Dos poetas entran a un bar y dicen…

Conocí a un tipo que inventaba palabras
y luego las juntaba en una especie de sopa monstruosa
a la que solía llamar poesía.
Vivía junto a otro tipo
que acostumbraba robar frases armadas
de los almanaques de las panaderías y almacenes
y publicarlas como propias.
Ambos se hacían llamar artistas
y afirmaban saber del amor.
De sus trampas de tierra.
De sus misterios…
Un día,
uno de ellos,
no recuerdo si el primero o el segundo
(lo mismo da),
cansado tal vez de tanta confusión,
abrió las perillas del gas,
escribió algo en el espejo del baño
(con un rouge que hubo encontrado en la calle)
y mientras el departamento se llenaba de veneno
se acostó a dormir.
Horas más tarde
su compañero llegó de su trabajo de mozo
y encendió la luz…
Pero nada ocurrió.
No hubo estallido ni fuego fatuo.
No hubo llamarada de veinte metros de altura.
No hubo siquiera chispa.
Y corrió a cerrar la llave de paso.
Luego abrió las ventanas y encendió el ventilador de techo.
Destapó una cerveza.
Entonces, por fin,
fue a ver a su compañero…
Pero nada había ocurrido.
El tipo roncaba como un oso del infierno.
Soñando, quizás.
Y esa noche hubo una fuerte discusión.
Las paredes temblaron.
La vecina de arriba repiqueteó sus tacos en clara desaprobación.
El vecino de al lado golpeó la pared tres veces…
Y bajaron a la calle
y doblaron a la derecha,
luego a la izquierda y otra vez a la derecha.
Se metieron en un bar.
Pidieron dos cervezas.
Luego dos más.
Y comenzaron a debatir sobre el amor.
Sobre sus trampas de tierra.
Sobre sus misterios…
Entonces,
regresaron al departamento
(atiborrados de un nuevo saber)
y en un acto casi compulsivo
comenzaron a escribir.
A escribir y escribir.
Y sus palabras surgieron como bocanadas feroces.
Como un salto hacia el vacío.
Como el bramido de la noche en guerra…
Pero nada ocurrió.
No hubo estallido ni fuego fatuo.
No hubo llamarada de veinte metros de altura.
No hubo siquiera chispa.
A lo sumo
una resaca demoledora
y la tibia somnolencia
de quien tiene mucho tiempo libre.
De quien sabe que al final
siempre habrá alguien que les palmee el hombro
y un público curiosamente dispuesto.

Diego Herrera.
Escritor, director de Ediciones Croupier.
Foto de Amelia Delfino

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