Las Flores de Piedra, un cuento de Adrián Omar Lerose

1

Nací y viví en la terraza. Era el único lugar de la casa que se nos permitía ver; jamás tuvimos acceso al interior. Acerca de la amable mano que nos alimentaba – la misma desde que tengo memoria – me reservo el emitir juicio alguno. Simplemente me puedo referir a algunos estados de ánimo que me producía el hecho de ser alimentado desinteresadamente; no niego haber sentido rencor hacia esa generosidad, pero siempre que surgían estos pensamientos era después de comer, con el estómago lleno, y con tiempo para pensar.
Todo esto podía hablarlo nada más que con Miguelito, ya que los otros preferían no pensar, más por comodidad que por juicio previo, y se limitaban a mirarme con intriga frente a mis inquietudes. Después ni me miraban, resoplaban al verme. A veces respondían con un si, o con un no y terminaba la charla. Jamás les escuché un tal vez. Para colmo Miguelito no me aportaba ninguna solución, sino que por el contrario sumaba nuevos interrogantes que me confundían más y la angustia los hacía por momentos desalentadores.
– ¿Por qué nos dan de comer? – repitió mi pregunta – ¿porqué nos dejan vivir tranquilos a nosotros, a nuestros hijos…? Hay ciertas preguntas que no tienen respuesta; no existen las preguntas. Hay cosas cuyo único sentido es el de ser tal cual son.
– Esa es una posición derrotista. Me niego a aceptar que no exista la esperanza.
– No entendiste. Ni siquiera escuchaste lo que te dije.
Tenía razón. Y ahora sé que no lo voy a entender jamás. Llegué a una conclusión: había que esperar algún acontecimiento que cambiase nuestra forma de ver la vida, que nos impulsase a pensar, a crecer aunque no quisiéramos; pero cuando ese acontecimiento se produjo no me alegré por profeta. Me aboqué junto a los demás a buscar una salida a nuestra penosa situación: ya no nos daban de comer.

Surgieron varias opiniones al respecto, de todos los grupos. Los más viejos tenían una posición más conservadora, especulando con una absurda vuelta a la normalidad en un plazo relativamente corto (no se ponían de acuerdo con los tiempos, algunos hablaban de hasta meses), pero las suposiciones carecían de fundamentos lógicos. Los más chiquitos se limitaban a lloriquear por el hambre que se avecinaba, creando momentos de verdadera histeria colectiva, por lo que se optó por volverlos a la cama para poder discutir normalmente. Ya más calmados se decidió realizar una asamblea general por la noche junto al fuentón.
– Estoy seguro, repito, seguro de que todo esto es transitorio, una falsa alarma producto de la histeria. No tenemos porqué preocuparnos.
Me quedé en silencio, esperando.
– ¿Con eso se supone que nos quedemos de brazos cruzados esperando?. Queda comida para dos días sólo para los chicos, ¿y nosotros qué? ¿Y cuando se termine todo, qué?
Se hizo silencio durante diez segundos, roto por Don Bravo.
– Somos muchos… somos muchos. Eso es lo que pasa.
– ¡Pero por favor! ¿A quién se le ocurre hablar ahora del control de la natalidad? No diga boludeces.
– ¡Callate! – advirtieron a Floppy sin llegar a tiempo.
Don Chicho, después de abrir los ojos indignado se levantó y caminó lentamente hasta el fuentón.
– Tranquilo Chicho, no nos vayamos a las manos.
– No, si no le voy a pegar – caminaba lentamente hacia Floppy mientras miraba a Don Chicho. Floppy empezó a ponerse tenso, a la defensiva -… simplemente le quiero recordar que la comida se acaba irremediablemente, que a los chiquitos los dejamos durmiendo con hambre y que Tasha está preñada de nuevo…
– Buena puta, ¿no?.
– Si… – dijo Chicho sonriendo mientras apoyaba la mano en la cabeza de Floppy -… ¡Pero te la cogiste vos, hijo de remil putas!
Ahí mismo empezó una batalla campal como en los mejores tiempos del viejo que no duró más de tres minutos, suficiente para nadie saliera ileso. Floppy corría alocadamente perseguido por Don Chicho. Alguien, aprovechando la confusión reinante, le dio una fuerte patada al Negrito; El Gordito empezó a aprovecharse de Mónica, al mismo tiempo que Miguelito se trenzaba a trompada limpia con La Princesa. Don Chicho seguía corriendo inútilmente detrás de Floppy, seguido por Don Bravo que trataba de apaciguar los ánimos. Una vez restablecida la calma y después de algunas bromas acerca de la dificultosa carrera de Don Chicho, volvimos pacíficamente a nuestra asamblea; y fue Floppy, a quien yo creía el menos inteligente y el más cobarde, quien propuso aquel giro tan esperado por mí.
– Entremos a la casa.

Todos nos dimos vuelta para mirar la puerta que daba al interior de la casa. Una puerta gigantesca, metálica y celeste.
– Es enorme, no vamos a poder.
Mi posición parecía derrotista y hasta contradictoria, pero es que a simple vista era tan grande, tan pesada e imposible de abrir que no pensé que era la única puerta que había visto en mi vida.
– ¿Qué posibilidades tenemos? – preguntó Don Bravo.
– Ninguna.
– ¡Un momento!. Analicemos las posibles alternativas…
– Sos muy optimista Negrito.
– ¿Querés seguir cagándote de hambre?
– Tiene razón.
– O nos quedamos en la terraza esperando algún cambio o a ese cambio lo vamos a buscar nosotros mismos – nos sorprendió La Princesa, ya que había demostrado una clara inclinación hacia la estupidez ni bien nació.
– ¿Qué pasa si la puerta está cerrada?
– Por el techo. – contestó Floppy sin mirar quién preguntaba.
– Es muy peligroso. Acordate lo que le pasó a Paula.
– ¿Qué le pasó a Paula?
Si La Princesa mostraba inclinaciones a la estupidez, con Mónica no quedaban dudas. Sospecho que por eso El Gordito estaba tan enamorado.
– Supongamos que está abierta, ¿cómo se supone que vamos a entornarla?.
– ¿No suponemos que está abierta?
Mientras El Negrito le explicaba a La Princesa la diferencia entre abrir y entornar Floppy dio la solución.
– Hagamos así. Uno se pone al pié de la puerta y otro, vos por ejemplo – y me señaló con los ojos – saltás y te colgás del fierro de arriba y así comprobamos si está abierta o cerrada.
– ¿Cómo sabemos si se abre?
– Yo empujo, boludo.
No solo me comí el insulto de Floppy, sino la bronca de las decisiones arbitrarias de la asamblea. Se acordó formar un cuerpo expedicionario con dos de nosotros. Uno era Floppy, por ser el autor intelectual, y yo por haberme puesto de ejemplo. Cuando me lo comunicaron despotriqué por la elección inconsulta de los miembros del cuerpo, negué el hecho de no haberme opuesto a Floppy cuando me puso como ejemplo, que no me habían consultado ni se había dejado a los demás miembros de la asamblea exponer otras ideas que podían ser igual de interesantes. Nada. La decisión estaba tomada. Me fui a dormir entre gruñidos y malas palabras. A la mañana siguiente, al despertarme solo, me asusté. Había soñado con monstruos de todo tipo, tamaño y color, me dolía la cabeza y tardé en levantarme. Cerca de mí estaba Tasha, más bonita que de costumbre a pesar de la panza.
– ¿No te da miedo ser expedicionario?
– Algo.
– Igual es bueno salir de aquí; el miedo no deja de ser una buena señal.
Caminó hasta uno de los chiquitines y apoyó suavemente la mejilla en la frente del dormilón.
– Ojalá algún día también se vaya.
Terminé de levantarme y me asomé por entre las columnas de cemento. Arriba, en la tierra y entre los pastos, Don Chicho trataba de evacuar como todas las mañanas: con dificultad. Floppy le hacía cosquillas en el trasero con una ramita. Don Chicho gruñía enojado, o por lo menos lo aparentaba. Siempre supuse que era idea de Don Bravo, que se escondía detrás de una pila de ramas y se reía sin disimulo. La voz de Miguelito me trajo de nuevo a la realidad.
– ¿Qué hacés, expedicionario?
– No jodás, que me duele la cabeza.
– Bueno… se te dio.
Le expliqué lo desafortunado de la elección, apresurada y sin preparativos concretos. Uno a uno fue destrozando mis argumentos.
– El Negrito siempre fue de buen ojo para los cálculos. Está preparando las maderas y tomando las distancias con la puerta.
– ¿ Se oye algo del otro lado?
– No. Mónica está preparando las provisiones.
– ¿Porqué tan rápido?
– Mirá… – resopló – escaparte de aquí te dije que mucho sentido no tiene, pero si lo que te está pasando ahora es que te vas a escapar de tus ideas es para mandarte por los techos a patadas en el culo.
– Che, ¡qué carácter!.
– Pensá. Si lo que te tiene atado a esta terraza es no saber con qué te vas a encontrar afuera, es esa incertidumbre la que te tiene que obligar a salir. Elegí.
Por la tarde Floppy y yo nos despedimos del resto de la pandilla. Recuerdo el abrazo de Miguelito.
– Acordate, no busques respuestas absurdas.
– Me niego a ser derrotista.
– Es la única manera de parecer feliz y, quién sabe, de serlo.
Pegué el salto más alto de mi vida, la fuerza que jamás había usado. Me colgué del fierro viejo y oxidado en la mitad de la puerta y caí viendo el rostro sonriente de Floppy. La puerta estaba abierta y aunque la oscuridad nos envolvió casi al instante de ingresar, seguimos caminando lentamente hacia el interior. Me di vuelta, y a mis espaldas, vi a mis compañeros por última vez.

2

Pronto nos acostumbramos a la penumbra y pudimos visualizar los elementos que nos rodeaban. El techo que tapaba la luz parecía inexplicable, pero más lo era aún el vidrio en la pared que dejaba entrar al día de costado. La luz era poca, pero llegamos a ver extraños elementos con formas cilíndricas, rectangulares, círculos con inscripciones; todo parecía gobernado por una locura matemático-geométrica. Floppy empezó a hacerse preguntas en voz alta acerca de lo que veíamos y él solo se contestaba.
– No hay que buscar respuestas por ahora.
Estaba por darle la razón cuando fuimos atrapados. El término puede no ser exacto; podría usar secuestrados o sorbidos, pero me sentí atrapado. Fue una enorme fuerza magnética que nos levantó en el aire y mientras nos presionaba las costillas, nos juntó en el aire hasta estrellarnos y casi en segundos caímos en una oscuridad aterradora. El miedo no nos permitía movimientos, pero así y todo deduje que estábamos dentro de un cubo o algo parecido. El pánico empezó cuando ese cubo se zarandeó de un lado a otro en forma caprichosa e irracional. Mi primer instinto fue asesinar a Floppy, pero llegué a la sana conclusión de que no lograría nada matándolo. Más tarde me arrepentiría de no haberlo hecho.
Traté de elaborar una teoría acerca de nuestro itinerario, pero las ideas no me parecieron lógicas, ya que la más razonable era que aquellas manos de desinteresada generosidad habían decidido castigarnos por nuestra haraganería trasladándonos por el espacio-tiempo hacia un lejano lugar del sistema, pero ni esa idea logró tranquilizarme, y me limité a llorar espamentosamente como Floppy durante todo el “traslado”.

Despertamos en el galpón. Así lo llamé, porque era como la terraza, pero con menos luz; no se veía el cielo, no se sentía el viento y la lluvia sólo se escuchaba. La terraza parecía uno solo de mis pelos al lado del galpón y lo primero que hicimos Floppy y yo fue iniciar un minucioso reconocimiento en busca de respuestas para los miles de interrogantes que se presentaban (en realidad lo primero que hicimos fue correr demencialmente y a los gritos hacia cualquier parte; el reconocimiento lo hicimos después).
Al principio buscamos la salida. Floppy insistía en que la terraza no podía estar muy lejos, arriba. Porqué arriba, no sé, pero no me parecía descabellado. Por otro lado, no se me ocurría dónde podía estar la condenada terraza, que dicho sea de paso no me hubiera agradado encontrar, pero igual acompañé a Floppy haciendo mis propias observaciones. Estábamos rodeados de extrañas formas compuestas de los más raros elementos; montañas de metal en forma cónica, maderas apiladas formando enormes rectángulos, cilindros mucho más grandes que los del cuarto inmediato a la terraza, casi invisibles. La búsqueda de una salida se hizo infructuosa; estábamos con hambre y cansados y cuando nos tranquilizamos, el sueño nos sorprendió entre dos montículos de arena. Por la mañana nos despertó Carolina.

De belleza agresiva, pelo largo y negro, muy delgada. Lo que más me impresionó de ella era esa habilidad para mover la cola.
– De reconocimiento…
– Si, Floppy y yo nos turnamos para encontrar la salida.
– Una salida. ¿Para qué?.
Nos miramos unos instantes esperando que el otro responda.
– Bueno… sería difícil de explicar… son motivos expansionistas.
– ¿Buscan espacio?
– No; comida.
– Aquí siempre hay comida. Aparece. ¿Y una salida a dónde?
– A la terraza nena.
– Entonces querés volver. No entiendo.
Floppy empezó con sus incoherencias de costumbre, alegando una fraternidad inquebrantable y su profunda desesperanza ante la adversidad que aquejaba a los nuestros. Por mi parte intenté explicar que las preguntas que me atormentaban no tenían respuesta en la terraza, apareciendo como un egoísta frente al hambre de los míos. Cuando le explicaba los porqué y para qué, me movía de un lado a otro como si eso ayudase en algo a mi explicación. Floppy fue a buscar unos trozos de carne donde le había indicado Carolina mientras ella trataba de ayudarme con mis interrogantes entre risas y miradas brillantes. No pude entender una frase entera de lo que quiso decirme. No hay cosa que odie más que los que cuentan algo entre risas. Cuando llegó Floppy trató de explicarle lo mismo, pero se reía más fuerte y Floppy se tentó. Yo seguí sin entender y tuve unos sinceros deseos de ahorcarla, pero miré sus pechos, su pelo enredado al viento, sus piernas, su cola. Me enamoré.
Pasaron los días, y mis sentimientos se dividían entre Carolina y la salida tan buscada. Un día caminamos juntos, ella por comida, yo, por algún indicio fuera de contexto y hablamos de las extrañas formas geométricas que reinaban por todos lados. La mayoría tenían sospechosas similitudes con las del cuarto inmediato a la terraza. Floppy ya no buscaba una salida, sino que poco a poco se acomodaba a las nuevas circunstancias, lo que Carolina aprobaba.
– No puedo dejar de buscar un cambio, una salida. Ya sé que la paz de un buen lugar no tiene precio, que es caro tener la panza tranquila, que a medianoche, una caricia no se siente, se sueña como un fuego en invierno, que hasta una pelea es una sonrisa con los años y los ojos de un nuevo ser nos asoman al futuro. Pero si pudiera vencer esta angustia que me mueve, entonces sería mi derrota. Tengo que convencer a los demás de que hay una salida.
– ¿Y qué si los demás te demuestran lo contrario?
– ¿Con razonamientos?
Se sonrió.
– Las cosas de la vida son lindas, no terribles. Parece que sufrieras respirar todos los días. A veces el aire es tan puro que me acuerdo que respiro y lo hago más fuerte; ¿quién sabe las formas que pueda tener la puerta que buscás?
A medida que las charlas se hacían frecuentes mi amor por Carolina se convertía en una historia de final incierto. Solo conmigo se convertía en cuerpo y mente, en enigma. Floppy parecía lejos, ocupado en encontrar los elementos para un mejor confort diario. Había algo de complicidad en él, un amigo que jamás imaginé, los celos necesarios para atraparme sin que ella tuviera que salir a buscar una respuesta que no precisaba. Casi caigo en la trampa del galpón, ofreciendo todo menos respuestas; Dios sabe que son peores que las preguntas. Carolina me alejaba cada día más de la salida, y Floppy de ella. Cuando los vi haciendo el amor mis pies se clavaron en el suelo torturándome con las imágenes de una historia que creí mía.
Desaparecieron mis interrogantes y mi salida, y si hubiese sido viento y lluvia hubiera desaparecido tan rápido como una tormenta. Mi cuerpo elevó tanto su temperatura que el fuego quemaba mis pensamientos. Corrí hasta pasar los límites que conocía. Cuando el sudor calmó mi furia me senté en un escalón casi de mi altura, y a mis espaldas, la escalera más grande que vi en mi vida. Tenía la fuerza que me permitió escalarla, pero no para pensar con qué podía encontrarme allí. Una abertura donde en algún momento pudo haber una puerta como la de la terraza me condujo al techo y la atravesé sin medir las consecuencias de un nuevo traslado; poco me importaba el futuro. Me detuve en el borde de un agujero cuadrado. La luz del sol se filtraba hasta el pié de la escalera formando un cuadrado de luz. Al levantar la vista comprobé que los límites estaban tan lejos como la puerta de metal celeste (un monstruo que ya recordaba con cariño), y no pude olvidar la forma rectangular de la terraza, los rayos del sol verticales y en caída, la fuente circular para la comida, de piedra y con flores de adorno, la lluvia de líneas rectas dibujadas con regla, el techo y su peligro, allí donde con Don Chicho encontramos a Josy desgarrada y rodeada de dos críos que la buscaban llorando. Mi querida Josy. Lloré fuerte y con ganas durante un buen rato. Después respiré profundo y antes que pudiera soltar el aire, alguien me tocó la espalda. Me di vuelta asustado.

3

Era la nena más bonita que había conocido en mucho tiempo, de pelo largo y amarillo, con ojos color de invierno.
– Es la primera vez que te veo.
– Llegué recién. – Contesté mirando su cuerpo poco a poco. Era muy nena.
– ¿Te gusta acá?
– ¿De dónde sacás tu comida?
– No sé… aparece.
– Alguien la pone donde la encontramos, alguien que nos odia tanto como para que no nos preocupemos en pensar cómo encontrarla. – Me miró sin entender ni una palabra, pero ni yo sabía qué intentaba decir. Solo sentí que la asustaba con mis frases, y eso me excitó. Hablé de un Dios geométrico, gobernante con manos de álgebra y furia semirrecta, de la misericordia como un viento que sopla cuando no lo sentimos, la protección de un silencio de muchos que nos callan sin juicio, y retrocedió asustada. Cuando me incorporé posé mi vista en sus pechos que apenas asomaban con crecer. – Aquella mano que nos alimenta sin importarle si algún día falta uno a su festín de migajas. Todo son formas. ¡Cilindros! – dije tomando mi sexo que ella miraba con lágrimas- ¡conos! – y posé mi mano en su pecho. Lloraba casi en silencio y mis palabras se perdían en una fresca brisa que agitaba su pelo. – ¡Un Dios loco de geometría irrefutable! – y tomé su sexo con mi mano libre.

Cuando llegué Floppy dormía. Carolina, discretamente lejos de él, me observaba comer unos trozos de carne. Por unos instantes recorrí su figura, su pelo enmarañado, sus ojos de mentira, y bajé la vista. Traté de pensar en cualquier cosa, pero no sentía ni siquiera angustia, así que me limité a seguir comiendo. Silenciosamente se incorporó hasta quedar a mi lado.
– ¿Te sentís bien?
– Sí.
Detesto los silencios en una conversación. Son como miles de palabras con mensajes confusos. Susurrando, hablamos de las cosas del día, y era obvio que quería saber dónde había estado. Mi mirada evasiva adolecía de sutileza. Nunca supe mentir.
– ¿Qué pensás?
Levanté la vista intrigado y recorrí nuevamente su cuerpo.
– En el amor.
Floppy se dio vuelta y tanteó el suelo hasta quedar dormido de nuevo. El silencio se hizo mi cómplice, y ella bajó la vista.
– ¿Y qué es el amor?
Diagramé una pequeña pausa.
– Es algo tan oscuro como el cuarto inmediato a la terraza, y tan chato como el suelo que pisamos todos los días.

Pasó poco tiempo y ya estaba cansado de compartir mis momentos con Floppy. Cada vez que a Carolina se le antojaba alguna locura él la complacía; solo un par de veces me pidió algo a mí y mis palabras no fueron del todo amigables (ellas saben entender mejor), por lo que nuestro diálogo quedó sujeto a sucesos diarios de inevitable comentario. “Si”, “no”, eran mis respuestas más frecuentes; pocas veces un “tal vez”. Por otro lado la estupidez de Floppy acrecentaba mis deseos de asesinarlo, y no creía tener derecho a hacerlo, así que mis pensamientos se reducían a resolver este conflicto interno, pero todos los caminos me llevaban de vuelta a la terraza, y me negaba a volver. Empecé unas sanas caminatas con la intención de encontrar la puerta de metal celeste. Ellos no pusieron objeciones, y era obvio; se quedaban acomodando lo que ya tomaba forma de casilla, cueva o lo que sea. Llegué nuevamente a la escalera que subía al techo, y en el tercer escalón, la niña. Cerca de ella, sobre la pared había unas molduras con formas de flores, rotas. Ella jugaba con una margarita de piedra caliza. Levantó los ojos un instante y sonrió avergonzada. Me acerqué suavemente y acaricié su pelo hasta la cintura. No pude dejar de sentir culpa, y un calor extraño recorrió mi cuerpo. Frases y palabras se repetían en mi mente. Una historia en versos que se escribían en el aire y se perdían con el tiempo, una pintura en la piedra para ver sin ojos, una escultura con formas confusas que se enredaban con su pelo largo, parecía una figura hecha de barro y la luz azul moldeaba su cuerpo. La sentí como un tiempo dormido, esperando el sol ya desde el ocaso. No emitíamos sonidos, pero las palabras en sus ojos eran las mías, y sentí la geometría. Todo se escribía tan fácil como se olvidaba, y aunque perdiera algo valioso, me alegré. Recordé la puerta de metal celeste, los montículos de arena, a Josy, incluso a Carolina. Abracé a la nena sin culpas ni vergüenza, sus manos recorrieron mi rostro, y por primera vez en mi vida hice el amor… sabiendo que jamás iba a salir de aquel lugar.

Adrián Omar Lerose (1962, Argentina).
Escritor, cineasta, programador.

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