Rodando, sigue rodando

Después de rodar y rodar por las calles sin que nadie le levante la mano, sufriendo porque el tanque de gas se vacía y el mango no viene, Walter no puede parar de pensar que el país es una mierda, que está harto de manejar un tacho, que es un idiota por haber dejado la universidad, que el dueño del auto lo está cagando y que si sigue haciéndose tanta mala sangre se va a quedar pelado antes de cumplir los cuarenta y cinco.
—¡Bah! Al menos todos los días vuelvo con algo de guita en el bolsillo —se consuela después.
Hay tres que fuman en una esquina, uno le hace seña. Le parecen peligrosos, los ignora. Lo agarra el semáforo. Uno se arrima.
—¿Tás libre, macho? —Walter asiente. Quita el seguro de las puertas. Uno se acomoda junto a él, los otros atrás.
—¿No nos viste?
—Estaba distraído.
—Para ganar hay que estar despierto.
Mira por el retrovisor al que largó la sentencia. El tipo lo está mirando también. Aparta la vista. El que viaja al lado de é le dice que pare, le señala un quiosco. Baja con uno de los de atrás. El que queda en el auto se acomoda atrás de él. Mira hacia el quiosco. Uno saca un .38, apunta a la cabeza del quiosquero. Walter manotea la palanca de cambio, siente el filo de la navaja en el cuello.
Tres horas más tarde entra al boliche de la platinada. Busca al Vasco. Lo ve en una mesa cerca de la barra, acaramelado con una chica de bucles castaños y enormes ojos de almendra.
—¡Vasco!
—Va a caer piedras ¿Te vas a tirar una cana al aire, perejil?
—¡No!
—¿Qué pasó?
—Unos chorros me llevaron de ronda —se le borra la sonrisa al sindicalista, con un movimiento de mano le ordena a la chica que se vaya, con otro anima a hablar a Walter.
—Reventaron un quiosco y dos bares. Iban de fierro… –el Vasco hace rodar las bolitas de acero negro flotando en sangre que tiene por ojos por el lugar. Pregunta si hubo violencia, Walter se encoge de hombros.
—¿Dejaban un campana con vos? –el taxista niega– ¿Y por qué no te rajaste? –Walter baja la cabeza. Si se te ocurre escapar vas a cometer el peor error de tu vida, gordito ¡esperános y no apagués el reloj! Sus ojos se anegan en lágrimas, lucha por retenerlas. Se traga los mocos.
—Esta fue la peor noche de mi vida, Vasco… cuando se bajaron, me dejaron esto –el taxista saca un bulto de billetes del bolsillo, se lo muestra al sindicalista. La risotada atrae las miradas de las putas vacantes.
—¡Hiciste el mejor negocio de tu vida!

*****

Atrapado en un pupitre blanco y embutido en una malla albina, es uno entre decenas. Hombres y mujeres. El escritorio es una pantalla, laberintos de colores brillan sobre el fondo negro. La tarea: sortear los obstáculos que hay en los laberintos. Está agotado. Se da cuenta de una nota suspendida, tensa, cuando deja de sonar. El pupitre se abre, la pantalla se apaga. Sale del recinto en formación. Infinitas puertas convergen en el corredor. Unos salen, otros entran. El pasillo describe una curva. La curva desemboca en un gran recinto circular, distribuidor de infinitas escaleras que suben y bajan y doblan en diferentes direcciones. Arrastra los pies hacia una. Baja un tramo, luego otro, baja y baja hasta que llega a un nicho. Entra. Se queda dormido. En la negrura de su sueño se abre camino un chico. Vestido con una malla dorada, resplandece, lo despierta, lo convence de que lo siga. Se desliza como el muchacho. Unas sombras enormes los descubren. Se abalanzan hacia ellos. Corren. Suben por escaleras, rampas y pasillos, alcanzan el último nivel, coronado de una cúpula de cristal. Millones y millones de estrellas titilan en el cielo nocturno. Allá está la libertad, dice el chico y atraviesa el cristal sin dañarlo. Él no lo puede seguir. Cuando realmente despiertes, vas a poder estar de este lado: retumba la voz en sus oídos.
Walter abre los ojos. Mira el despertador sobre la mesa de luz. Sólo tres horas de sueño. Salta de la cama. Se ducha convencido de que está atrapado en un laberinto.

*****

El auto se detiene junto a la esquina de veredas elevadas apenas iluminada por un farol que pendula de un cable recorrido por las ratas paseanderas de La Boca. La pasajera empuja a su marido. El borracho sube los escalones bamboleándose, alcanza a aferrarse a un poste. La mujer le deja una buena propina. Una sombra, expulsada de adentro del conventillo, se mete en el auto.
—Vamos al dock.
—Ya terminé mi turno.
—¿Qué pasa, fiera? —el chico le apoya el caño del revólver en la nuca. Walter pisa el acelerador a fondo, empuja su butaca para atrás aplastando al asaltante. El chico aprieta el gatillo dos veces. El arma no dispara. Avanza a toda velocidad zigzagueando por la calle luchando y gruñendo. El taxi se estrella contra una columna de alumbrado. Walter sale por el parabrisas. Queda tendido sobre el capot abollado. La cabeza sangra. El ladrón se escabulle. Media hora pasa hasta que un patrullero para junto al vehículo chocado.
La cara embadurnada de sangre seca expresa disgusto, los cortes, uno en la frente y otro debajo de la oreja, son dos cráteres coagulados. Walter se mira. Un joven de ambo verde se acerca y le toma el pulso al cuerpo. Un enfermero se arrima. El pulso está bastante bien, informa el médico. Luego le levanta el párpado, los ojos están vueltos para arriba, absortos en alturas inalcanzables.
—Llevémoslo a la sala de rayos a ver si tiene algo roto —el enfermero se coloca a la cabeza de la camilla, la empuja por el corredor, el joven médico lo acompaña. Walter vuela tras ellos. Entran a la sala de rayos.
—¿No hay radiólogo de guardia? –mira a un lado, al otro, al enfermero– Ramón, ¿dónde puede estar?
—Seguro, durmiendo.
—¿No me hacés el favor de ir a buscarlo? Necesitamos una placa del cráneo urgente —el enfermero va en busca del técnico. Walter sale a deambular por las salas. Una anciana marchita, de piel muy oscura, abre la boca todo lo que puede sacándole la lengua a una lámpara halógena. En la sala contigua un practicante ríe a carcajadas.
—Andá a ver a la vieja —susurra entre risas—. Le dije que la luz de esa lámpara le va a quitar el dolor de garganta –su compañero se desternilla de la risa. Walter ve pasar al enfermero con una mujer. Los sigue.
—¡Oh la lá! —exclama el médico cuando la ve— ¿Dónde te habías metido, diosa?
—Hace treinta y seis horas que estoy acá y me interrumpiste la primer siestita… espero que sea por algo importante.
—Este caballero tuvo un accidente y no se quiere despertar.
—Métanlo debajo de aquella máquina. Vamos a ver qué podemos hacer —el enfermero mete la camilla adentro de un aro de metal negro herrumbrado con apliques cromados ya gastados. La radióloga revuelve el interior de un armario hasta que consigue dos pequeñas placas—. Vamos a intentarlo. El material está vencido. Esperen afuera —el médico y el enfermero salen. La radióloga apaga la luz de la sala, se oculta atrás de una mampara y acciona un comando. Walter ve las partículas atravesar su cuerpo inerte y vibrar. Los rayos se detienen. La técnica enciende la luz y sale al pasillo.
—Listo, llévenlo a guardia. Cuando tenga las placas se las alcanzo —el enfermero conduce de nuevo el cuerpo inerte por el pasillo. Walter vuela tras él. Se cruzan con otra camilla. Walter ve a un chico, de un profundo corte en la garganta todavía mana sangre espesa.
—Ese ya se fue —comenta el médico. Walter reconoce a su atacante. Busca al otro yo del chico revoloteando por el lugar pero no lo ve. Vuelve junto a su cuerpo. Unos alaridos resuenan en el recinto de techos altísimos. Walter va a ver qué pasa.
—¿¡Cómo te metiste eso ahí adentro!? —gruñe una médica. El travesti, boca abajo, se retuerce y gime. Walter se espanta. Una sombra grande y espesa adosada por una especie de cordón umbilical al ombligo del travesti succiona una sustancia viscosa. Walter siente unos terribles espasmos. Detecta otra sombra adosada a la médica realizando la misma operación. Vuelve veloz junto a su cuerpo. El médico observa las placas.
—No tiene daños. Las cervicales un poco apretujadas nada más. Traé un inyectable, vamos a despertarlo —el enfermero va a la farmacia y el doctor vuelve a la sala principal de la guardia. Walter los ve alejarse. Los dos también cargan con las sombras que le succionan una sustancia desde el ombligo. Mira a su cuerpo. No tiene una sombra adosada. Un globo luminoso avanza hacia él. Un cuerpo se forma dentro de la burbuja, es el chico del sueño. Se reconoce, una versión ideal de sí mismo. La aparición lo mira en silencio. Se le acerca, en un instante están fusionados. Walter despierta y la esfera luminosa aún permanece visible para él. La esfera sale de la sala. Walter la sigue. Así guiado esquiva a médicos, enfermeros, policías y abandona el hospital. Camina hasta la costanera. El sol comienza a ascender por sobre las aguas del río. Su yo ideal ejecuta unos movimientos, una especie de baile. Walter escucha una música en su interior. La melodía lo remite a su infancia, a cuando era muy chico, campanas y vientos alegres que lo impelen a bailar. Baila y baila hasta que el sol se desprende del todo de la línea del horizonte. Paseantes, corredores y ciclistas lo miran.
—¡A seguir rodando, chicos! —los saluda.

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