Homenaje a Alberto Laiseca

El día de ayer falleció Alberto Laiseca, escritor y forjador de escritores. Por su taller han pasado muchos de quienes hoy pisan fuerte en la literatura vernácula: Selva Almada, Leonardo Oyola, Sebastián Pandolfelli, Juan Guinot, entre otros.

Su obra adicciona. Algunos pasajes de ella me inspiraron ciertos momentos de la nouvelle lúdica Este es mi mundo. Lai Chí, Al Iseka son personajes por él creados que tomo prestado para describir la crisis del Continuum Buenos Aires, ese mundo paralelo donde conviven todos los personajes de ficción creados por la mente humana.

Como homenaje transcribo el capítulo 21, donde se dan cita Lai Chú y Al Iseka entre otros.

 

Subliminal

 

Una de las chinas deja una olla enorme en el centro de la mesa presidida por Al Iseka, fundador del Monitorazgo de la Tecnocracia. Otra sirve vino carlón en los vasos de vidrio grueso.  El primer monitor se levanta proponiendo un brindis. Rolando, Lai Chú y Piero se ponen de pie alzando el vaso.

—Por Bordolino y por el Tío Francés, porque nunca falte el vino en este contínuum nuestro que nunca nos será arrebatado.

—¡Salud! —responden todos y se sientan. Las chinas sirven el puchero en platos hondos.

—Me convocaron para capear la nueva situación. Como dice el Partido Oceanía en 1984 de Orwell: “La libertad es esclavitud. La ignorancia es fuerza”. Y este René Gath Vengeur la retiene súper clarísima —bebe de un trago el carlón—. Les voy a contar una experiencia que tuve durante mi viaje al Lejano Oriente en busca del Sello Magnético de Uri Ur. A bordo del Belinda capitaneada por Piluso leí un artículo de los derviches saltadores. Los miembros de esta orden al ritmo de la letanía “iyalové iyalové iyelové el que no salta  eunolandé”, saltan hasta entrar en estado de trance. El cronista cuenta que en Benarés uno de estos derviches en unos de los saltos desapareció. Asegura que de ese modo saltó a otro contínuum. Se lo llama el Saltador Transformado.  Le sugerí a Piluso enfilar hasta bahía de Bengala, buscar la desembocadura del Ganges y remontarlo hasta la ciudad sagrada. Coquito se enfurruñó, quería ir a Madagascar a montarse una cebra (nunca lo hubiera creído de él), finalmente comprendió que el que solventaba el viaje era yo, así que era el que mandaba. Cuando llegamos cerca del delta del río sagrado nos recibió un tifón. En medio del vapuleo de las olas y el viento un delfín salta a la cubierta de la barcaza. Nos mira y mueve el pico  trompudo que tienen los delfines de  esos mares. ¡Nos quiere decir algo!, me dice Coquito acercando la oreja al pico. El delfín lo muerde y parece estallar en risas. Decidimos tirarlo de vuelta al agua. Esperen, esperen, esperen, empezó a chillar el delfín en varios idiomas. Soy Ibn Zina, el saltador. ¡Se transformó en delfín el santón!, exclamó Piluso. El tifón dio media vuelta y se fue a joder a otra barcaza. Gracias, gracias, levantaban los brazos al cielo Piluso y Coquito. Cuando vuelva al puerto de Buenos Aires me hago manosanta, prometió en ese instante el capitán. No tan rápido que no es tan fácil, que con solo querer no alcanza, amonestó Ibn Zina y nos contó su historia —el primer Monitor de la historia caza un hueso de osobuco de la olla y lo chupa en sonsonete. Termina el concierto dejando el hueso blanco y lustroso como para vitrina de museo—. Una noche Ibn Zina saltaba en las escalinatas que mojan sus pies en el Ganges. Las estrellas parecían diamantes sobre un terciopelo negro. En uno de los saltos creyó alcanzarlas, al caer perdió pie y terminó en el agua. La diosa Ganga lo arrastró hasta el mar. Un trío de delfines lo escoltaba. Cuando pudo sacar la cabeza para tomar aire ya no había cielo, ni siquiera oscuridad, sólo una niebla. La voz de Yama retumbó en sus oídos, bienveniiiiidooooooooo. Pero yo soy musulmán, se excusó el saltador. A otro perro con ese hueso, retumbó de nuevo la voz del primer muerto. Los delfines le mordieron los pies y las bolas hundiéndolo en el agua. Lo llevaron a unas cuevas submarinas, le cantaron sus canciones durante años  hasta convertirlo en delfín. Desde entonces salta de vez en cuando a la cubierta de algún barco y los ayuda en la navegación o les cuenta historias enseñanzas. Nadie lo entiende —los comensales se miran entre sí y luego relojean al primer Monitor.

—¿Y el Sello Magnético de Uri Ur? —pregunta Rolando Rivas.

—¡Qué sé yo! Se debe haber desmagnetizado. Nunca lo encontré.

Por la televisión el locutor gritón anuncia una nueva transmisión en cadena nacional. A los comensales se les caen los hombros. En vez del himno comienza  a sonar una música tecno. Ka blum ka blum ka blum ka blum ka blum ka blum ka blum pa pa pa parapa pa pa pa parapa pa pa  pa parapa per tut per tut per tut per tut per tut per tut per tut per tut  kil kil kil kil kil kil kil kil kil kil kil kil  kil kil kil kil kil kil kil kil kil kil kil kil tran tran tran tran tran tran tran tran tran tran po po po po po po po po po po po po po po po po zo zo zo zo zo zo zo zo zo zo zo zo zo zo zo zo (se superponen los sonidos). Los hombros de todos menos los de Al Iseka se afinan como perchas de alambre. La cara de Piero se torna cubista mirando las imágenes sicodélicas que se suceden vertiginosamente en la pantalla.

—¿Ven? René Gath Vengeur la retiene súper clarísima.

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