Fotos del alma de Adrián Omar Lerose

Ahora ya es tarde. Cualquier respuesta de cualquier religión no tendrá sentido. O todas ellas serán verdad si uno cree en sus dogmas. Entonces, para aquel que rece por sanar, si sana será por obra de su dios, y aquel que dance por lluvia, si sigue la sequía es porque su dios está furioso. Aunque las brujas no existan les está permitido volar, por más que no lo crea o no lo pueda probar; y hasta el día de hoy sigo enamorado de Alejandra, por más que no lo pueda demostrar y esta carta que no está escrita en papel, estas palabras que el fuego o el viento van a devorar, son para ella.

Estabamos en su cuarto, preparando el material de estudio ya que las clases del colegio habían empezado una semana antes. Todavía tenía la piel dorada por el sol, el pelo corto. Sus ojos oscuros brillaron cuando sacó una cámara de fotos y apuntó hacia mí. Siempre evité que me sacaran fotos, incluso faltaba el día que hacían las del colegio, con todos juntos en el patio mirando la nada. Pero ella me sonreía suplicante, era mi primera novia y no pude negarme.
–Era la última. Por fin te voy a poner en un cuadro –mientras el rollo se rebobinaba me extendió la cámara.
–El último beso de la noche –me despedí.

Siempre te amé Alejandra, aún después de estos años, con todo lo que pasó, sigo enamorado. No te abandoné, fue la foto, esa foto…

Al día siguiente, antes de ir al colegio, pasé por el laboratorio, dejé el rollo y seguí mi camino. Ya en la clase de geografía empecé a sentir ahogo y encierro, y me asusté cuando al cerrar los ojos un instante me pareció ver la playa soleada, el mar quieto y las olas que no llegaban nunca a la orilla, el calor del sol; abrí los ojos y la clase seguía. Era una sensación extraña. Como recuerdos helados en mi memoria, podía recorrer los detalles del micro en el que viajamos con Alejandra, pero por más esfuerzos que hacía, no podía ver más que la nuca del conductor, la sonrisa de ella, sus ojos. Terminó geografía pero no mis mareos ni las alucinaciones. Y otra vez juntos, en bicicleta. Esa tarde había llovido tanto que terminamos empapados.
Pedí permiso para volver a casa. Quería dormir un rato porque el cuerpo me dolía como si lo estuvieran estirando en un potro de tortura. Sudaba a pesar del frío, tenía el cuerpo pegajoso y cada vez que cerraba los ojos alguna imagen extraña se mezclaba entre las calles y el ruido de los autos. Por un momento hasta me pareció ver a la familia de Alejandra cenando, a ese grupo de gitanas que nos echó una maldición en la playa cuando les sacamos una foto. Y a Chicho, ese gato gordo y atorrante que le regalé a Alejandra un año atrás. ¿Quién dijo que los gatos no son fieles?.
La explicación, la única que me parecía lógica: una pesadilla, un mal sueño. Quise despertar, pero no pude. Aún hoy quiero despertar pero sé que no voy a poder, que eso es sólo un sueño.

Pasaron semanas hasta que Alejandra retiró las fotos del laboratorio y cuando me vio dejó escapar unas lágrimas mientras me enmarcaba. Puso el porta retrato en su escritorio y se quedó mirándome con la vista perdida, en silencio, hasta que entró la mamá.
–Alejandra…
–¿Sí?
–Hablé con los padres de Julio. Acabo de cortar. Todavía no se sabe nada, pero tienen fe, mucha fe.
Alejandra rompió en un llanto suave y amargo y yo grité con alma y vida, grité como nunca, pero era como si un cristal ahogase mis gritos, encerrado en una isla enmarcada.

El tiempo fue pasando más lento que nunca. Solo me enteraba de algunas cosas cuando ella entraba a su cuarto con alguna compañera de la facultad y se ponían a hablar. No me importaba si eran tonterías, me gustaba escuchar su voz. Cada tanto, Chicho se recostaba junto a mí y escuchaba mis lamentos con paciencia. Pero una tarde apareció el cerdo de Francisco. Ni bien lo vi desconfié de ese gordito. Generalmente hablaban de la facultad. Todo como si fuese importante. Arquitectos. Piola el gordito. Esperó meses para empezar su trabajo. Miró mi foto, la movió y volvió sus ojos a ella.
¡No toqués!
–Ale, pasó mucho tiempo ya. Diría que demasiado. No podés seguir así.
–¿Así cómo?
¡Eso!, ¿Cómo?
–Como si fueses una viuda a los veintiún años. Tendrías que salir, ir al cine, o a bailar, no sé, tomar un poco de aire nuevo. Todos estamos tratando de ayudarte, pero vos deberías cooperar un poco, aunque sea sin ganas, no importa.
–Francisco, no es tan fácil. Julio y yo no rompimos, desapareció. Nadie sabe nada y se hace tan difícil que a veces me parece que solo existió en mi mente.
–Ya sé, ya sé… Dejame que te ayude, por favor…
¡Pero qué gordo hijo de puta!
– … Y por más que no aparezca nunca, sabés que Julio está muerto. Disculpá si soy duro, pero es necesario. Aunque duela, la vida sigue. Yo voy a estar siempre a tu lado.
Cuando empezó a acariciarle el pelo para consolarla mi furia hizo explosión. Le di patadas a todo, grite, insulté y hasta recé llorando a los gritos y de rodillas.
–¿Qué es ese ruido?
–Debe ser tu panza. Es hora de comer. ¿Vamos?
¡Ojalá te atragantes, gordo hijo de…!
Pero salieron y nos dejaron solos a Chicho y a mí entre un montón de libros que además me tapaban la visual. Estaba derrotado. Mi único amigo dio un largo maullido y cerró los ojos en meditación. Con el tiempo ella se fue alejando y me acostumbré a verla dormir y despertar cada mañana. Imaginaba que por las noches soñaba conmigo y hasta prestaba atención a lo que estudiaba. Hasta acepté que esa iba a ser mi vida, pero una noche, todo pareció de fiesta. Claro, los putos libros no me dejaban mucho espacio y me limité a escuchar a la mamá de Alejandra.
–El té para la novia…
¿Novia, qué novia?
–Mamá, por favor.
–Bueno, es una broma. Me gusta Kico, es un buen chico.
–Francisco, mamá. No le gusta que le digan Kico.
¡Ya sabía, ese gordo es un hijo de puta!
–Se preocupa tanto por vos, es tan compañero. Estoy muy contenta.
–Si, es tan bueno.
Claro, al boludo de la foto lo parta un rayo.
–¿Lo querés?
–Y, sí.
–Casate, no seas tonta.
–¡Mamá! Estamos saliendo hace menos de dos meses.
¡Dos meses!
–Ya sé, pero lo conocés hace tanto. Además, los padres están en buena posición, y eso hoy es muy importante. Yo creo que él tiene razón, son jóvenes, él termina la facultad este año.
Señora no me cague así. Chicho, ¿oíste?
Pero se pusieron a cuchichear y Chicho no dijo ni miau. A pesar que le di un trompazo al cristal, que volví a rezar a los gritos, nada.

Se casaron. Esa fue una noche fría y solitaria e iba a ser la primera. Chicho se recostó a mi lado y nos quedamos solos.
–Sabés Chicho, tengo miedo. Cuando la fiesta termine y ella no esté más… Hoy fue la última vez que la vi. Van a meter todo en un cajón y yo encerrado como un idiota sin poder hacer nada. Muerto en vida. Mirá si me meten con otros… ¡con la abuela! No eso no es para mí.
Chicho resopló y hasta pareció reírse. Me contagió. Tanto que durante un rato reí hasta las lágrimas. Después de un silencio nos miramos directo a los ojos.
–Es invierno Chicho.
Chicho tomó el cuadro entre sus dientes y fue hasta el comedor donde la estufa a leña crepitaba y las brazas rojas teñían las paredes de sombras y fantasmas. Mientras nos acercábamos a las llamas le dije:
–Cuando vuelvan, vos esperá al cerdo, vos esperalo, y en el momento justo, vos sabés, en ese momento le arrancás las bolas con las uñas.

Y Chicho sonrió.

Adrián Omar Lerose. Buenos Aires, 1962.
Cineasta, programador y escritor.

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