357, un relato de Jesús Cañadas

Imagina una bandada de verdades de las que nadie habla. Plumas rojas, espigadas, sobrevolando el mundo. Alas batiendo sin sonido. Todos las compartimos. Llegan hasta ti y una de ellas susurra en tu oído esa cosa negra que esconde en el pecho. Un día estás lavándote los dientes y se te ocurre que morirás de lo mismo que murió tu padre. Y ya no se te olvida. Un pensamiento que emerge y se pierde en el caudal de la mente.
Una sensación parecida experimentaron las cuatro personas que se encontraban en la sala de monitores de la Institución Mental Murgia, cuando la cara del interno apareció en el monitor. En la cabeza de esos cuatro hombres apareció la misma idea: siempre tememos lo que no somos capaces de comprender. Todos conocían a la figura que aparecía en la pantalla, aunque ninguno del mismo modo. Estaban al tanto de su historia, y aunque esta había llegado hasta ellos por cauces diferentes, coincidían en una cosa. Ese hombre les aterraba.
Para el Doctor Ramiro Moncada, el hombre era Gabriel Santos, uno de los enfermos mentales más apasionantes de su carrera al frente del Murgia. Moncada había estado interesado en su caso desde mucho antes de que ingresase, y ahora el historial del paciente ostentaba el récord de permanencia sobre su escritorio, junto con todas las novelas de Thomas Harris, convenientemente escondidas en un doble fondo en el primer cajón de su escritorio. Uno nunca era demasiado cuidadoso con las lecturas prohibidas por el Nuevo Régimen. Aunque se consideraba un profesional, principalmente por las alabanzas continuadas de su santa esposa, tenía que reconocer que el caso le estaba afectando. Cuando el monitor se encendió, Moncada acercó la mano al bolsillo derecho de la chaqueta, donde guardaba un frasco de tranquilizantes que él mismo se había recetado. Por su mente cruzó una de las imágenes que protagonizaba sus pesadillas desde hacía varios meses, una de las fotografías que acompañaba al expediente del paciente. El mismo Santos la había tomado, ésa y otras ocho, poco antes de que le capturasen. Algún genio del Santo Ministerio creyó oportuno incluirlas en su carpeta. A pesar de sus esfuerzos por apartarlas de su cabeza, Moncada las veía una y otra vez apenas cerraba los ojos. Aún no había comentado con su esposa que el color predominante en ellas era el rojo.
Para Serafín Rojas, el enfermero jefe, aquel el hombre era el interno 357. El pichichi del Pabellón C. El Sumidero, como lo llamaban los enfermeros, era el ala del Murguia destinada a los enfermos peligrosos, el tipo de pacientes capaces de clavarle a uno la aguja de un gotero en el ojo si se les daba la espalda. Rojas no dudaba que Sumidero era un buen apelativo para el Pabellón C. A fin de cuentas, el Nuevo Régimen enviaba allí a sus desechos esperando que se los tragase la tierra. El lugar había terminado convirtiéndose en una especie de criadero donde la locura alimentaba a la locura. Locura real, según la entendía Rojas, nada de ambiguos términos psiquiátricos ni las sandeces que le enseñaron en las Santas Facultades del Opus. Para él sólo había dos clases de personas en el mundo, zumbados y no zumbados. Y entre los primeros, 357 era el rey del mambo.
Ernesto Baena, el celador del turno de noche, se había deslizado a hurtadillas en la sala de monitores. Reconocía al interno como Mágnum, uno de sus mejores amigos. Ernesto había admirado su “trabajo”, como a él le gustaba llamarlo, desde las primeras noticias que ocuparon los titulares del periódico Patria. Por eso no pudo creer su buena suerte cuando después del juicio le ingresaron en el Murgia. Desde entonces había hecho lo imposible por acceder al ala del hospital donde lo habían encerrado. Intercambió turnos con otros celadores, sobornó a guardias y enfermeros con paquetes de tabaco comprados con el dinero que le sisaba a su madre a escondidas. Incluso meditó la idea de ofrecerse al Doctor Moncada para chupársela. Finalmente consiguió el turno de noche en el Sumidero. Y sin sexo oral mediante. Entonces ocurrió la cosa más maravillosa de sus treinta y cinco años de vida: Mágnum le había hablado. Él y Ernesto habían pasado noches enteras charlando a través de la rejilla en la puerta de su celda. Ernesto no entendía muchas de las cosas que decía Mágnum, incluso algunas le hacían sentir extraño. Sin embargo, había empezado a fraguarse una amistad que Ernesto consideraba la más sólida de su vida. Aunque no pensaba mucho en ello, estaba dándole vueltas a la idea de trasladar a Mágnum la proposición que nunca llegó a hacerle a Moncada. Esta vez sin esperar nada a cambio, claro. Para eso están los amigos.
El cuarto ocupante de la sala se llamaba Jordi Cassany y no había visto a aquel hombre frente a frente en su vida. Se alegraba por ello. Como encargado de monitores del Murgia, pocas veces tenía que hacer rondas. Para Jordi, aquel trabajo era como ser el regidor de un espectáculo de televisión. Ni siquiera tenía que ir armado. Sin embargo, no le apasionaba tanto tener que mirar a la cara al hombre que consideraba lo peor que había podido ocurrirle al Estado desde el Alzamiento. Mientras el doctor les explicaba a los demás lo que debían hacer en caso de imprevistos durante la entrevista que estaban a punto de realizar, él no hacía más que pensar en la cara de su hija menor. Teresa. Cuando recordaba los reportajes que había visto sobre él en la red Neonodo, su mente volaba a la cara de su niña. Anda que si et tingués davant, fill de puta, tornaria a exercir de guàrdia de seguretat, només el temps per buidar-te el carregador en el pit. Entonces sería un héroe y le darían hasta una paga vitalicia, collons. Cassany sólo se permitía usar el catalán en su cabeza. Nunca se sabía quién estaba escuchando.
Se oyó un carraspeo en la puerta de la sala de monitores. Allí, con las manos cruzadas en torno a lo que parecían ser el expediente del paciente 357 y una Biblia de tamaño desproporcionado, se encontraba un hombre de mediana edad, envuelto en una bata coja por la que asomaba un alzacuello. Les sonrió como si estuviese preparado para una excursión con el último curso de una guardería, y entonces supieron que nada iba a salir bien.
—Arriba España —saludó el sacerdote—. Disculpen que me haya retrasado; vengo del hospital, de visitar al Padre Pascual.
Rojas y Baena ni siquiera se percataron de su presencia. Cassany le saludó con un ligero cabeceo.
—No se preocupe, padre —se apresuró a decir el doctor Moncada, aunque en su frente podría haber aparecido un cartel que dijese INCÓMODO—. ¿Qué tal está el padre Pascual?
—Estupendamente, gracias. Les manda saludos y sus mejores deseos para estas fiestas a todos. Incluso a los internos.
—Bien, bien. La próxima vez que le vea, dígale que esperamos que vuelva lo antes posible. Todo el Pabellón A le echa mucho de menos.
Asintió el sacerdote, sin que hubiese nada más que añadir. Justo cuando el silencio entre los dos comenzaba a tensarse, Moncada añadió:
—En cuanto al caso, verá, padre…
—Escobar, para servir a Dios y a usted.
—Escobar, sí. Descuide, no lo había olvidado. Solo pensaba… me preguntaba…
—Por favor, doctor —terció Escobar, posando una mano en su hombro—. Ninguno de los dos nos chupamos el dedo. No me diga que no sabe cómo decirme que no me cree adecuado para la entrevista.
—Oh, no, no, no —se defendió el doctor. Había que andarse con pies de plomo con el Opus. Intentó mostrar una pose ofendida, pero no lo consiguió—. Tiene usted razón. Lo siento, no parece usted el tipo de persona capaz de tratar con este paciente.
—Comprendo lo que quiere decir, llevo años luchando contra la impresión que esta cara de pazguato causa en la gente —Moncada sonrió sin querer—. Exacto, ese tipo de reacción. Déjeme decirle algo. Usted convino con el padre Pascual que fuese un sacerdote quien llevase esta entrevista en particular.
—Así es.
—Y lo hizo sabiendo que sería Pascual, y no otro, quien se encargaría de ello. Lo hizo porque confiaba en su buen juicio.
Volvió a asentir.
—Pues bien, por si no se ha enterado, el padre Pascual ha sufrido un accidente. Está en La Paz, con medio cuerpo metido en yeso.
Moncada abrió la boca para protestar. Sabía adónde quería llegar, pero le disgustaba que sus subordinados pensasen que se había dejado convencer sin objeciones. Escobar continuó su diatriba, ignorando su intento de interrumpirle.
—Sin embargo, escayolado o no, usted sigue confiando en el buen juicio del padre Pascual. Y ha sido él, empleando ese buen juicio que tan querido le ha hecho en el Pabellón A y tanta confianza despierta en usted, quien ha pensado que yo soy el más indicado para sustituirle. Ahora, déjeme preguntarle: ¿cree usted que el padre Pascual está senil?
Moncada parpadeó. No se podía negar que Escobar tenía mano izquierda para llevar el peso de una conversación. Para entonces ya sabía que aceptaría, pero le permitió hacer su número al completo.
—No —dijo, fingiendo hacerlo a regañadientes—. No está senil.
—En ese caso, conserva todo su buen juicio. Por lo tanto, reconocerá que su decisión de que yo sea su sustituto estará fundada, meditada y bastante recapacitada.
—De acuerdo, de acuerdo —El médico levantó ambas manos en señal de rendición—. Tenga en cuenta que no se trata de un interno común y corriente.
—Tenga cuidado, padre —intervino el enfermero Rojas. Le caía simpático el cura—. Al lado de éste zumbado, Durruti es la moza esa de Un Rayito de Luz.
—Marisol —apuntó Ernesto Baena, y en ese momento todos repararon en su presencia. El celador desapareció tan rápido como un marxista en la Gran Vía.
—Permítame recordarle que nombres como el de ese desdichado vascuence no caben en el Nuevo Régimen —le previno Escobar, serio. Rojas se encogió—. Pero no se preocupe. Estoy seguro de que podré manejar al paciente.
—De acuerdo —suspiró Moncada—. No sé cómo me dejé convencer para que fuese un sacerdote quien le diese la noticia. Pero supongo que ya es tarde para cambiar de opinión.
—Ah —dijo Escobar—, los caminos del Señor son inescrutables.
1-charco
A menos de treinta metros de distancia, separados por varias paredes de hormigón, el interno tamborileaba con los dedos sobre la mesa de aluminio como una secretaria impaciente. Había dejado la mirada clavada en la cámara de seguridad desde que el sacerdote entró en la sala. Desde la pantalla, sus ojos saltaban de uno a otro mientras hablaban, como si pudiese verlos. Eso, claro está, era imposible.
Le habían tenido ahí sentado toda la mañana. Apenas había cambiado de postura. De no ser por la barba de varios días y el uniforme blanco con el número grabado en la espalda, habría podido pasar por un numerario con un mal día. Seguía poseyendo ese aspecto atrayente y de edad indefinida con el que aparecía en la ficha de su ingreso, primero en prisión y luego en el Murguia.
La puerta se abrió. El Padre Escobar entró y echó un rápido vistazo alrededor. Tras él, el guardia dirigió una mirada cautelosa al interno antes de cerrar la puerta. El portazo sonó como el latido de un corazón enorme y enfermo. La luz de neón de la habitación titiló durante unos segundos. En la sala de monitores, el Doctor Moncada sintió en su estómago la compresión de un émbolo relleno de café. No imaginaba desastre peor que tener al sacerdote en un cuarto sin luz con Gabriel Santos. Casi parecía el principio de un chiste blasfemo, Dios le perdonase.
La luz, sin embargo, permaneció encendida. La pantalla parecía haberse congelado. Escobar continuaba frente a la puerta cerrada, como un jugador estudiando a su oponente antes de una partida de ajedrez. La reminiscencia se reafirmó cuando tomó asiento frente a él.
Santos traspasaba con la mirada al sacerdote. Escobar no parecía intimidado, sino más bien curioso. Tenía el aire de uno de esos expertos en descubrir milagros fraudulentos. Depositó a un lado la descomunal Biblia y abrió el expediente por la primera página. Entre las hojas mecanografiadas asomaron copias de las fotos que tanto obsesionaban a Moncada. Escobar se apresuró a ocultarlas. Tomó aire en una honda bocanada de pescador de perlas, y justo cuando iba a comenzar a hablar, Santos se adelantó:
—Usted no es el doctor Moncada —dijo en tono neutro, como quien habla del tiempo.
El sacerdote se quedó mudo. Tal vez esperaba un silencio hermético o una hostilidad abierta. Se recompuso enseguida y movió la cabeza.
—El doctor creyó conveniente que fuese yo…
—¿Ha muerto ya el padre Pascual?
—Sí —mintió el sacerdote—. Por eso me han mandado a mí. Soy el padre Escobar.
En la sala de monitores, Rojas sacudió la cabeza, desconcertado.
—¿Qué mosca le ha picado a este? ¿Por qué le ha dicho que Pascual ha muerto?
—Es muy inteligente. Se está construyendo una barrera —aclaró Moncada, y al ver la expresión del enfermero, se lo explicó mejor—. Acaba de demostrar que no tiene ninguna relación con Pascual. Así se protege. Si Santos piensa que no le importa Pascual más allá de la caridad cristiana, no le atacará por ahí.
—Què vol… —Cassany se mordió la lengua—, ¿qué quiere decir con atacar?
El psiquiatra adoptó un tono confidencial.
—Supongo que conocen el caso de Santos. En el juicio, la Inquisición empleó cinco abogados distintos. Cinco. Todo el proceso se desarrolló con normalidad hasta que llegaron los interrogatorios al acusado. Ahí es donde tuvieron lugar los cuatro cambios.
—Atiza. ¿Eso es legal? —preguntó Rojas.
—No es algo que se viera antes en las películas de abogados, pero al parecer se permite hacerlo. Aunque, si un cambio ya es algo inusual, cinco es lo que podríamos calificar como…
—¿De locos? —aventuró Cassany. El vigilante fue el único que rió su chiste.
—Hablé con el Santo Oficio cuando empecé a investigarle más a fondo —prosiguió Moncada—, poco después de su ingreso. Tres de esos cinco abogados se han retirado. El más joven tenía treinta años. Treinta. Otro se suicidó hace dos meses.
—¿Por culpa de Santos? —Rojas parecía fascinado.
—¿Quién puede decirlo? Gracias a Dios, el juicio no se retransmitió por el Neonodo. No me habría gustado oír lo que Santos les dijo a esos cinco abogados. Cuanto menos sepa del padre Escobar en el terreno personal, menos podrá utilizar para desarmarle.
Siguió un silencio incómodo que se trasladó a la sala de audiciones. Allí, los dos hombres se escrutaban. Para sus vigilantes, la entrevista había tomado un cariz más adecuado a unas conversaciones de paz predestinadas al fracaso.
357 se reclinó en su silla.
—¿Por qué está usted aquí, padre? —pronunció esa última palabra como el final de un chiste más digno de lástima que de gracia. Dejaba en los labios regusto a desprecio.
El sacerdote le dedicó una mirada analítica. Su nuez subió y volvió a bajar, en un intento vano de tragar saliva.
—La apelación ha tenido éxito, Gabriel —dijo, y, como para despejar todas las dudas—. El Alto Tribunal Militar le ha declarado cuerdo. Le trasladarán a Carabanchel esta noche.
El tiempo se volvió melaza. Le llegó el turno a 357 de respirar profundamente, aunque su rostro no evidenciaba ninguna reacción a las noticias de Escobar.
—¿Qué me espera allí?
La respuesta fue clara y contundente. Quizá era lo mejor.
—El garrote. Más allá de toda nueva apelación. Le seré sincero: sus defensores no quieren mancharse más las manos. Ponerse de su parte es dejar al Régimen entero al lado opuesto.
—Eso es ilegal —replicó él. Señaló la cámara—. Podría usarse para declarar juicio nulo.
—Yo no entiendo más que las leyes de Dios Nuestro Señor —Dirigió la vista al techo sin demasiada convicción—. Pero seamos realistas. Lo que decide el Nuevo Caudillo va a misa.
Entonces, el que posiblemente era el hombre más odiado del Estado hizo algo inusual: sonrió. Una sonrisa que marcaba un hondo surco helado en la columna.
—¿Eso es todo, padre?
El sacerdote parpadeó, con la incredulidad pintada en el rostro.
—¿Le parece poco? He venido a decirle que va a morir.
—Es muy amable por su parte. Gracias —Adelantó las muñecas esposadas, con una mano extendida. Escobar la rehuyó como si sujetase una cobra enfurecida—. Ah… No le toques, no te acerques a él, no le reveles nada personal. Yo también vi la película, antes de que la prohibieran. No es usted distinto de Moncada. ¿Me tiene miedo?
—Sí —Sus ojos se pasearon sobre el expediente—. Yo y todos los españoles, Gabriel.
—No me llame así. En el Murgía, los locos perdemos nuestra identidad. Soy 357, o algún otro nombre que usted habrá oído por ahí.
—Legalmente, ya no está usted loco.
—¿Supone eso alguna diferencia? —Entrelazó las manos ante el rostro como un político de los de antes—. Ayer lo estaba, ¿qué ha cambiado hoy para que ya no lo esté?
Escobar se inclinó hacia delante. Ese parecía ser el momento que había estado esperando. En otra parte del edificio, tres miradas se entrecruzaron y volvieron a la pantalla.
—No creo que cambie nada, sigue siendo el mismo hombre. Por eso me gustaría oír…
—No pensará analizarme, ¿verdad, santidad? Quizá no le guste lo que vea.
—Sólo pretendo… —mal momento para no encontrar las palabras justas—, oír su versión. Saber si estaba enajenado o si el Tribunal Militar ha hecho bien anulando el primer veredicto.
Santos saltó. Extendió las manos hacia el cuello del sacerdote, pero antes de que se cerraran en torno a él, descendieron sobre el expediente. Lo lanzó al aire, convirtiendo la mesa en un caos de hojas mezcladas. Las fotografías volaron. Rojo desparramado sobre el aluminio. En la sala de monitores cundió el pánico, pero antes de que nadie pudiese reaccionar, el interno había vuelto a sentarse y observaba al sacerdote.
—¿Le parece que puede echar un vistazo al ojo del huracán y esperar que no le arrastre? Ya han venido otros a intentar abrirme la cabeza. No es usted el primero.
—Lo sé —Le tembló la voz, solo un momento—. Pero voy a ser el último. Después de mí no vendrá nadie a hacerle preguntas. Después de mí le espera una silla con correas.
La dureza de sus palabras helaba la sangre. Por primera vez Moncada se preguntó si no habría algo que se le escapaba en la conversación. Pensó en tragarse uno de sus tranquilizantes, pero se obligó a descartar la idea. En ese momento necesitaba estar lúcido.
—Ya he visto la cara de la muerte —sentenció Santos, y se cruzó de brazos.
—No lo dudo —repuso Escobar, tocando sin mirar una de las fotografías al azar. En su frente asomaban gotas de sudor—. Pero nunca desde el otro lado.
Las manos de Santos se crisparon encima de la mesa. Su barbilla tembló. Le miraba a los ojos, pero estaba claro que contemplaba una escena diferente, una historia que se susurraba con palabras que sólo él podía oír. Si alguna vez había parecido enajenado, fue entonces.
Escobar orientó hacia él la fotografía, empujándola con el índice sobre la mesa.
—¿Quién es? —preguntó—. ¿Quién aparece en esta foto?
Santos asomó la vista a la imagen, y por un levísimo instante fue evidente que había sido el responsable de todo lo que se veía en ella. Su cara reflejó la de aquella noche en que subió las escaleras de su casa en busca de la cámara, aún con la sangre goteando entre los dedos. Desde su nicho de pantallas, el Doctor Moncada sintió que entraba en una zona invisible más allá de lo racional, donde cordura y locura eran sinónimas y donde Gabriel Santos, 357, Mágnum, era habitante por nacimiento y derecho propio. A su lado, Cassany ahogó un gemido. Rojas, el enfermero, manifestó que no deseaba seguir allí, y se levantó apresuradamente. Nunca llegaron a saber que se había marchado a los servicios a vomitar.
El sacerdote volvió a formular la pregunta. Tenía el empaque de un matemático a punto de desentrañar los secretos de un nuevo teorema, una de esas fórmulas que hacen que un sonoro engranaje suene en la cabeza de su descubridor, encajando el universo un poco más en su lugar. Solo que, esta vez, el descubrimiento no hacía sino revelar un conocimiento que debería haber permanecido oculto para siempre.
El interno 357 alzó la mirada hacia él. Alguien con mucha imaginación, un aficionado a las antiguas novelas de terror, habría dicho que su cara se encontraba envuelta en sombras, que sus ojos se habían convertido en dos pozos desde los que espiaba una conciencia dormida que jamás había visto el sol. Un nostálgico coleccionista de las viejas películas de miedo, ahora clandestinas, habría dicho que ya no era humano. Podría haber tenido razón.
—Su nombre es Luisa —dijo, y en su garganta vibraba una nota hasta entonces no pulsada, un batir de alas rojas—. Le pusimos ese nombre por la abuela de Matilde. Tenía seis años, tres más que Laura. Le gustaba el helado de vainilla. Hacía poco tiempo que había aprendido a contar hasta cien, y nos obligaba a oírla una y otra vez.
Escobar no acusó ninguna impresión ante lo que le contaba. Intentó girar la cabeza para comprobar si la luz roja, bendita luz roja de la cámara, señalaba que todo se estaba grabando.
—Matilde suplicó por ella —murmuró Santos. El sacerdote se volvió hacia él. Se humedeció los labios con una lengua que en los monitores se vio gris como la de un cadáver.
—Nadie lo sabrá nunca si no lo cuenta, Gabriel.
Y Gabriel lo hizo. Empezó a contarlo todo. Habló con tranquilidad, como hablaban los terroristas en sus comunicados, como el Nuevo Caudillo en sus mensajes navideños. Habló de la noche en que dejó de ser Gabriel Santos para convertirse en un monstruo, y todo el sanatorio oyó su relato. La verdad de sus palabras atravesó los muros y se vertió en los corazones de los locos, haciéndoles aullar lo que el infierno les había susurrado al oído.

Cerró los ojos al terminar de hablar. Todo permaneció inalterado; el silencio había sustituido al horror.
Moncada temblaba de la cabeza a los pies. Algo había cedido en su cabeza mientras Santos hablaba. Se había tragado de golpe el resto de las pastillas del último bote que se recetó tres días antes. Jordi Cassany sollozaba en su puesto como un niño con las rodillas peladas. En el pasillo, Ernesto Baena observaba embobado un frasco de desinfectante de su carrito. Se preguntaba qué sabor tendría.
Escobar se había desabrochado el alzacuello. Profundos círculos de sudor se marcaban a través de las costuras de su bata. El color le había abandonado. Intentó hablar, pero las palabras quedaron resecas en su garganta. Tosió con un ruido desagradable y crujiente.
—Solo me queda una cosa por preguntarle, Gabriel —Santos abrió los ojos. El sacerdote le miraba como un verdugo—. ¿Se arrepiente de algo?
El asesino meditó un segundo la respuesta, aunque era evidente que repasó toda su vida hasta ese punto. Como un hombre sentado en el garrote vil.
—No.
El sacerdote se levantó bruscamente. Retrocedió hasta la misma puerta, justo debajo de la cámara de seguridad. Entonces ocurrió algo que jamás habría esperado un hombre en la situación de Gabriel Santos.
El padre Escobar sonrió.
—No esperaba menos de ti.
Las luces se apagaron con un chispazo. Desde detrás de la puerta llegó un sonido húmedo y truculento. De las paredes brotaron innumerables gritos, un aullido sinfónico que evocaba imágenes de un dolor indecible. Santos se apartó por puro instinto de la mesa. Se hizo un ovillo en el suelo. En la oscuridad se distinguía la silueta del Padre Escobar, inmóvil frente a la puerta, la misma sonrisa repulsiva de gato de Chesire en la boca.
Los alaridos duraron lo que pareció una eternidad. Santos también gritó, de puro terror. Y siguió gritando cuando se extinguieron:
—¿Qué está ocurriendo? Por Dios bendito, ¿qué está pasando?
Como convocadas por la magia de su voz rasposa, las luces volvieron a encenderse. Escobar le devolvía una mueca socarrona y cruel.
—¿Dios? Te has equivocado de puerta. Ya ha terminado todo, Gabriel. Bueno, qué sandeces digo, todo acaba de comenzar —Con un gesto teatral, abrió la puerta de la sala de audiciones—. Puedes marcharte.
—¿Qué?
—En pocas horas llegará un furgón para trasladarte a Carabanchel. Si yo fuese tú, intentaría estar lejos de aquí cuando eso suceda.
Santos negó con el cabeza, alelado. Entonces percibió el olor. Un hedor penetrante, fresco y templado. Un olor a quirófano. A matadero. Ya había percibido un olor parecido, y el recuerdo hizo algo más que estremecerle.
Le estimuló.
—¿Estás diciendo que me puedo marchar? —Escobar asintió—. ¿Quién demonios eres?
—Ah —Su sonrisa se ensanchó más de lo que parecía posible—. Digamos que pertenezco a una empresa que está contenta con tu trabajo. Una empresa internacional. Considérame una especie de apoderado, aunque detesto los toros.
Santos no era imbécil. Sabía leer entre líneas, y lo que leyó en esa frase hizo que no quedase vello en su cuerpo sin erizarse. Comenzó a abrir y cerrar los puños de manera compulsiva. Se acercó a la puerta y, procurando evitar el contacto con el sacerdote o lo que fuese, se asomó al pasillo.
El hedor que le había llegado de forma tan sutil se convirtió en una bofetada penetrante y nauseabunda. Junto a la puerta encontró dos cosas igualmente desconcertantes. Una mancha roja impregnaba unos tres metros cuadrados de pared y suelo. Justo en el centro descansaba una fotografía, testimonio mudo de los últimos instantes en la vida del guardia de seguridad. Al mirarla, Santos sintió una súbita arcada. Aquello que le había traído al Murgia, aquello que había permanecido dormido a causa de los fármacos administrados sumariamente, se estaba despertando. Lo sentía como un ardor familiar en la boca del estómago. Le hacía querer más.
—Soy libre —Al fin terminó de creérselo—. ¿Por qué yo? ¿Por qué has venido a liberarme?
—Considéralo un regalo adelantado de navidad.
La frase aún estaba en el aire cuando en los altavoces del pasillo empezó a oírse un villancico. Santos los contempló, embobado, y al girar sobre sus talones se encontró con una habitación vacía.
Su expediente y la Biblia aún descansaban sobre la mesa. Se acercó con cautela. Al cogerla, descubrió que era más pesada de lo que parecía. Casi sabía lo que encontraría cuando la abriese. Sus labios se ensancharon en una sonrisa al sacar la Mágnum 357 del falso interior hueco. Antes de salir, cogió una de las fotografías, la misma que le había acercado Escobar. La apretó entre sus dedos.
Apenas echó un vistazo a la sala de monitores en su camino a la salida. Sin percatarse de la nueva decoración rojiza de las paredes, vio una cortina de estática en cada uno de ellos. Tuvo la certeza de que nada de lo ocurrido se había grabado. Se echó a reír, único partícipe de una broma privada. Silbando el villancico que había zanjado la conversación con su apoderado, se alejó por el pasillo decorado con adornos navideños y manchas rojas en las paredes. No le interesó la fotografía que encontró entre los restos salvajemente mutilados de Ernesto Baena, ni la que había en la mano del torso despellejado de Rojas, que asomaba por la puerta de los servicios del Pabellón C.
De repente, se le ocurrió una idea: Uno no siempre teme lo desconocido. Puede que no comprendiese todo lo que había ocurrido, pero no lo temía. A veces hay que aceptar las cosas como vienen, aunque no las comprendamos. Un pensamiento que aparece y se hunde en el caudal de la mente.
357 se alejó camino abajo, silbando.

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357 fue publicado en la Antología Charco Negro que reúne autores españoles y argentinos del genero negro y fantasía.
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Acerca de Jesús Cañadas
Nació en Cádiz en 1980. Ha publicado relatos en varias revistas de género, incluyendo Asimov Magazine, Lovecraft Magazine, Miasma o Aurora Bitzine; así como en las antologías Errores de Percepción (DH Ediciones), Ácronos (Tyrannosaurus Books), Fantasmagoria (Tombooktu), Carne Muerta: Días de Tinieblas (Dolmen) o Calabazas en el Trastero (Saco de Huesos). En 2011 publicó su primera novela, El Baile de los Secretos, en la Colección Excalibur de la Editorial Grupo AJEC, que llegó a ser finalista a «Mejor Novela» en los Premios Scifiworld. Asimismo, en 2012 fue finalista del premio Ateneo de Sevilla con la Los nombres muertos publicada en 2013 por Random House Mondadori.
Viajero incansable, ha vivido en trece ciudades distintas entre Italia, España, Alemania y Japón.

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