Fragmento de Súcubo, primera parte de la Trilogía de la Antigua Serpiente. Autor: Nicolás Correa.

Tenía catorce años y, como si fuera hoy, se me hacen presentes las palabras que vi en el primero de todos los sueños tremendos que seguirían a aquel: Se alegrará usted de saber que ningún contratiempo perturbará el comienzo de una empresa que le inspirará funestos presagios. Me desperté exaltado, el sudor me corría por el pecho, tenía la espalda fría y completamente mojada. Miré por la ventana y encontré una luna llena que pegaba contra los techos de chapa y se desfiguraba en ese reflejo, también alumbró unas sombras que se formaron en la oscuridad y se deshicieron para aparecer de improviso en otro lugar. Lo primero que me pregunté fue qué era lo que estaba pasando afuera, por qué se me aparecían esas sombras y yo las seguía con la mirada, enajenado y persistente.

Tenía miedo. El sentimiento más humano de los hombres, y de los animales.

Miré la cama de abajo donde estaba mi hermano, que dormía, y por un segundo la paz alejó el temor pero cuando volví la vista afuera ahí seguían las sombras: ahora se hamacaban junto a un árbol que era sacudido por el viento. Caminé hasta el baño sin hacer ruido, abrí la puerta, que chilló y cuando prendí la luz buscando el espejo, sin esperarlo volvió el miedo, pero esta vez calándome la piel hasta los huesos, hasta hacerme olvidar quién era y qué había hecho para sentir algo así. Lo que vi esa noche en el espejo de mi casa fue un anuncio de lo que vendría: fuego, mucho fuego. El grito que salió de mis entrañas atrajo a mi papá, que empujó la puerta:

—¿Otra vez haciéndote la paja?

Al verme tirado sobre el inodoro se sorprendió, me pidió que saliera del baño y me durmiera. Mamá salió de la pieza, sentí que su mirada me seguía mientras subía a la cama y esperé que se acercara para preguntarme si estaba bien, pero no lo hizo: escuché que papá le decía que ya era un boludo grande para que estuviera atrás mío. No quise mirar afuera, ni tampoco dormir.

El ruido del viento silbando entre las chapas, los árboles, venía desde más allá del arroyo trayendo consigo un silbido agudo que se me presentaba terrible: deseaba que se callara y me dejara dormir, que finalizara ese sonido oscuro y se llevara las sombras y el fuego que había visto en el espejo.

El viento siguió empujando las cosas durante toda la noche.

 

Súcubo de Nicolás Correa. Editorial Wu Wei

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