La película de los ´80: BRAZIL.

Única, original, subversiva, inclasificable, imaginativa, satírica, son adjetivos que le quedan como anillo al dedo a la obra maestra de Terry Gilliam, Brazil (Brazil, 1985), mezcla de ciencia ficción, futuro distópico y comedia negra.

Según relataba el director, la idea de la película le vino de la siguiente forma “Brazil empezó cuando estando sentado en una playa de Gales, en Port Talbot, la cual era una ciudad de acero. Ellos traen el carbón de los barcos en esas grandes cintas transportadoras. Así que la playa es negra. Está cubierta con polvo de carbón. Era un día triste y horrible y tuve esa imagen de un tipo solitario sentado en esa playa con la radio puesta y de repente suena esa música que el nunca a escuchado antes (no hay música como esa en su mundo) está allí. Y eso le haría creer que hay un otro mundo allí fuera, un mundo mejor. Y esa era la América de los años 40. Nosotros siempre estábamos yendo al sur, a Río y crecí en ese tiempo de sueños. Y parecía que el mundo de los sueños estaba en algún lugar de Sudamérica, donde todo sería perfecto.”

Partiendo de esa imagen el ex-Monty Python comenzó a escribir el guión ayudado por Charles Alverson, coguionista de Gilliam en La bestia del reino (1977), su primera película en solitario. Aunque Alverson cobró por su trabajó, no fue acreditado por el mismo. Más tarde se sumaron Tom Stoppard (Shakespeare in Love) y Charles McKeown (El imaginario del Doctor Parnassus) para terminar de construir el guión, el cual conoció varios títulos como, “1984 ½” (un homenaje no solo a la novela de George Orwell si no también a Federico Fellini), “The ministry” o “How i learned to live with the system… so far” hasta dar con el definitivo Brazil.

La película se estrenó en el invierno de 1986 en Argentina. Para esa época yo era un muchachito punk que vivía de noche, casi no veía el sol por entonces, tampoco hay escenas soleadas en el film, encima hay ciertas partes (como secuestros y censura) que recordaban mucho al gobierno militar reciente. Buenos Aires vivía su destape, pero aún se respiraba cierta opresión y los falcones (unidades no identificables) todavía rodaban en las noches. El hecho es que la primera vez que la vi fue una experiencia devastadora. Mas que verla la absorbí, fascinado por la grandiosidad de la propuesta, pero de todos modos la opresión y la angustia que provoca la historia, esa noche me dejó con el ánimo por el piso. Volví a la sala una semana más tarde, sólo para comprobar que estaba ante una de esas películas que nunca iba a  olvidar en mi vida.

La idea de Gilliam para el arte del film era tomar elementos de diferentes épocas y ponerlos todos juntos, edificios de los años 20, vehículos de los 50, posters de propaganda similares a los de la Segunda Guerra Mundial, televisión que emite películas de cine clásico, vestuario que abarca varias décadas de mitad de siglo y alta tecnología que parece diseñada en la década de los 50. Todo esto crea la sensación de un mundo futuro asentado en el pasado. Y es imposible no ver la influencia que esa estética tuvo en films posteriores como en los Batman de Tim Burton, el Dark city de Proyas, The Hudsucker Proxy de los hermanos Coen o las películas que Jeunet y Caro realizaron juntos. Estos últimos fueron los que definieron (acertadamente) el estilo de la película como retrofuturismo.

Brazil siempre será recordada como la gran obra de Terry Gilliam, un reflejo de todos sus intereses, miedos, ideas, obsesiones y sobre todo, la más clara demostración de su estilo visual. Cada plano de la película guarda en si mismo una idea, un estilo propio, un algo que lo hace especial y lo diferencia del resto. Hasta podría decir que en ciertos aspectos se adelanta a su tiempo o al tiempo particular de la Argentina, como las secuencias en la que aparece la madre de San Lowry (protagonista de la historia impecablemente interpretado por Jonathan Pryce), una señora mayor adinerada, indiferente a la existencia de su hijo  y adicta a las cirugías estéticas.

El papel de Sam Lowry fue escrito con Jonathan Pryce en mente muchos años antes de que la película fuera filmada. En el guión original el personaje era un hombre a punto de entrar en la treintena, pero antes de realizarse la película el guión se reescribió para adaptarse a la edad de Pryce que por aquel entonces tenía 37 años.

Es fácil recurrir a la comparación con “1984”, pero la película tiene su propio estilo y universo particular. Gilliam coge lo que más odia de la humanidad y lo usa para crear la que es posiblemente la mejor película distópica que se haya realizado. La deshumanización de la sociedad moderna por causa de la burocracia y la tecnología, la obsesión por la cirugía estética, la perdida de libertad por causa del gobierno, el terrorismo como arma política, todos esos temas conviven en la película y también otras muchas ideas que van más allá del guión (como la progresiva confusión entre sueño y realidad de la que hace gala la película).

Pero a parte de todo eso, es además una película sobre el amor, sobre uno imposible, puede que “love not conquers all”, pero es lo que hace despertar al protagonista de su letargo moral (cfr. la frialdad con la que se comporta cuando conoce a la viuda de Buttle en su apartamento) y lo que le lleva a cuestionarse el mundo que le rodea. Pero en el mundo de Brazil no hay lugar para los finales felices, cuando Sam es rescatado al final de la película y huye con Jill, no es posible que lo que estamos viendo sea real, la irrupción de Lint y Helpmann en pantalla nos despierta de ese sueño idílico en el que estábamos sumergidos con una bofetada, todo ha sido un falso happy end. Sam como ese Ícaro que viene a representar en sus sueños, vuela demasiado cerca del sol y termina perdiendo sus alas, su verdadero destino es quedarse en una silla sólo con su locura, una canción que tararear y el mundo de los sueños como única forma de escape. Ese es uno de los finales más lucidos que se hayan creado. Ese es el mundo de Brazil.

 

Fuente: peliculasdeculto.blogspot.com.ar

 

 

 

 

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