Primer capítulo de Íncubo, novela de Nicolás Correa

Los muertos murmuran a mi paso.
Los escucho. Escucho el movimiento de sus cadáveres, la viscosa forma que han tomado sus carnes, el rechinar de sus dientes, cada uno de los gusanos que los corrompe; escucho el alarido de sus almas, la contorsión eterna a la que son sometidos, el resplandor del cielo que se aleja. Escucho que me maldicen, gritan y blasfeman. Que piden la muerte para mí y para lo que llevo conmigo.
Escucho otras cosas también.
El sonido de bestias enfermas que corren a mis espaldas. Son dragones antiguos, invisibles a los ojos del hombre. Ya no soportan la paciencia. Ni guardarse debajo de las camas, de los espejos acorazados, las calles desoladas o las sombras de los árboles.
Sé que van a levantarse y correrán detrás del hombre como fieras, y harán una noche de cacería eterna.
Sos tierra muerta, es el breve latido que trae el viento. Los ángeles no se acercan ya, ni la Virgen de los Mil Mantos. Mi alma, mi espíritu, avanzan en el puño, en la letra, en la palabra en sombra, que intenta reconstruir la historia. Mi cuerpo arrasado e invadido por la llama infernal es escritura de los días pasados y señal de los días venideros. De alguna manera que todavía desconozco, soy enigma del presente y el futuro. Cómo o por qué, preguntarás, y es esta carta que personalmente marcho a entregarte, donde encontrarás explicación. En tanto leas, entenderás que ya no es el destino de un hombre o el de un barrio el que se cruza en este nefasto trance.
Es raro el accionar de las fuerzas que se esconden a nuestros ojos; el hombre nunca entenderá de las puertas que se abren entre un mundo y otro, como nunca entenderá que hay cosas que se manifiestan a espaldas de nuestros ojos. Y esas fuerzas que dominan la oscuridad, que de ella nacen como un sol de sangre, harán que el hombre se meta en las cavernas de las peñas, y en las aberturas de la tierra, y en forma de presencia espantosa, y por el resplandor de esa majestad horrorosa, se levantarán otras majestades aterradoras nunca vistas, para herir a la tierra.
Ese día, no muy lejano, se arrojará al hombre, a los animales, y a todos los ídolos de oro, hechos para adoración, y se entrará en las hendiduras de las rocas y en las cavernas de las peñas para diezmar la humana forma. El bramido del león será en el vientre: rugirá a manera de leoncillo, rechinará los dientes y arrebatará la presa, la apañará y nadie ya podrá quitársela. Y bramará ese día sobre el hombre, como bramido del mar. Entonces mirará el horizonte y hará tinieblas de tribulación, y en los cielos se oscurecerá la luz. Ríos de sangre, montañas de cadáveres y yo, caminante de una tierra, tal vez, sin forma ya.
El poco tiempo que puedo manejar es un ciclo natural, que ya ni es tanto. Son meses como reinos para quebrar la voluntad de miles de años. Y mantenernos invisibles a los ojos del Heraldo, Belial, Zippo o los mamones.
Voy a pedirte, antes de que empieces con la lectura de esta historia, que suspendas toda realidad conocida y entiendas que leerás las formas en que accionan las potestades más antiguas del universo, no solamente en la vida de un hombre, sino en la de todos ellos. Finalmente, que también te sirvas del Salmo 91, como protección, y de todo lo que tengas como herramienta de fe. Nunca es mucha la protección del espíritu contra la lengua de oro. Debés saberlo.
El principio de esta carta, de mi historia, increíblemente, es lo último que te escribo.
Llega un momento en que uno debe convertirse en otra cosa para entender quién es. En ese camino, a veces, nos acompaña un ángel, o un demonio.

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