ALDO 1982 de M G Paier. Capítulo 1

Domingo 28 de marzo

 

–Aldo…

Un susurro, un hilo de voz proveniente de allá lejos o acaso el zócalo, me inquietó. Dos segundos de incertidumbre durante los cuales mi deforme intimidad terminó de sacudirse. Y tres golpes de vista para comprobar que sólo me encontraba acompañado de un par de molestas mosquitas, un Tata Dios algo corrido de su coto de caza y mi mano. De a poco, cada letra de aquel murmullo se fue haciendo así de chiquita, hasta que dejó de rebotar contra paredes y artefactos, y el baño volvió a poblarse de silencios cerámicos.

Ese fue el comienzo, no recuerdo otro momento previo a éste. Sé que puede resultar absurdo. Pero no hay motivos para pensar de otra manera, no en estas circunstancias. Es la verdad. Lo juro. Déjenme continuar, no quiero perder el hilo de los sucesos.

Reacomodé mi atribulada existencia sobre la añosa porcelana, y recorrí los cuerpos de las mujeres echadas a mis pies. Gracias Missy, gracias Patti, Gracias Denise. Gracias chicas por este buen momento, pensé. Pero era tiempo de aplacar el arrebato al cual me había entregado buscando distraer un irrefrenable dolor de muela. La excusa, bah. Tanteé, casi a ciegas, entre el material disponible y seleccioné Iceberg, una novela que ojeaba siempre a la misma altura de la resaca. Me relajaba leyendo cómo hacía el héroe para zafar de morir a manos de un villano tan ambiguo como pérfido, y tan ambicioso que pretendía hacerse nada menos que de Bolivia. El autor era un yanqui atrevido, o entendía muy poco de geopolítica, pero menos de mujeres, aunque no fuera yo precisamente el más calificado para hacer semejante apreciación… “llevaba puesto un vestido rojo de lana que se adhería a su figura de reloj de arena moldeada con precisión, y del vestido salían dos piernas muy bien torneadas. No era exactamente hermosa en el sentido exótico…” ¿Hermosa en el sentido exótico? ¿Sería esquimal? ¿Así de chiquita era la literatura de bolsillo? Y eso que en su página dos advertía que en esa edición no se había omitido ni una sola palabra del original. En todo caso no encontraba estímulo en las palabras afectadas utilizadas por el traductor o el traductor era el afectado. Avancé un par de párrafos… “un metro setenta y dos de altura, sesenta y cinco kilos, noventa y nueve de caderas, unos asombrosos sesenta y cinco centímetros de cintura, y el busto, probablemente un corpiño número treinta y seis… En total, una figura que debería estar en la página central de ‘Playboy’…” Eso estaba mucho mejor. Miré a Patti que me sonreía desde el triple desplegable, y esos labios insinuantes entreabiertos que invitaban a dejarse llevar hacia aquellos más virtuosos, disimulados bajo la fronda púbica y delicadamente cubiertos por su mano renacentista. No se te compara Patti.

Caí a sus pies, pero lejos de dejarme llevar una vez más, busqué entre papeles de procedencia variopinta una hoja de calco berreta y un lápiz, y me sosegué copiando su entrepierna. Dibujé la forma de su pubis. Un exótico triángulo deseo, hubiera escrito el autor de la novela. No, pensé, los triángulos no tienen curvas por más que lo desee. Y a este tampoco le cerraba el vértice. Ya no. Puede que algún tipo de paraboloide hiperbólico. Patti era perfecta, a pesar que ya no le cerrara el vértice o gracias a ello. De modo que estaba frente a un perfecto paraboloide hiperbólico.

Ya repuesto y en pie, comencé a dar vueltas por el baño así como estaba, zapatillas en chancleta, mi sempiterna remera John Player Special negra para la ocasión y el amigo silente preguntándose si iba a seguir torturándolo toda la noche. Era un cuarto tan amplio que podría haber realizado una partusa para ocho o diez personas, como aluciné en ocasión de mi decimoctavo cumpleaños. Pero en mi vida nunca había habido Pattis, apenas un par de primas interesantes entre otras quince fuleras, que de todas formas no estaban tan buenas como para que soslayase el vínculo. Y ese aniversario particularmente lóbrego, se lo robó mi viejo discutiendo con un tío entrerriano acerca de porteños y provincianos. Y a la cuarta botella de torrontés ya estaban a la mesa López, Lavalle, Quiroga, Paz y un par de fenicios mamados y desorientados. Que éste era un federal vago y mal entretenido y el tuyo un salvaje unitario. Ni siquiera se pusieron de acuerdo respecto de cuál era el arma más efectiva a la hora de batirse en duelo. Mientras mi tío, con las venas de la cara rojo punzó se inclinaba por un arma blanca, mi viejo lo hubiera pasado al otro mundo a los cohetazos y al grito de: ¡Qué viva el doctor! Aunque no esa noche, ni con ese pulso, pero de todas formas, gracias papi, siempre voy a recordarlo como uno de esos grandes hitos que tanto me empequeñecían.

El espejo del baño me devolvió la misma expresión idiota de entonces. Me acerqué más al botiquín de tres cuerpos, y examiné mi rostro imberbe en proyección Monge, de frente, vista lateral izquierda y vista lateral derecha, en busca de alguna huella indeleble de aquella noche. Pero sólo estaban allí mis incorpóreos tres pelos tiene mi barba de fin de semana, que me recordaban que seguía siendo el mismo Fofito a medio hacer de siempre. Una suerte de moderno hombre paleo-cristiano que prefería los claroscuros de su ermita enlozada a salir a robar las chispitas de los ojos de las vestales. O a mojarle la oreja a Dios. O a los bárbaros que habían comprado la franquicia a los yonis. O por qué no, haber mandado a la mierda a papá aquella noche. Eso hubiera estado mucho mejor, aunque para esto tenía una pequeña chance de revancha en una semana, cuando cumpliera los veinte. Veinte años, cinco mundiales, algo así como diez mil pajas, teniendo en cuenta mis fabulosos últimos seis de dedicación y asistencia perfecta. ¿Qué cumpliría primero, los veinte o las diez mil? Me recosté una vez más sobre el piso de granito reconstituido, en una suerte de rincón de las ánimas que se formaba entre el bidé y el inodoro, junto al libro, el lápiz, el calco y las Playboy ajadas, como todo manual de autoayuda. Un poco más allá, una guía de calles de la Capital y el Gran Buenos Aires en la cual elaboraba complejos recorridos de lugares conocidos y a conocer con líneas continuas y punteadas, respectivamente, más una vieja Enciclopedia Life de tapa dura sobre los insectos, para enriquecer mi bagaje de datos inútiles y el Clarín del domingo que en su tapa informaba, como si nada, que la Junta Militar movilizaba tropas por el acto de la cgt al tiempo que negociaba con Londres la superación del conflicto en las Islas del Sur y por las dudas apilaba jinetas en los cuarteles. Tipos con ganas de hacer turismo verde. Verde kaki. Y seguramente será su año. No el mío. Porque salvo que la Academia salga campeón o se salve del descenso, nada importa.

Así es la cosa.

Pertenezco a una casta maldita de desclasados a la cual un par de gatos con botas nunca dejaron jugar en Primera. No pibe, no. Hacíamos banco mientras afuera, en el no–lugar, se jugaba el segundo tiempo de un partido sólo apto para tipos dispuestos a bancarse la parada a corchazos. Fulbito. Hurgué detrás del bidet en busca de mi bolita de chicle favorita. La despegué y le di algo de forma. Tirado en el piso, me puse a jugar un partido con los dedos, ensayando sobre las baldosas una jugada que esa tarde, sin dudas, hubiera desnivelado el anodino Racing-Vélez. Avancé en diagonal con los dedos de mi mano derecha apilando rivales que le salían al paso y encaré hacia un arco cuyos postes eran una taza de café con leche frío y a medio tomar, y el regatón que servía como tope para la puerta. Eludí al torpe arquero hecho de dedos izquierdos y desde un ángulo muy cerrado le pegué con el índice –un zurdazo, Carrasco, siempre Carrasco– convirtiendo un verdadero golazo de fantasía. Mi pelota de chicle favorita fue a parar justo detrás del pie del lavatorio, desde donde asomaba el sobresaltado Tata Dios. Movió su cabeza triangular como lo hacen habitualmente estos bichos bienaventurados y me espetó:

–Gracias a Dios, por un momento pensé que el pelotazo iba a destrozar mis antenitas de vinil.

Lejos de sorprenderme frente a semejante absurdo, me perdí en él. Era muy loco, había un tipo ahí muy parecido a mí, sólo que de aspecto monstruoso. El contacto con el bicho, más que una sensación palpable, era como un ensueño, algo propio de la calentura. Ni siquiera estaba seguro de que se desarrollara en tiempo real. Los objetos que me rodeaban comenzaron a alejarse. En ocasiones, cuando me ponía nervioso tenía visión de túnel, y decía que veía lejos y eso solía divertir a las personas, especialmente a Beatriz, la única persona en el mundo que me ponía atención. Pero entonces fue distinto, sentía que iba encogiéndome. Me reduje hasta la proporción de mis dedos. El Tata Dios desafiante, empujó la bolita de chicle hasta mí. Sin pensarlo me puse a hacer jueguito con la pelota de fantasía y olor rancio a tutti-frutti. La sentía algo pesada, pero mis piernas tenían la fuerza que le daba el impulso de un hombre mil veces más grande, de modo que la voleé y fue a parar sin dificultad hasta la mitad del baño. Corrí hacia la pelotita masticable como un dibujito animado japonés que avanzaba con ese gesto angustiado propio del animé, y con las rayitas de velocidad a los costados incluidas. A medio camino entre la pelota y el bicho, un recuerdo me detuvo. Cuando era chico alucinaba que el baño era un estadio de fútbol donde realizaba eternos partidos con equipos imaginarios, mezclando jugadores reales con amigos del barrio contra gente que odiaba.

–¿Hay algo que le preocupe? –me preguntó, mientras se acercaba amenazante.

–Fuera de su aspecto monstruoso, el exceso de traslado de pelota en los dibus japoneses.

–El problema de los nipones es que reducen el fútbol a un deporte de simples velocistas y acróbatas, y así les va –comentó de manera magistral–. Y no se deje engañar por mi talante –retrajo esos bracitos llenos de zarpas infernales a modo de guardia–, sólo soy un medio para llegar hasta usted.

–Podría haberse corporizado en un bicho menos amenazante.

–Bicho no, Mantis religiosa, y probablemente no lo sepa, pero soy un artrópodo del tipo confianzudo. Y no soy él, sino ella.

–Debería vestirme entonces…

–Está bien, es… una buena remera.

–Tenga en cuenta la fama que la precede –le dije a propósito de esa ancestral costumbre de comerse al macho durante o después del apareamiento. Maldije mi conocimiento enciclopédico y me contenté cuando recordé ese viejo truco que invariablemente los paraliza–. Tata Dios, Tata Dios, ¿dónde está Dios? –la bicha, lejos de levantar la vista al cielo, se quedó mirándome con todos sus ojos al mismo tiempo– Creí que un Tata Dios siempre miraba a Dios.

–Es lo que hago en este momento –su respuesta me inquietó–. Y no se avergüence de su aspecto, porque en mi planeta casi todos lucen como usted… pero por favor, permítame continuar, ignoro cuánto tiempo más puede durar este estado de gracia, hace mucho, mucho tiempo que queríamos llegar hasta usted.

–No se han esforzado mucho, anduve siempre por acá…

–No es sencillo cuando se vive, mejor dicho se sobrevive sumido en un profundo inconsciente colectivo y el tiempo transcurre buscando respuestas a preguntas elementales.

–La fe no se discute…

–Es verdad mi señor, me disculpo por aquellos apóstatas que soslayaron nuestras creencias sosteniendo que en nuestro mundo todo es azaroso, caótico y sin sentido, simplemente porque no hay Dios, pero créame que nuestra esperanza fue la que finalmente nos ha permitido encontrarlo.

–¿Por qué yo?

–Aldo, siempre creímos en usted, aunque hemos llegado a pensar que se había olvidado de nosotros. Fue entonces que empezamos a ensayar nuevos caminos. Fallamos mucho, pero con permanentes exámenes de conciencia e intentando darle respuesta a ciertas dudas existenciales, llegamos a la conclusión que si hay diversas realidades debía haber una realidad absoluta, y que alguien debería conocerla y que entonces ese alguien debería ser Dios. Y nos aferramos a esa única realidad absoluta…

–Yo no soy esa persona.

–Sí, usted es nuestro Dios creador.

–Lo que ustedes buscaban era hacerle frente a sus miedos y por ello crearon un ser superior, una ilusión o un héroe.

–Me confunde mi señor, ¿yo soy un concepto, o usted es idea nuestra?

–Lo suyo es más bien un pedido desesperado.

–…

–Su necesidad de darle sentido a sus vidas los trajo hasta mí.

–…

–¿Quién dijo eso?

–Usted mi señor.

–Pero yo no soy su Dios, ni siquiera llego a comprender cómo lo hicieron…

–Encontramos la respuesta a nuestras invocaciones en esa nebulosa química que toma cuerpo y se perfecciona tras un Santo Estímulo, usted sabe…

–No, no lo sé.

–Imagínese.

–Ah –exclamé, al tiempo que sacudía mi mano ensayando una puñeta–, una suerte de Encuentro Cercano del Tercer Vicio.

–Perdóneme que no pueda disfrutar de sus ironías, mi señor, pero necesitamos que actúe con celeridad, de otra forma nuestro planeta, su planeta, está condenado.

–Mi planeta, es absurdo, ni siquiera me gustó El Principito.

–¿En El Principito estaba La Palabra?

–No tengo idea y no importa, en todo caso usted debe ser una suerte de Moisés…

–Acá no hay nadie con ese nombre y a decir verdad con excepción del que habita el lado oscuro, por acá todos nos llamamos Aldo –negué con la cabeza y cerré los ojos, pero al abrirlos, el bicho seguía ahí–. Nuestro planeta, mi señor, es impulsado contra el fondo de un universo finito, hecho a medida de las limitaciones de un niño. El impulso nos hace vagar por el espacio, sin rumbo, lo cual nos hace dar, invariablemente contra el fondo del universo. El carácter elástico de nuestro planeta hace posible que pueda resistir el impacto, pero no describe ninguna órbita ni gira alrededor de ningún eje de modo que recibe el impacto de manera aleatoria. Con el tiempo aprendimos a anticiparlo, generando migraciones hacia lugares considerados seguros. Pero en esta ocasión el golpe se producirá en el ángulo del fondo del universo, lo que implica un doble impacto en muy poco tiempo, que hace imposible desplazarnos hacia un lugar seguro. Estamos apretados por el lado oscuro. Necesitamos que corra el muro. Que estire su universo. O acabe con El Oculto.

–Necesito volver un poco atrás y comprender, yo soy su creador, pero usted me dice que la otra mitad del mundo está habitada por…

–Esperábamos esa respuesta de usted mi señor, algunos de nosotros presentimos que está habitada por la Nada. La nada cada día va haciéndose de el todo, y cada vez somos más y tenemos menos espacio.

–Ese es otro cuento de niños…

–Nuestro mundo fue creado por un niño curioso y a la vez algo medroso…

–¿Quién es El Oculto?

–Sólo usted es capaz de responder esa pregunta, sólo usted es capaz de luchar contra ese poder que determina nuestras vidas.

–No soy un luchador consecuente.

–Va a tener que serlo. Acabar con la nada o el Oculto, esa es la lucha, y aunque de sus palabras no se desprende una línea de esperanza, con conocimiento y perseverancia, confío que pueda liberarnos, pero le advierto que sólo le queda una semana para salvar su mundo…

–No puedo, en una semana es mi cumpleaños.

–Precisamente es el día del Juicio Final, ¿no recuerda que a los nueve tenía miedo de morir antes de cumplir los diez?

–Ese era el miedo a los dos dígitos, como pasa con la inflación.

–Cuando los cumplió y siguió con vida, decidió no preocuparse hasta los veinte. Llegó el tiempo de librar esa batalla.

–¿Batalla, contra quién?

–Contra usted mismo.

–Mi vida está bien así.

–Necesitamos una revolución.

–No es una buena época para encararlas.

–Es ahora o nunca.

–Usted no sabe cómo está la cosa por acá.

–No importa lo que haya sido su vida, sino lo que va a ser a partir de ahora. Sea consecuente con sus anhelos. Haga lo correcto.

–En eso estaba cuando apareció.

–Los problemas de nuestro mundo no deben ser abordados con un estado de espíritu ordinario sino con el cuerpo entero.

–Siempre deliré con cosas sin sentido, y ahora usted pretende que me apegue a ellas, de ninguna manera.

–Es tiempo de cuestionarlas.

–¡Acaba de pedirme una revolución!

–Cuestionar sus propias concepciones revolucionarias es mucho más difícil que apegarse a ellas. Cuando se cuestionan sinceramente las propias concepciones ya ni siquiera se es revolucionario, uno mismo se convierte en la revolución. La revolución viva y silenciosa.

–Vi demasiadas repeticiones de Kung Fu, debí mirar más pelis de Woody Allen.

–Probablemente, aún así usted tuvo la voluntad para crearnos.

–Nunca he pensado de esa manera.

–Se equivoca, hubo un tiempo en el cual usted empezaba a interesarse por cuestiones más profundas, de otra forma yo jamás hubiera existido. Soy de aquellos nacidos de una emoción, en tiempos en los cuales usted todavía tenía curiosidad. Usted puede hacer que las cosas sean diferentes. Cambie su mundo y salve al nuestro.

–No tengo posibilidades de cambiar lo que me rodea, ni siquiera puedo hacer que mi perra me dé la pata.

–El creador no puede estar controlándolo todo, el creador no reprime, no infunde miedo, da libre albedrio a su creación, escapa de su control, y no tiene que cambiar mucho, sólo aquello que valga la pena.

–No puedo salvar a un planeta que desconozco.

–Míreme a los ojos, mi señor.

–¿A cuáles ojos debo mirarla?

–No es tiempo de más burlas, míreme a mis ojos compuestos, My Lord.

¿My Lord? ¿Se habla inglés en mi mundo?

–¿No piensa en inglés en ocasiones?

Shit, era verdad. Supuse que era parte de una estrategia de la cia  para el hemisferio, enviando mensajes subliminales dentro de Starsky&Hutch. O de la Coca-Cola. Debió ser en la serie de tv nomás, porque en casa nunca hubo plata para Coca. Siempre fui un tipo pobre o un pobre tipo, como entonces, contentándome con ver a los ojos compuestos de un simple Tata Dios. No percibía nada, seguramente a causa de la interferencia interplanetaria. Pero entonces me rozó el fragmento inconsistente de una vida extraviada hacía mucho, mucho tiempo. Una vida ligeramente feliz. Engañosamente feliz. Era un niño. A un niño se lo engaña con facilidad. Y a mí como a nadie. Era verano, y yo apenas un pibito de no más de diez años. Juntaba figuritas, y me faltaban cuatro para completar el álbum. Los premios eran una pelota Nº 5 de cuero y unos botines Sacachispas. Mi amigo Eloy, como todos los pibes de diez años, también estaba en eso, y aunque le faltaban demasiadas, tenía precisamente las que yo necesitaba, entre ellas la de Maletti, aquel rústico back de San Lorenzo, y acaso por no tener mérito deportivo alguno,  la figurita difícil. Una tarde nos juntamos en La Canchita de la calle Azul y, mientras veíamos jugar a los más pibitos, hicimos el trato. Eloy se quedaba con los botines y yo con la pelota. Toda mi vida había soñado con la Nº 5 propia. Veinte gajos hexagonales blancos unidos por los doce pentágonos negros. La perfecta forma de la ilusión. El problema surgió a la hora de reclamar los premios, cuando el kiosquero me entregó una Pulpo de goma a rayas. Ya no quedan, se excusó. Y fue en vano intentar un nuevo arreglo con Eloy. Peleamos y nunca más volvimos a ser los de antes.

Pero no recordaba que hubiéramos inventado planeta alguno. Sí, que lloré toda la tarde, como todo niño desengañado, y pasé todo el resto de ese verano haciendo rebotar la pelota contra la pared del fondo. Con rabia y desacierto. De derecha, de izquierda, de pifia, sobre todo de pifia. De puntín, de chanfle, picada, una y otra vez contra la pared del fondo. A veces acariciándola de chanfle, en ocasiones tratando de derribarla de un puntinazo. Tratando de voltear el límite. La pared del fondo de casa por otra parte dividía un barrio de otro, una localidad de otra. De acá Wilde, de allá Bernal. Avellaneda y Quilmes divididas por una línea de punto y raya invisible que recorría una pared de ladrillos de treinta centímetros de ancho. Y Eloy vivía del otro lado de esa pared. El lado oculto. El fin de mi mundo conocido. El fin del mundo. La pared del fin del mundo. Un planeta a rayas que rebotaba contra la pared del patio del fondo del universo, impulsado por una patada que lo disparaba de forma impensada e informe contra un rincón u otro. Entonces todo se hizo evidente y pude escuchar los gritos desesperados mientras se producían las migraciones precipitadas. Pude percibir el Caos. ¿Será Eloy aquel que habita el lado oculto?

–¿Cuáles son las alternativas?

–Salvarnos o evadirse, aislándose en su reino sanitario.

–¿Quién efectúa la patada?

–Usted mi Señor.

–Debo mejorar mi tiro con tres dedos.

–Y también el de cara interna, si no se ofende.

–¿Qué me queda?

–Le pega de puntín como los dioses.

–¿Cómo se llama mi planeta?

–Aldo.

–Es un mundo imperfecto.

–Es un Dios imperfecto.

 

M G Paier

Argentina

Escritor – Arquitecto

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