se le llenó de una saliva gruesa, densa y agria como una mala arremetida anal. Pensó en eso exactamente, en una mala arremetida anal. Entonces, volvió a encarar la sartén y, más que lanzar, dejó caer un escupitajo largo y espeso sobre los guisantes teñidos de grasa con pimentón. Luego agarró el cucharón de madera y mezcló bien los ingredientes.
Aún le colgaba del labio inferior la última baba cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Volvió a distanciarse de la cocina y soltó una risa que le pareció la risa de otra pero que, quizás por eso mismo, desencadenó un rosario incontrolable de carcajadas. Sintió que se veía a sí misma desde fuera y se dijo A ver si te vas a estar volviendo loca, Marisica. La risa seguía sacudiéndola hasta el punto de hacer que le flaquearan las rodillas, y cedió a la caída con las piernas encogidas en el cuadrado de suelo que dejaban libre los escasos electrodomésticos.
La cadera le recordó con un dolor conocido la noche anterior. Mecagontusmuertos, pensó tronchada de la risa, mecagontusputosmuertos, Ginés de mierda, mariconazo. Y se dejó caer un poco más, hasta quedar ovillada en posición fetal en el suelo de la cocina, recibiendo de vez en cuando la picadura de una diminuta gota de aceite de chorizo procedente de la sartén, convulsionada por la risa.

II
—Que no, colega, que no subo.
—La hostia si vas a subir, por mis muertos que subes. Lo que yo te diga, pavo, lo que yo te diga, ahora nos metemos entre pecho y espalda un buen bocata de chistorra frita, de la que guarda la vieja, y seguimos. Estoy disparao.
El Renault Megane negro estaba parado en la nutrida doble fila de Mariana Pineda, una de las callejas que trepaban esforzadas y tristes hacia la cima del barrio. La construcción en pendiente de las afueras: aluvión de inmigrantes de los años cincuenta buscando una industria donde matar la vida, su empeño por levantar hogares de recuerdo rural en el extrarradio de la zona industrial, su empeño por trabajar en silencio, su empeño sin pensamientos.
—A hostias te voy a subir como te pongas así.
Al volante, Juan Arias Navarrete —cuarenta años, tres gramos de simulacro de cocaína y litro y medio de ginebra en sangre— hablaba sin mirar a su compañero. De copiloto, Ismael García García — treinta y ocho, dos gramos de simulacro de cocaína y cerca de dos litros de ginebra en sangre— pensaba que quería cerrar los ojos.
—Y tu vieja, ¿qué?
—Tú deja a mi vieja, qué coño te importa mi vieja. A mí vieja la pongo yo a la cocina y nosotros recogemos el material, nos zampamos el bocata, nos metemos un buen par de tiros, y volvemos a lo nuestro. ¿Qué coño te importa a ti mi vieja?
—Me corta, tío, la vieja me corta.
—Pues no la mires.
—Ya, pues no la mires, qué fácil… Ya.
—A mi vieja le pego un berrido yo en cuanto entremos, y ¡a la cocina! Mi vieja es una mula, pavo, es un animal, una puta vacaburra. Joder, colega, necesito esa puta chistorra, llevo ya 24 horas sin meterme nada sólido. ¡No me jodas, tío, no me jodas!
—No tengo hambre.
—Además hay que subir por cojones, porque no nos queda ni una puta raya, y el material está arriba.
—Pues sube tú.
Juan Arias Navarrete levantó de golpe la cabeza, achinó los ojos y permaneció mirando al frente, a la pendiente que dibujaba la calle, diez segundos exactos. Los contó: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y… Y se giró con violencia hacia su acompañante, le agarró malamente del cuello de la camiseta y lo atrajo hacia sí de un estirón que puso al otro de perfil.
—Mira, hijoputa —le susurró con voz ronca, casi nariz contra nariz, a su amigo Ismael García García—, tú vas a subir conmigo te guste o no, nos vamos a comer la puta chistorra, y da gracias de que no te parta la jeta aquí mismo por gilipollas, hostias, que eres un gilipollas, que no te enteras de quién manda aquí, joder, el puto amo. Yo soy el puto amo.
Dicho esto, recuperó la compostura, sacó las llaves del contacto y salió del coche dando un portazo. Su amigo García García tardó algunos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo, se recompuso la camiseta como pudo y le siguió.
A diez metros del coche en doble fila, esperaba el portal, el número 17 de la calle Mariana Pineda, finca de obra vista levantada en 1962 por una cooperativa clandestina que consiguió su reconocimiento, y así los suministros básicos, diez años después de la llegada de la democracia al país en 1976.

III
Dejó de reírse cuando se dio cuenta de que, a fuerza de carcajadas, había acabado tumbada sobre un charco de orina.
Con la bata mojada, intentó levantarse, pero lo único que logró recuperar fue el dolor de cadera, vientre y ano, fruto de la noche anterior. Consiguió con esfuerzo y algunas punzadas ponerse a cuatro patas, y verse así volvió a provocarle una hilaridad incontenible. Lo primero que hizo, mecánicamente, fue apagar el fuego de los guisantes con chorizo, no se echaran a perder. Ay, Marisica, Marisica, se dijo, estás como una cabra, y emprendió la marcha a gatas por el pasillo hacia la sala de estar, que también era comedor y, sobre todo, abrevadero para su marido y su hijo. Ella comía de pie, en la cocina, mientras iba guisando, y luego mientras les iba sirviendo la mesa, y luego mientras iba fregando, y luego mientras no hacía nada pero prefería no abandonar la cocina. Ella comía todo el rato, ésa era la verdad.
Cuando llegó al comedor ni siquiera intentó enderezarse. Miró a las dos puertas que se abrían a ambos lados del gran aparato de televisión y optó por entrar en la habitación de su hijo Juan. Valiente hijodeperra, murmuró a medida que se esforzaba por alcanzar el picaporte con la mano izquierda, sin abandonar su postura canina. A tu edad, joputa, tu padre ya tenía un hijo alcohólico, siguió farfullando. De tal palo, tal astilla, mala raza.
El dormitorio de su hijo era poco más grande que la cocina. Una estantería-ropero que albergaba una pequeña cama juvenil era todo el mobiliario que cabía. Lo demás, ropa sucia por el suelo, pósters de años acumulados en las paredes, de edades acumuladas esperando el momento en que por fin se largara del nido, un hijoputa menos en casa. Pero el único intento de independencia que su hijo Juan había tenido le duró un verano. Y una pequeña estancia de ocho meses en la cárcel de Soto del Real.
Siguió gateando hasta el borde de la cama y, apoyada en la madera del lateral, consiguió sentarse en el suelo. La cama se sostenía sobre un cajón hueco, muy útil en espacios como los de esa casa de 40 metros cuadrados. Se retiró un par de palmos, arrastrando el culo mojado por el suelo de baldosas verdes, y abrió el cajón bajo la cama de su hijo. Era un mundo, aquel cajón.
Al principio, sólo le llamaban la atención las revistas pornográficas, pero nunca le provocaron nada más allá que una simple curiosidad sin aspavientos. Hombres desnudos de piel brillante ataviados con cintos cruzados. Nada que le interesara. Ni siquiera que le hiciera pensar. Su hijo era un hombre extraño que jamás, ni de pequeño, le dirigió la palabra para algo que no fuera exigencia, protesta o insulto. Su hijo le provocaba desde hacía muchos años una indiferencia de marmota. No así el cajón de su hijo. El cajón de Juan había conseguido mantenerla entretenida a menudo en las largas veladas en las que ninguno de los dos hombres, ni el hijo ni el padre, aparecían por casa. Mantenerla con la mente ocupada para no pensar en lo que le esperaba cuando llegaran.
Se acostumbró, además, a la adrenalina. Si su hijo llegaba por sorpresa y la encontraba con su cajón abierto, era seguro que volvía a dar con sus huesos, o lo que quedara de ellos, en el hospital.
Últimamente lo que más le gustaba del cajón era la caja de zapatos del fondo. Tardó tiempo en interesarse por aquella caja de zapatos, pero cuando la abrió, se quedó maravillada. Dentro, viudo, brillante y oscuro como un escorpión, el revólver esperaba el momento del veneno.
Como tantas otras veces, pero en esta ocasión con súbitos arranques de hilaridad, sacó la caja con cuidado de no desbaratar los alrededores, y la dejó a su lado en el suelo. Las baldosas de esta casa son horribles, pensó por primera vez en su vida. ¿Cómo no me había dado cuenta? Las baldosas de esta casa tiene el color de la mierda de un perro descompuesto. Y la comparación volvió a hacerla reír.
Pasó unos segundos absorta frente a la caja, sin tocarla, y luego, de golpe pareció despertar. Abrió la tapa, la dejó junto a la cama, sacó el revólver, lo cogió con soltura y se metió el cañón en la boca de la misma forma que en un par de ocasiones se lo había metido su hijo Juan. No era la primera vez que lo hacía, y volvió a sentir lo mismo. El gesto de meterse el cañón del revólver en la boca le provocó una excitación agradable pero molesta, cercana a la náusea, que no habría sabido enunciar como sexual.

IV
El rellano de la escalera olía a col hervida y grasa frita, lo que apaciguó en parte los ánimos de Juan Arias Navarrete y estimuló sus jugos gástricos. Ese era el olor de su infancia, su juventud de col hervida y grasa frita, su corta madurez macerada en aceites y berza. Cuarenta años de corta madurez.
Treparon a grandes zancadas hasta el segundo piso y, al abrir la puerta, el olor a chorizo frito les golpeó la cara.
—¡Vieja, marchando dos bocatas de chistorra! —gritó Juan Arias Navarrete desde la puerta, encarando un pasillo desde el que no se podía intuir qué había dentro—. Venga a la cocina, hostias… ¡y sin chistar!
Dentro no se oyó ningún movimiento, por lo que el tipo supuso que su madre ya estaba en la cocina, como era habitual, y empujó a su amigo hacia dentro.
El pasillo era una estrecha garganta corta y oscura. La encararon. A la izquierda quedaban, muy juntas, las puertas del baño y la cocina, ambas entrecerradas, y al fondo, el comedor al que daban los dos dormitorios. Juan Arias Navarrete puso a su amigo delante, para que no se le escapara, y fue empujándolo hacia el salón con pasos lentos pero enérgicos.
Superaron la puerta del baño y al llegar a la de la cocina, le hizo un gesto de silencio a su amigo que quería decir: Aquí dentro está mi vieja y si no haces ruido ella no se mueve porque es un animal, así que no tienes por qué verla. Luego volvió la cabeza hacia la puerta entrecerrada y gruñó ¡Dos de chistorra, y pasa el pan por el aceite, vieja, que quede jugoso!
Juan Arias Navarrete siguió empujando a su amigo García García. Entraron en el salón. Enfrente les quedaba una pantalla de televisión casi tan grande como el viejo sofá roñoso. A la derecha del televisor, la puerta del dormitorio de sus padres, cerrada. A la izquierda, la de su cuarto, solo apoyada en el marco, sin acabar de cerrarse.
Ismael García García entró en la habitación empujado por el anfitrión, que iba literalmente pegado a su espalda, apoyando contra su rabadilla un arranque de erección.
Nada más poner un pie en el dormitorio, el amigo frenó en seco.
—Joder, tío ¡jodeeeeer!
E intentó darse la vuelta a la vez que empujaba a su anfitrión hacia atrás. Éste no le permitió retroceder un palmo. Lo apartó a un lado aferrándole los brazos con manos de garra, mientras el otro no dejaba de gritar.
—Hostias, Juan, ¡Mecagonlaputa!
Allí, a los pies de ambos, en el suelo, con una aterradora sonrisa de imbécil, la madre de Juan sostenía un revólver en las manos. No apuntaba a ningún sitio en concreto. Pero levantó la vista, pasó su mirada sobre ellos como si no los viera, o como si los viera poco, y se echó a reír.
Juan Arias Navarrete no supo cómo reaccionar. Ni su amigo tampoco. Ambos se quedaron pasmados durante un par de minutos contemplando a aquella mujer gorda y envejecida, vestida con una bata de flores mojada, sentada en el suelo con un revólver en la mano.
Por fin, su hijo habló. Lo hizo con una rabia contenida y pintada de pasmo, sin menearse, casi sin mover los labios.
—Puta vieja. Puta vacaburra.
Y ése fue seguramente su error.
Ella disparó primero al hijo, dos tiros al pecho, y luego al amigo, exactamente lo mismo.
Luego, soltó una carcajada cantarina. Y ahora vendrá tu padre, pensó sin intentar incorporarse siquiera.

fallaras

Cristina Fallarás: Nacida en Zaragoza, en 1968, es periodista de larga trayectoria profesional en distintos medios de comunicación, participa habitualmente en debates televisivos y ejerce de asesora en comunicación online para el sector editorial y periodístico. Ha creado y dirige actualmente la página de debate y libros y la editorial Sigueleyendo, en la que, entre otras colecciones, coordina la primera serie de volúmenes originales escritos y publicados exclusivamente en digital, la Colección de Bichos. Como escritora, además de distintos relatos dispersos por una decena de antologías de ficción, ha publicado los siguientes libros: Rupturas (Urano, 2003); No acaba la noche (Planeta, 2006); Así murió el poeta Guadalupe (Alianza, 2009), finalista del Premio internacional Dashiel Hammett de novela negra; Últimos días en el Puesto del Este (DVD/Salto de página), Premio Ciudad de Barbastro de novela corta, 2011. Con Las niñas perdidas (Roca Editorial, 2011), ha obtenido numerosos galardones: Premio L’H Confidencial de Novela Negra 2011, Premio del Director de la Semana Negra de Gijón 2012 y el Premio Hammett Internacional 2012 de novela negra, siendo la primera mujer en recibirlo.

Mala raza forma parte de la antología Charco Negro, Editorial Wu Wei.

Charco

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