Tormenta temporal. Un relato de Adrián Omar Lerose

Siempre fui tímido a pesar de ser “alto y buen mozo”, como decía mi abuelo Giuseppe. Me  costaba integrarme en un grupo hasta que descubrí que las conversaciones insípidas, aburridas e intrascendentes eran el mejor remedio para que me aceptaran, y no mostrar mis sentimientos, ni mucho menos mis miedos. Pero hay uno, un miedo, que jamás voy a superar: Alejandra.

 

Yo tenía entonces veintidós años y una de las tantas contradicciones en mi vida era que estaba estudiando sociología, justo yo. Ya era grande para estar solo, y realmente quería socializar más allá de las reuniones de trabajos prácticos, de los saludos fríos o de la biblioteca apenas salpicada de alumnos, algunos peores que yo. Observé que curiosamente, las conversaciones más irrelevantes arrancaban las sonrisas y el coqueteo de las chicas y el humor las miradas más sugestivas. La distancia que yo ponía en esas reuniones había generado un mundo de suposiciones que incluían desde dudas acerca de mi orientación sexual hasta mi equilibrio emocional. Un tal Ricardo suponía que yo un día podía entrar en la biblioteca y matar a todos a tiros, confidencia de Doña María Inés, la bibliotecaria.

-La idea no es tan mala… puedo empezar por el gordito Ricardo… – Y por un segundo esa señora seria y estricta se rió con ganas.

Es inevitable que se formen grupos humanos afines y este nuevo año que empezaba no creí que fuera a ser distinto de los otros dos, y como la materia era una novedad seguramente el aula se llenaría de nuevos especímenes: algún engreído de anteojos, el payaso de turno, el macho alfa, la linda… siempre hubo una linda, pero nunca una como Alejandra.

 

Alejandra era una de esas bellezas que me distrae. De cuerpo muy menudo, mucho más baja que yo, pelo negro y largo y piel muy blanca. Me gustaba mirarla sentada en primera fila, entre las hileras de bancos llenos de alumnos atentos a la clase, y un día, mientras mis ojos estaban clavados en su rostro, sus ojos me encontraron; se ruborizó, se acomodó los anteojos, y me miró de reojo hasta que terminó la clase y antes de ponernos de pié, el profesor, lista en mano, armó varios grupos para el primer trabajo práctico, y a medida que nos nombraba nos decía qué numero de grupo éramos y cuál tema nos tocaba. Así supe que ella se llamaba Alejandra, y que nuestro grupo era el número 2 y que la magia de imaginar cómo era iba a terminar esa misma tarde, en el barcito de la facultad. Nos sentamos en la misma mesa, uno frente al otro y el resto del grupo hizo las formales presentaciones y el mozo tomaba los pedidos. Éramos seis y el parloteo no tardó en llenar el ambiente y me descubrí mirándola pensando decir algo que no fuera estúpido. Ella parecía nerviosa, y tomaba crush de a sorbitos. No se me ocurría nada inteligente que decir y entonces Alejandra prendió un cigarrillo, echó el humo en mi cara y mirándome fijo a los ojos me habló por primera vez:

-Me gustan los rubios.

Yo soy morocho, de piel mate y ojos marrones y no soy millonario. En ese entonces pensaba que los millonarios eran todos rubios. Mi rostro estaba serio. Tomé su paquete de cigarrillos Gitanes y encendí uno.

-A mí me da igual.

Y ella sonrió, y yo me enamoré.

Vivíamos peleando por pavadas, reconciliándonos con chocolates, creo que por miedo, cautela o pánico atroz al desengaño, pero también algo me decía tenía que alejarme de ella pero a pesar que todo mi ser me decía no lo hagas, un día, en la plaza frente a la facultad, en medio de una llovizna molesta, y verla con un piloto grande y ridículo, no pude evitar sentarme a su lado, hacerle bromas hasta ver sus enormes ojos brillando entre las gotas que caían sobre su frente, y la besé.

 

Ahora  ya sé que hoy es hoy y no ayer o el año que viene. Si hoy es martes, mañana será miércoles, estoy seguro, pero me acerco, ya viejo y ayudado por un bastón a esa plaza, a ese banco. Recuerdo ese día.

Volví  a casa ya tarde y apenas comí me fui a dormir con chuchos de frío. Soñé que mi cuerpo se estiraba hasta que el dolor lo hacía achicarse y se contraía y se secaba hasta sentir mis huesos quebradizos. Me costaba abrir los ojos, pero podía recordar que una vez, muchos años atrás, había tenido una fiebre fuerte. Me levanté y vi a mi padre sin canas, junto a mi mamá que traía una taza de té y a mi abuelo Giuseppe, un viejito italiano que había muerto tres años antes, parado junto a la cama. Me levanté y lo abracé llorando como un chico, así de mucho lo quería y pensé que nunca iba a poder repetir ese abrazo. Me sentía bien, joven y fuerte y me acercó la ropa para que me vistiese.

-Vamos que te acompaño a la escuela.- me dijo

Yo no iba a perder la oportunidad de estar con él todo lo posible, y al rato estábamos tomando una de esas enormes tazas de café con leche, y me contaba anécdotas de los barcos en los que había navegado, y los puertos y las putas… y me despidió con un beso pinchándome las mejillas. Entré al patio de la escuela y Miguel me mostró unos petardos con cara de pícaro y volvió a esconderlos en un bolsillo del saco.

-Hoy es y mi cumple- me dijo en un susurro.

Y caí en la cuenta que estaba en el último año de la primaria. Ese día casi lo echan a Miguel, y reviví esa travesura como si fuera un chico otra vez. Así de confundido estaba, porque en el espejo del baño, y antes de que estallen los petardos, vi la misma imagen que yo reflejaba a los doce años. Corrí asustado hasta el aula, tal como lo había hecho tantos años atrás. A pesar del revuelo por las explosiones, la clase de historia siguió igual y la prueba sorpresa ya no fue tan sorpresa, y mi nota, mucho mejor nota. Volví a casa y disfruté de mi abuelo, y caminamos toda la tarde, buscando discos de óperas, mirando ferreterías, y hasta un puesto de revistas viejas en el parque. Por la noche, en la cena mi papá contaba sus planes para las vacaciones, siempre en la costa, y antes de las diez de la noche me mandaron a dormir. Para mí todo era un sueño hermoso y no quería despertar, pero me despedí de mi abuelo acariciándole el rostro tal como hacía mi mamá.

– Don Giuseppe… – le repetí sonriente y él me dio su último beso.

Al día siguiente desperté en mi último año de la secundaria. El timbre sonaba como solo Miguel sabía hacerlo para fastidiarme, y corrimos para llegar al último partido del campeonato intercolegial.

-Un solo gol y quedamos afuera…

-Tranquilo que ganamos tres a cero.

-Qué sabrás vos, ni dónde están los arcos sabés… pata dura…

-Pata dura… no lo escuchaba desde…

Y me detuve, porque después de todo, la emoción de gritar desde las gradas junto a mis compañeros valía mi silencio, mis dudas. Sabía el final del partido, los goles, la alegría de clasificar y fijé mis ojos en José Luís, que saltaba alegre festejando la victoria sin saber del accidente que le esperaba. Yo apenas le hablaba, no éramos amigos, pero sentí pena, mucha pena.

Así eran mis días. Hoy en la secundaria, después una maña en vacaciones con mis primos, recuerdo haber sido viejo, muy viejo y estar solo en un salón, rodeado de ancianos decrépitos. Pero un día, no me pregunten cuándo, era soldado. Al principio estaba fastidiado. Otra vez el uniforme, el armamento de 25 kilos, las guardias. Pero al ver a Gallardo y torpeza caminado desgarbado, fusil y escoba, todo junto, barriendo el patio de armas en castigo, empecé a revivir esas historias con nostalgia. Escuchaba a mis compañeros de guardia y pensaba: ¿seguiré soñando, o estoy saltando del pasado al futuro como en un experimento científico de alguien que quiere probar mi memoria? No, no era eso. Gallardo entró corriendo pálido como el mármol.

-Vilte se cagó muriendo…

Y repetía el mensaje pasando de soldado a soldado como si fuésemos postas. Eso nunca había pasado. Vilte y su mal humor nos persiguieron durante todo el año de servicio militar…

Me dirigí hasta mi casillero y dejé el armamento y sin que nadie me detenga hice algo que jamás había hecho: me fui del cuartel y caminé las 15 cuadras que me separaban de la casa de Alejandra. No quería dejar pasar ni un minuto, no quería dormirme y despertar siendo un bebé.

-No quiero esperar… – decía en voz alta.

Toqué timbre con miedo, y en segundos abrió la puerta Fito, el hermanito insoportable, mirándome con intriga.

-¿Está Alejandra?

Mientras Fito gritaba como chimpancé se asomó la mamá de Alejandra, siempre elegante, y me miraba con intriga. Alejandra bajó las escaleras sonriente, vestida con un jumper de colegio gris y de falda corta.

-¿No nos vas a decir quién es?

-El es Julio. Te estaba esperando.

 

 

2

 

Las cosas cambiaron para nosotros, y cómo. Tuve que acostumbrarme a buscarla si despertaba solo, a representar la comedia de creer que ese día era el presente, que yo era profesor de historia en un secundario, de los vecinos que nos saludaban como de toda la vida  o poner cara de que los conocía o entendía qué era lo que me contaban, o de estar solo sin saber qué había pasado. Una mañana, muy temprano nos despertó el teléfono. Atendió Alejandra, y rápida de reflejos y con algunas evasivas nos enteramos que nos pasaban a buscar para una boda.

-¿Quién se casa?

-Una tal Marcela.

-¿Y esa quién es?

-Ni idea. Tuve una compañera del colegio… – siguió vistiéndose mientras yo encontré un traje que por suerte me quedaba.

Ya estábamos listos cuando sonó el timbre y caminó hermosa como tantas veces, se dio vuelta y me sonrió sin dejar de avanzar hacia el auto. Corrió hasta una chica y la abrazó entre grititos de felicidad y besitos en la mejilla y en todo el viaje hasta la fiesta charló con su amiga sacando nombres y enterándose de millones de chismes. Estaba feliz y yo desconcertado. Sus amigas decían que yo la miraba embobado, como un adolescente. A mitad de la noche se acercó un gordo, pelado y algo alegre. Me abrazó con el cariño de un viejo amigo.

-Julio… Julito…

-Qué hacés, viejo, ¿cómo andás tanto tiempo?

-No hagas bromas con eso… pobre Gallardo.

Busqué frases cortas y neutras, como “bueno, qué se le va a hacer” y “la vida sigue” pero la que más me sirvió fue “¿y se sabe algo más?”,  que rindió sus frutos, porque me enteré que Gallardo y Vilte habían tenido un negocio juntos y que Gallardo había muerto un par de días atrás. “Pobre Vilte, con lo que lo quería”,  “que está destrozado”, y lo dejé en medio de sus lamentaciones sin recordar su nombre.

-¿Y quién es Vilte?

-Fue sargento cuando yo estaba en el servicio militar. Pero murió, murió en un accidente hace mucho… ahora está vivo. Otra vez.

-¿Era amigo tuyo?

-No, era un hijo de puta. No lo quería nadie, y menos Gallardo.

 

Pero esa noche no quería que la fiesta terminase, y bailamos, comimos y reímos como pocas veces. Alejandra  brillaba. Sus amigas, la mayoría de la escuela, ya casadas y con hijos, cuchicheaban y ella se reía con ganas mientras yo la miraba entre toda esa gente desconocida. Volvimos abrazados, acurrucados  en el auto de no sé quién. Fue una noche hermosa.

Un día, solo en mi cuarto, en una cama chica y sucia, rodeado por unos pocos libros, me incorporé con dificultad. Me dolía todo el cuerpo y me ayudé con un bastón. Salí a caminar y llegué a la placita de la facultad en medio de una molesta llovizna. En el banco, nadie; y me volví. Fue una semana difícil, con vecinos que me creían loco y ermitaño, y empezaba a cansarme esto de no saber si hoy es hoy o mañana o ayer. Tenía que encontrar una salida y eso, a Alejandra, no le gustó nada.

-Vos querés irte, querés volver… – me gritó mientras atravesaba la reja del colegio.

-A la realidad sí, claro… claro que quiero. Tuvimos hijos – y me miró sin moverse – y durante una semana me preguntaban porqué no volvías, dónde estabas…

Hizo una pausa.

-Mi realidad está aquí. Es más real que cualquiera. Somos nosotros. El resto está hoy y mañana desaparecen. – Se sacó el guardapolvo del colegio con furia y empezó a caminar hacia su casa.

-Eso me desespera. No quiero sentirme preso del tiempo.

-No es el tiempo lo que te apresa. – Dio media vuelta y se fue caminando con la tal Marcela, la que se iba a casar con no sé quién

Yo también di media vuelta y caminé ofuscado, sin recordar muy bien dónde quedaba mi casa. Entré a una librería y me pude a curiosear entre los libros, para matar el tiempo, si se me permite la expresión, y fue en un libro de poemas que encontré una posible salida.

Yo soy un sueño, un imposible,

vano fantasma de niebla y luz.

Soy incorpórea, soy intangible,

no puedo amarte.

¡Oh ven, ven tú!

 

Ese poema me abrió los ojos, supe qué tenía que hacer para no soportar más ver a mi abuelo, una y otra vez sin poder evitar su muerte, a ver gente que se supone que quería y no sentir nada, a estar solo. Tenía que ponerle un punto, y empecé a planificar la muerte de Alejandra.

 

Llegué a casa y ella estaba en mi cuarto, sin hablar, callada y seria me vio cómo yo quemaba uno a uno nuestros recuerdos. Primero las fotos, las más lindas, las cartas, los regalos, todo. Una sensación de claridad me iba invadiendo y ella me tomó de las manos. Solo se escuchaba el crepitar de nuestros recuerdos ardiendo en el cesto.

-Te quiero – me dijo.

Abrí los ojos y estaba solo, como aquel viejo del cuarto maloliente; abrí la ventana y sin ninguna piedad, salté al vacío.

 

3

 

Miguel me arrastró al barcito de la facultad y café de por medio y entre el humo y los gritos, me señaló un grupo de chicas que según él eran una cofradía cerrada, y que no podía dejar de suspirar por una rubia que me señaló, estaba sentada junto a una columna. A su lado, Alejandra reía, fumaba y charlaba con sus amigas con un libro de poemas al lado que reconocí enseguida. No me miró, y nunca supe si me recordaba.

Eso fue hace años, mucho años.

Ya estoy un poco viejo, solo y malhumorado. Pero cada vez que el día esta feo, con llovizna, camino hasta la plaza de la facultad y ahí está ella, hermosa, cubierta con ese piloto ridículo, sola, la carita mojada y los ojos sonrientes y esperándome.

Es hora de que le pierda el miedo.

 

Adrián Omar Lerose.

Argentina

Escritor y cineasta.

 

 

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