Crónica de la Otra Buenos Aires

El quilombo

La invité a seguir por esa calle, seguro de que nos llevaba al río. O el río se alejó, o la calle se desvió, nunca llegamos a la orilla. Nos internamos en un páramo, intimidados por la noche. Caminamos hasta el resplandor que emergía más allá, a decenas de metros, en la negrura. La boca de un túnel, cerrada por un portón metálico, nos aguardaba silente. Nos acercamos, meditando cada paso. Nos alcanzó el fragor de la actividad interior. Se abrió el portón, decenas de trabajadores salieron, ignorándonos. Altos, ceñudos, marchaban en uniforme desorden. No respondían nuestras preguntas. Subimos a una camioneta con ellos. En minutos estuvimos en la encrucijada de las calles céntricas donde habíamos comenzado el paseo. Bajamos de la camioneta con los trabajadores.  Amanecía.
—¿En dónde trabajan? —pregunté. Uno señaló los galpones. Inmensos tras la niebla, muchas tuberías y chimeneas. Eso no estaba ahí en la noche. Un policía reparó en nuestra extrañeza. Se nos acercó. Huimos a la carrera. Todo era y no era en esta Buenos Aires.
Llegamos a una escuela. La directora  controlaba el ingreso del alumnado. Entramos.
—¿A qué vienen? —nos interrogó.
—Hay quejas de algunos padres —se me ocurrió responder.
—Síganme.
Atravesamos un patio largo como un pasillo, unos chicos y chicas jugaban al futbol. Les arrebaté la pelota y me abalancé sobre ellos como cuando jugaba al rugby, desparramé chicos y chicas hasta llegar al final del patio, seguido por mi novia. Triunfal y a las carcajadas miré hacia atrás. La directora nos miraba con el rostro desencajado. Pateé la pelota bien alto y saltamos una tapia.
—El quilombo. Eso es lo que nos gusta —dije al caer. Mi novia no estuvo de acuerdo  Quedamos del lado de la calle, frente a un edificio vidriado. Nos arrimamos. Haciendo viseras con las manos espiamos adentro. En unos escritorios de vidrio, apoltronados en unos butacones de cuero de respaldo alto que remataban en volutas cornudas, unos señores muy bien vestidos, muy concentrados, armaban torres y castillos de naipes.  Uno ya estaba terminado su tarea. Se puso de pie, en sus labios comenzó a dibujar una sonrisa. Con movimientos veloces y una risa loca, deshizo su castillo. Los naipes volaron por el aire y él se arrellano muerto de risa en su butacón. Otro estaba por terminar con el suyo, concentrado. Cerca de él, un colega que estaba a mitad de su construcción, lo miraba. Cuando vio que estaba por colocar el último naipe, saltó como una fiera y derrumbó el castillo. Las risas parecían oírse hasta en la calle. Un efectivo de seguridad salió del edificio y nos chistó. Nos alejamos, rumbo a la avenida. Nos llegó el estrépito de unos petardos, bombos y trompetas. Unas columnas avanzaban con estandartes. Algunos con pecheras verdes, otras naranjas, otras con inscripciones, siglas estrafalarias. En las esquinas unos asadores ofrecían choripanes y patys. Algunos de los que marchaban bailaban, otros reían, otros cantaban
Olee, oleeee, oleeee, oleeeeeeeeeeee
Oleeeeeeeeeeeeeee, oleeeeeeeeeeeeee
—¿Ves? Nos encanta quilombo.
La voz
Unos furgones multicolores se desplegaron a un flanco de los marchantes. Levantaron unas antenas satelitales sobre los techos. De las compuertas laterales salieron unas personas, algunos con traje y corbata, otras con tailleurs entallados, todos seguidos por camarógrafos en camiseta y chaleco. Los manifestantes se agolparon frente a las cámaras. El frenesí aumentó. Unos manifestantes que no bailaban ni cantaban se abrieron paso, cerca de los furgones de los canales de televisión se ensamblaron formando un escenario. Al instante, un grupo de personas ocupó el tablado. Un canoso y corpulento, con varios kilos del mejor bife de chorizo asimilado, empuñó el altavoz:
¡Compañeeerooooooos!
La multitud rugió. Miré a mi novia.
–Si van a empezar con los discursos, mejor rajemos.
Nos sumamos a una columna de personas que esquivaban el acto, indiferentes. El estruendo de la manifestación nos acompañó por unas decenas de metros. Mi novia miró el reloj.
–Llego tarde al trabajo, bichito –me enchufó un piquito y se escabulló por una boca de subte.
Caminé entre los indiferentes. Algunos en corrillos decían: a este país le falta… Otros farfullaban: a este país le sobra…
Una voz en lo alto tronó: No saben lo que hacen…
Miré para todos lados. Nadie pareció escucharla. Miré al cielo. Una marcha de nubes rumbo al río remedaba la terrestre. Pero la mañana estaba por terminar y yo aún no había ido a trabajar. Corrí.
–Ya es tarde –tronó la voz en lo alto. Volví a levantar la mirada. No vi a nadie pero en mis oídos se deslizó el recitado:
Queja veloz,
reclamo instantáneo.
Falseando tempestades
Y huracanes
Cuando los vientos soplan,
Arrastrando despojos
Que se arremolinan
En rincones
Aparentando legitimidades,
Sustancialidad y honra.
En el ocaso de la razón,
En el colmo de la arbitrariedad,
Animan la danza enloquecida
Al son de los tambores
Que resisten
El albor de la individualidad.
Devoradores de imaginación,
Abrumando los sentidos
Ávidos de más percepción,
De ampliar la realidad
Desatinada y liberada
De los límites del tonal.
 
Cayendo al vacío atiborrado
 
Luego del recitado se hizo el silencio. El mutismo absoluto. El vacío acaparando el sentido auditivo. Mareado miré alrededor, ya no existía el entorno. No flotaba, caía. Me tapé la boca con las dos manos con la intención de impedir que se me salga todo por ahí.
Una risotada. Una de las mías, la borracha.
Reíte vos, reprendió otro sector de la mente.
Al descenso le siguió un planeo por sobre una superficie gris con relieves.
Un sonido grave reinauguró la audición, la vibración afinó en primer lugar al bajo vientre. Aumentó hasta devenir en explosión, entre dolorosa y placentera. Rayos cálidos iluminaron la superficie gris y la tiñeron. El relieve sobre el que planeaba cobró cierto significado: un desfile de formas. Entreveía símbolos y palabras, hasta nunca pronunciadas, se agolpaban en mi mente. El aura de una luz roja emergía en el horizonte reciente. La corriente me llevó hasta la luz que incrementaba su fulgor. Cinco construcciones se levantaban por sobre el relieve caprichoso.
Una columna enorme, más alta que toda construcción humana conocida, se levantaba en el centro, remataba en un domo. A su lado se alzaban dos torres de las que sobresalían dos torretas acabadas también cada una en una cúpula. Entre estas y la gran columna se levantaban otras dos columnas más con un domo en su cúspide cada una. El vuelo se detuvo ante las construcciones. El conjunto conformaba algo parecido a una gran cruz. La luz emanaba del líquido que caía de los domos y cúpulas, Un líquido rojo y espeso. Sangre.
Sangre que inundaba las formaciones del relieve y penetraba en la tierra gris y yerma.
Este es el espíritu –se alzó de nuevo la voz –. El espíritu de Gaia, que cobra más y más conciencia de sí misma y de su individualidad.
Volví a caer. El lodo sanguinolento me recibió y me tapó sofocándome.
Desperté sacudido por mi novia.
–¿Qué soñabas? Estabas gimiendo…
Desayunamos en un bar y me fui al trabajo, caminé aturdido hasta la boca del subte. Otra vez no andaba.
Un día más en Buenos Aires.
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