Un fragmento de Súcubo, novela de Nicolás Correa. Nuevo Terror Argentino

Afuera, el viento me dice que tiene hambre.
Lo escucho cada vez que baja el sol, es como una canción que se toca solamente para mí. Cada vez que silba lo puedo imaginar arremolinando el polvillo, metiéndose por las rendijas, revoleando las hojas, trayendo las sombras que se mueven en la oscuridad. Porque infinidad de veces intentaron llegar hasta acá para hacerme caer pero como te dije, con el correr del tiempo me hice fuerte y logré hacer de este lugar un refugio. El mal todo el tiempo anda dando vueltas por el mundo, y a mí me pasa que lucho con él no solo a través de los exorcismos: surge en los sueños o en las cosas más cotidianas, de formas impensadas. A decir verdad, prefiero que se manifieste y tome posesión, porque es ahí en donde puedo enfrentarlo y pelearlo cuerpo a cuerpo. Cuando llega de modo subliminal es cuando más daño hace, me altera y de alguna manera me devuelve a mis primeras percepciones, cuando no lo podía ver pero lo presentía hasta en la piel.
Hace poco tuve un encuentro de los más duros desde que estoy guardado. Hace tres semanas exactamente, a la hora de entrada de los predicadores sentí un olor fuerte. Ya por la noche había escuchado una respiración agitada y unos gemidos similares a los de un demonio cuando se manifiesta. Me levanté y armé el círculo de protección con una tiza, sin dejar de repetir mis oraciones, en la repetición está el trabajo del exorcista, hasta que volví a dormir. Cuando llegó el Agustín, un predicador y amigo con el que hablo de estos temas, me dijo que también había sentido un olor raro desde que estaba en el pabellón. Era olor a azufre lo que sentíamos, y fue el anticipo de lo que vendría. Agustín, antes de irse, prometió que me iba a traer el libro del exorcista de La Plata para que lo leyera, ese que hace tiempo viene lidiando con lo mismo que yo. El guardia desapareció con él, y mientras me recostaba vi que una figura pasó rápido por delante del pabellón de los paraguayos. Las luces empezaron a titilar y entendí de qué se trataba el asunto. De repente, oscuridad, y solo me alumbró la luna que iluminaba de casualidad sobre mi cama. Escuché unos pasos que delataban una presencia de tamaño considerable: sonaban pesados. Rápido agarré la medallita de San Benito y esperé la manifestación.
No pensé que me iba a sorprender.
Delante mío se paró un pitufo con una jeringa en su mano derecha, sus ojos eran negros por completo, su estatura no superaría el metro sesenta y la cara le temblaba, atrás de él había varios más. Sentí miedo, siempre siento miedo cuando tengo que enfrentarme al mal, es imposible no sentirlo: le sostuve la mirada y le pregunté qué mierda era lo que quería, pero no hubo respuesta. Avanzó hasta quedar adentro de mi refugio, a un paso de atravesar el círculo. Era la primera vez que pasaba, nunca habían invadido mi lugar, excepto en los exorcismos: y más de uno, eso sí era una sorpresa. Sin decir palabra se quedó mirándome, la luz lunar le atravesó la cara como una cicatriz y el color negro de sus ojos brillaba: levantó la mano y me mostró la jeringa. Nunca le tuve miedo a los pitufos: no tengo nada conmigo que valga la pena materialmente pero, como te dije, esto era distinto. Me tiré hacia atrás y miré al resto, que se acercaron hasta rodear el círculo. Empezaron a chocar los dientes como si estuvieran masticando el vacío, y el que tenía la jeringa empezó a reír, y su risa era como el graznido de un pájaro nocturno, el ruido de los dientes empezó a intimidarme, y entonces volví a recitar mis oraciones y, para mi asombro, en ese momento todos dejaron de chocar sus dientes y empezaron a reír, hasta que el de la jeringa me dijo que siempre iban a esperar por mí, que tenía un lugar de privilegio entre ellos y que no iban a descansar hasta verme heder en el infierno.
Heder, es imposible que olvide esa palabra.
Continué con las oraciones y los exhorté a que abandonaran el pabellón, el pitufo de la jeringa abrió la boca y dio un grito horrísono que interrumpió mis plegarias por un instante, fueron retrocediendo lentamente, uno a uno pero, cuando se iba yendo, el de la jeringa se dio vuelta y vi en una imagen confusa a la gitana. Escuché que avanzaron a los gritos por el pabellón siguiente.
Te preguntarás por qué fue tan duro este encuentro, y los motivos son tres: el primero es que nunca habían entrado en mi espacio y, si ahora lo hacían, era porque sabían que en poco tiempo estaría afuera, querían intimidarme y demostrarme poder; el segundo, la manifestación de más de uno a la vez, y el tercero, la imagen de la gitana, que me hacía recordar dónde había empezado todo.

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