La vi mutar. Fragmento del inicio de la novela de Natalia Rodríguez Simón

Mamá había limpiado toda su pieza y yo iba y me decía: “Salí, Vito, salí de acá, andá a jugar afuera”. Entonces agarré un autito de los que me había regalado el tío Sergio una vez que vino de visita, una única vez que vino desde muy lejos y discutió con mamá y terminamos todos llorando. Yo lloraba porque, si mamá lloraba, siempre me retaba por algo que al final no sabía qué era y yo le decía que no lo iba a hacer más. Hay cosas que no tengo que hacer más así mamá no llora. Le voy a preguntar al tío Sergio cuáles son, pero cuando lo vuelva a ver.

Me senté afuera, en el jardín de adelante, con mi autito y vi salir también a la vecina y le quise preguntar si quería jugar conmigo, pero no me animé. Ella entró de nuevo en su casa, capaz que para ponerse un vestido o para tomar la leche, y dejó la puerta abierta. Yo pensé qué tonta, así voy a poder meterme en su casa y mirá si la veo mientras se pone el vestido. Pero después pensé que podía ir a ver qué estaba haciendo mamá, si había terminado de limpiar su pieza, si había terminado de llorar, así le decía que no lo iba a hacer nunca más, y ella se quedaba tranquila.

Entré en casa caminando en voz bajita, fui hasta la habitación y vi que la puerta estaba medio cerrada. La abrí sin que ella me escuchara y la vi peinándose frente al espejo, haciéndose un flequillo con el resto del pelo. Yo no le veía la cara si no era por el espejo, y su cara del espejo era diferente de su cara de verdad. Una vez la abuela del Guille me dijo que los espejos reflejan el alma de las personas, y yo le contesté eso no existe y no sé por qué se lo dije, me parece que porque el Guille me miraba con cara de no le des bola, está loca. La abuela del Guille se rio mucho, con esa risa de las abuelas, y me dijo que, si no existe el alma, ¿cómo la compra el diablo? Y yo me quedé pensando… capaz que el diablo te dice que te compra el alma porque uno cree que existe, cuando en realidad no está comprando nada, solamente quiere que uno haga cosas malas y listo. A mí no me va a engañar, yo no le voy a vender algo que sé que no tengo. Y yo no hago cosas malas, salvo cuando mamá llora.

La cara de mamá, pero la cara del espejo, tenía un flequillo que le tapaba todo un ojo, y se lo seguía peinando, sacándose con el cepillo algunos pelos que terminaban en el piso que recién había limpiado, y que seguramente iba a limpiar de nuevo. Estuve mucho tiempo mirándola, sin que ella me viera, hasta que pegó un grito de esos de las películas de terror y yo pegué un salto de esos de los dibujitos de la tele, con tanta mala suerte que me di la frente contra el picaporte de la puerta y me puse a llorar, no porque me doliera la frente, que me sangraba: lloraba porque mi mamá del espejo gritaba como si estuviera poseída y ponía cara de monstruo y, si los espejos reflejan el alma de las personas, que no existe, eso significaba que mi mamá tenía metido un fantasma adentro.

 

La vi mutar de Natalia Rodriguez Simóm.

Editorial Wu Wei

ISBN 978-987-27068-6-9

Un espacio precioso/ preciso como la infancia, sus voces, sus texturas, se vuelven un entramado complejo, como una red de significados imposibles de ser narratividad. De alguna manera, es un espacio no espacio, cercado por la emotividad del mundo perdido. Un lugar inhóspito se vuelve historia, y Rodríguez Simón lo logra con una consolidada prosa y una particularidad de voces que permite entrar en aquél viejo relato. Doble movimiento: recobrar lo perdido y encontrar un punto donde lo narrativo entiende su propio peso. La vi mutar propone una búsqueda de lo perdido, una búsqueda de lo terrestre. El oficio del escritor se ve de pleno en la preponderancia de lo pequeño: las manos en la tierra para encontrar la raíz; la raíz, el nervio de la historia. El acierto: el mundo posible, el mundo perdido, se nos acerca en un ritual extraño. Los hilos de la historia aterran a sus personajes y aterran al lector. Logra el efecto: el miedo. Mérito no menor. Natalia Rodríguez Simón, a mi entender, es una de las pocas escritoras que produce miedo. Eso la vuelve de un valor incalculable para nuestra literatura actual.

Nicolás Correa

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