Las palabras rotas, un cuento de Adrián Omar Lerose

Mientras Miguel esperaba en silencio una respuesta yo revolvía mi café callado, escuchando el ir y venir de los trenes, el murmullo de los pasajeros que van y de los que vienen, y a través de la ventana podía ver cómo el sol, antes de ponerse, pintaba de naranja toda la estación y mi tren, ese que me esperaba en el andén. Miguel reía al recordar una frase de su abuela: que las penas saben nadar y eso de ahogarlas en alcohol es tan inútil como correr porque te alcanzan. Le conté a Miguel que la noche anterior había tenido una fuerte discusión en casa con mi madre y con Lucía mi novia, que, parada a su lado asentía y lanzaba miradas acusatorias, pero cuando me preguntó porqué había discutido no supe qué decir. Enojo, frustración y una fuerte compulsión por irme en medio de la noche brumosa me llevaron con lo puesto al bar de la estación donde siempre me encuentro con mi amigo Miguel, y así se lo dije. Giré la cabeza y un enorme espejo en la pared me reflejaba cansado, desprolijo, y rodeado del humo de mi cigarrillo. Me miré a los ojos casi sin reconocerme.
– Este espejo me robó mi imagen. – le dije a Miguel y volví a mirar el andén. – Yo no soy así de viejo. Ese es otro. – Lo miré a los ojos y recorrí el bar con la vista cansada, pero pude ver que no estábamos solos. Dos chicas de mi edad con ambo celeste cuchicheaban y reían – Necesito vacaciones. – Tomé el último sorbo de café y me levanté, le di una palmada en el hombro y me despedí de mi mejor amigo. Un perro lanudo y juguetón me acompañó un tramo caminando por el andén para perderse de vista junto con un joven pordiosero.
Cuando terminé de acomodarme en mi asiento vi el rostro de Miguel que me observaba desde el andén. Tenía una sonrisa triste, pero creo que entendió porqué me tenía que alejar de todo y de todos, aunque más no fuera por un tiempo. Y entonces el tren lentamente partió de la estación alejándome de Buenos Aires, de mi familia y de Lucía.

La ciudad se fue achatando y oscureciendo poco a poco mientras los pasajeros leían o charlaban. El murmullo suave del tren hamacándome volvían mis párpados cada vez más pesados y me debo haber dormido porque Lucía besaba un enorme espejo con pasión y deseo mientras me decía con un sensual susurro que no me pusiera celoso, pero apenas podía escucharla, porque el chirrido de los frenos, el tren cambiando de vía y los pasajeros juntando su equipaje me obligaron a abrir los ojos. Mi bolso era de mano con apenas una muda de ropa. Bajé al andén y caminé a la salida sin darme cuenta que seguía en la estación Constitución. Reconocí el barcito y el espejo que ahora apenas refleja las mesas vacías me devolvió un rostro joven y relajado. “Ese soy yo”. Seguí caminando, convencido de que era imposible que siguiera en Buenos Aires, aunque el atardecer ya estuviera muriendo, tal como lo había dejado al salir. Estaba realmente confundido, sudado y con el cuerpo pegajoso, la barba crecida y dura y me dolían todos los huesos. Y mi olor era penetrante, como si ese tren y yo hubiésemos dado la vuelta al mundo y yo sin bañarme… Seguí caminando sin rumbo fijo durante una hora, hasta que llegué la casa de mis padres. No quería entrar, pero urgía un baño.
La cara de mi madre Aída era seria, la misma desde que falleció mi padre, y sus silencios parecían un reproche constante, un odio contenido y hasta prohibido. Debo admitir que era mutuo, y sus frases cortantes no me sorprendieron mucho.
– La habitación está lista. – dejé mi bolso asombrado de lo cambiada que estaba mi pieza. Nada de lo mío estaba ahí, excepto por los muebles. – El baño también está listo – dijo con cara de asco, y no la culpo porque yo ya olía a camello.
– Voy a afeitarme – contesté.
– El pago es por semana y por adelantado – y me dijo una cifra que apenas escuché, porque ya era el colmo.
Mi propia habitación… El odio dejó paso al asombro y con un gran desprecio dejé una suma de dinero sobre la mesa de luz y pasé a su lado para ir al baño. Debe haber entendido mi insulto, porque el agua estaba que pelaba de caliente. A medida que me quitaba el pelo de la cara empecé a descubrirme joven, y la música en una ventana vecina me calmó hasta sacarme una sonrisa y ya prolijo, el agua caliente no solo me quitó el hedor sino que terminé por rejuvenecer, y me sentí de nuevo con veintidós años, listo para salir a buscar a Lucía y olvidar que en mi propia casa era un extraño.
Caminé las cinco cuadras bajo un sol fuerte y una brisa que refrescaba mi rostro Ella se acercaba a paso ligero hacia mi encuentro, me saludó con un beso apurado insistiendo en que llegaríamos tarde a la clase de la facultad.
– ¿A qué facultad?
Me miró con una sonrisa y entrelazó sus dedos a los míos y así viajamos durante media hora en el subterráneo. Con cada paso se nos unían hordas de jóvenes que parecían ir hacia un estadio de fútbol o a un recital de rock. Algunos vestidos con ropas rotas, otros elegantes, nada era uniforme, salvo un andar seguro y hasta soberbio. Poco a poco se fue formando una pequeña marea humana que me arrastraba a un aula que me era totalmente extraña, mientras las risas de Lucía me hacían sentir cada vez más desubicado. Se soltó de mi mano y empezamos a alejarnos, pero nunca la perdí de vista. A mi lado una señora entrada en años, rolliza y con el pelo pajizo se hacía paso a puros empujones.
– Yo no soy alumno – le dije – nunca fui a ninguna facultad…
– Yo tampoco… – y siguió empujando hasta que todos entramos al aula magna.
El aula ya esta completa y se fueron llenando los pasillos de gente que a esa altura ya empezaba a dudar que fueran alumnos, empezando por la gorda que seguía empujando y un petisito con la cara colorada, unos enormes anteojos y una carpeta que sostenía como si se tratara de un ramo de flores se pegó a mi lado. Me acomodé entre unos alumnos mientras buscaba a Lucía, pero no podía moverme y la multitud era sofocante, así que me quedé quieto, esperando saber de qué se trataba esa clase. El murmullo se fue apagando y a unos 30 metros, frente a un enorme pizarrón vacío apareció el jefe de cátedra vestido con un traje tapado con un guardapolvo blanco. A mi alrededor había mapas de varios continentes, no parecía un aula dedicada a la medicina ni a economía, podía ser geografía…
– La historia avanza hacia atrás.
Alcé las cejas y miré a mí alrededor. El silencio era casi místico, se podían escuchar sus pasos desde las gradas más altas. Busqué con la vista a Lucía y la encontré al lado de una rubia alta; cuchicheaban y reían. El petisito de anteojos gruesos a mi lado me miraba con una sonrisa me dijo que era poeta.
– ¿Qué? – lo miré con un dejo de desprecio
– Soy poeta… – y desvió su mirada hacia la gorda que no dejaba de empujar gente.
El profesor siguió hablando con voz pausada, melosa y monocorde.
– Como si fuera una película ya filmada por los dioses, nos toca actuar en algunos cuadros que parecen avanzar, y no, no avanzan… solo a veces lo hacen, muy pocas veces… estos son tiempos en los que el proyectorista ha vuelto a poner el rollo anterior y cree confundirnos. Les aseguro que esta parte de la vida yo ya la vi.
– ¿Esta clase es de física? – pregunté a la gorda en voz baja.
– Cerrá el culo imbécil. – Su respuesta no me aclaró ninguna duda.
El petiso me pasó un papel que pensé que era para mí. Lo abrí y me encontré con unos versitos escritos a mano.

Quisiera tocar el sol y quemarme las manos,
Abrazarlo y que arda en mi pecho,
Cabecearlo y chamuscarme el pelo.
Quisiera jugar a la pelota con él,
Patearlo hacia vos y quemarme los pies,
Quisiera ver fuego en tus ojos alguna vez,
Quisiera darte el sol.

y dejes de jugar con la luna
de una buena y puta vez.

Lo miré indignado, pero con sus cuatro ojos y su cabeza me hacía señas de que se lo pasara a la gorda. La señalé y asintió sonriendo, así que más aliviado me deshice del poema y se lo pasé a la gorda. Alguien, cerca de los pizarrones empezó a gritar.
– ¡Compañeros, únanse a la huelga de los mineros del sur! Los obreros y campesinos están muriendo de hambre en las calles de Buenos Aires y es nuestro deber frenar esta fantochada de un gobierno tentacular y bífido…
Era una chica joven, delgada y bien vestida que me asombró por la virulencia de sus gritos, agitando los brazos para que la siguieran a no sé qué combate. El murmullo se empezó a transformar en gritos y los gritos en aullidos.
– ¡Zurda hija de mil padres! – y voló un borrador hacia el alumnado que ya empezaba a descontrolarse.
– ¡Compañeros, compañeros… los obreros… los campesinos!
La gorda terminó de leer el poema y con los ojos llenos de asombro se acercó hasta el sonriente petisito de anteojos. La mueca en su labio no presagiaba nada bueno, así que me aparté y a pesar del griterío se hizo escuchar.
– Así que dueño del sol y de la luna… – se acercó hasta tomarlo del cuello y empezó a ahorcarlo y sacudirlo como a un muñeco de trapo – ¡Yo te voy a hacer ver las estrellas, gusano burgués!
Sus anteojos cayeron a mis pies y me agaché a recogerlos justo a tiempo para esquivar un globo terráqueo que adornaba el escritorio y pasó volando hasta estrellarse contra la pared y caer al suelo. Los insultos eran ya inaudibles, y agachado como estaba quise sacar a Lucía de esa locura y escapar, pero no podía encontrarla con tanta gente, que encima seguía entrando al aula para sumarse al descontrol.
– No hay freno para el motor de la historia – seguía gritando el profesor a viva voz frente al pizarrón lleno de manchas que eran mezcla de café y restos de comida.
Logré pasar por un pasillo hasta la entrada y salir con solo un par de golpes y una patada en las nalgas. Herido en mi orgullo quise llegar hasta el rectorado y subí las escaleras donde pude apreciar que los disturbios eran menos violentos. Algunos alumnos criticaban al decano mientras subíamos por la escalera. Llegamos hasta su oficina que ya estaba con varios alumnos dentro, todos fumando y discutiendo.
– Se supone que esto debería ser una fiesta, la fiesta de la democracia. Y ahora doctor, ¿quién le pone el cascabel al gato? – preguntó una chica visiblemente nerviosa. – Yo quiero estudiar, ser alguien en la vida… y me tocaron el culo.
– Entiendo la metáfora… los chicos a veces se ponen un poco eufóricos, exaltados, pero hay que esperar… son jóvenes.
– Doctor – interrumpí – se están matando. A uno le partieron el globo terráqueo en la cabeza. No pude sacar a mi novia, y ni siquiera estudio en esta universidad…
– ¿El globo terráqueo? Ah no… ese lo conseguí del instituto de astronomía y me costó un gran disgusto – dijo encaminándose a las escaleras – Nadie va a destruir mi mundo, nadie.
Hizo una seña y dos grandulones aparecieron de la nada, vestidos de guardapolvo blanco y con cara de pocos amigos. Empezamos a bajar las escaleras hasta llegar al aula magna donde la situación seguía en pleno descontrol. Le señalé a la gorda, que a esta altura se había ensañado tanto con el poeta que éste parecía un muñeco de trapo, y algunos grupos se daban de golpes mientras otros seguían discutiendo si era mejor acompañar a los obreros en la huelga o reprimirlos a palos. Busqué con la vista a Lucía y la encontré bajo el escritorio, sospechosamente abrazada a Paula, la rubia elegante de pelo largo y bien vestida. El decano la vio y luego me miró con una sonrisa perversa.
– ¿Esa es su novia?… qué moderna… vea, yo ya pasé los cincuenta – me dijo confidente mientras ayudaba al poeta a levantarse y le sacudía el polvo del saco – y estoy con una chica treinta años menor – tomó los anteojos que yo todavía sostenía en mis manos y se los acomodó en la cara desorientada del poeta que no sabía dónde estaba la salida y volvía a los brazos violentos de la gorda. – A mi edad es una tregua en la vida, no se lo diga a nadie, pero mi mujer me hace sentir un viejo acabado… – se agachó y ayudó a una chica a levantarse del suelo, tomó el globo terráqueo y mientras lo frotaba como a una lámpara mágica se dirigió al escritorio – y la verdad es que aunque sea un viejo, tengo derecho a ser joven. ¿No quiere un caramelito?
No supe qué contestar. Lo ayudé y entre los dos incorporamos al profesor mientras la gresca se apaciguaba bajo la atenta mirada de los dos preceptores que convencían al alumnado con frases tiernas y manos firmes.
– Chicos, por favor… pueden seguir charlando sin golpearse. – Coman un caramelo…
Se acercó a un joven que se aferraba a un televisor amurado detrás del escritorio del profesor y trató de bajarlo. Los preceptores lo ayudaron entre los gritos ahogados del alumno.
– ¡Quiero que el cirujano me ame a mí….!
Con el alumnado más tranquilo salimos del aula magna y pasamos por el comedor. Teníamos sed y mientras bebíamos y charlábamos acerca de la clase quedé justo frente a la rubia que seguía acomodándose el pelo. La gorda estaba a unos metros charlando con el petisito que no dejaba de anotar cosas en la carpeta.
– Me llamo Paula. Yo no creo en esto de que el tiempo es como una película, ¿vos?. Imposible. Yo creo en la revolución, nada la puede detener. En todo caso – y dejó su pelo en paz para mirarme – el tiempo es la revolución.
No me preguntó cómo me llamaba. Le hubiera mentido. Mientras seguía con su discurso acerca de una huelga obrera de no sé qué fábrica miré sus pechos, jóvenes y tímidos, que me invitaban al adulterio y para no parecer un baboso giré mi vista hacia el parque y pensé que después de todo, esto de que la historia es como una película, no era tan descabellado. Me imaginé saltando de un cuadro de mi vida a otro, una vida confusa con tan pocos recuerdos y me asustó la idea de quedar atrapado en algún cuadro de recuerdos difusos.
– ¿Estás siempre por aquí? – le pregunté mientras bajaba las escaleras.
– Siempre – me respondió sonriente – Siempre.
Se dio vuelta y caminó hasta Lucía que se acomodaba la ropa y se arreglaba el pelo, y antes de que la clase volviera empezar, decidí irme. Bajé las escaleras, salí de la facultad y crucé la plaza donde todavía había algunos grupos enfrascados en discusiones que ya no me interesaba escuchar.
En la escalinata de la facultad un linyera y su perro se lamían y acariciaban sonrientes y felices ignorándome por completo, y no pude sino sentir envidia. Encendí otro cigarrillo y seguí caminando por el parque. Dos mujeres hablaban atrás de mí y podía escuchar sin ningún esfuerzo y a pesar del tránsito la voz angustiada de una de ellas.
– … y le dijo “aunque rompas mi corazón, te amaré por siempre”… y no sabés cómo me puse a llorar…
– Ella no lo merece, es mala…
– El un cirujano… y con lo buen mozo que es…
Se perdieron entre la gente y yo dudé por un instante que el bendito cirujano fuera tan bueno si era capaz de romper corazones y seducir pacientes. Un cartel hablaba de ellos en la calle y al parecer, su vida era pública, y todos los días después del noticiero la gente se enteraba de la vida de este cirujano. Encendí otro cigarrillo y ya más calmado caminé hasta llegar a mi casa donde mi madre cocinaba una de sus legendarias tartas de verduras.
Sus ojos estaban tristes y llenos de lágrimas que no terminaban de caer.
– Te traje un saquito, porque el verano está terminando… – se dio vuelta y con los ojos llenos de lágrimas puso la tarta al borde de la mesada para que se enfríe y de un bolsito sacó el abrigo y me lo extendió sobre la cama – A la tarde voy a ver a los chicos que con esto de la facultad comen mal o nunca… – se secó las lágrimas y me acarició el rostro con ternura, pero yo me alejé de ella – Te extrañamos…
Siguió hablando, pero me costaba entender el contenido de sus palabras y sólo la observaba con asombro, como si fuera una completa desconocida. Me sentí asfixiado, necesitaba salir, irme lejos. Cerré la puerta y salí a caminar, primero sin rumbo pero después decidí que sería bueno tomarme un tren, irme unos días a la costa, descansar de todo y de todos. Fumé varios cigarrillos antes de llegar al bar de la estación terminal y allí, solo y con un café en la mesita, estaba Miguel, mi viejo amigo que parecía siempre esperarme. Yo también pedí un café pero al sentarme y buscar mis cigarrillos noté que ya no tenía. La taza de Miguel estaba rota, pero no le avisé, me levanté y lo miré a los ojos.
– Voy al quiosco y vengo. Quiero fumar.
– Dale, yo siempre estoy acá…
Lo miré sonriente y vi al mozo, un joven magro, enjuto y de anteojos que le pedía una nueva taza a una gorda que ordenaba y limpiaba platos detrás el mostrador, y salí caminando lentamente hasta dar vuelta a la esquina. Ya era noche cerrada, y una niebla molesta apenas me dejaba ver la vereda, salpicada por manchones de luz de unos faroles que no llegaba a ver, así de cerrada estaba la niebla. El quiosco no aparecía y me invadía una sensación de congoja, tal vez por no poder ver más allá de unos pocos pasos delante de mí, y entonces, como en los sueños, una persona de blanco apareció de la nada iluminándome con una pequeña linterna.
– ¿Cómo se siente hoy? – tenía una voz agradable, serena y se parecía a Miguel, pero con barba.
– … – No contesté
– Hoy le trajeron algo… ¿siente ese olorcito? Su señora…
Entonces di un paso atrás para alejarme de ese loco. Podía sentir el aroma de la tarta de verduras y las imágenes de mi casa se fundían con las de ese callejón cubierto de niebla y luces a medias y oscuridades apremiantes. Di media vuelta y volví sobre mis pasos hasta llegar al bar. Apenas me senté el petiso me trajo un café, dejó dos más en una mesa donde dos chicas jóvenes vestidas de ambo blanco charlaban animadamente, y volvió al mostrador a charlar con la gorda, que seguía limpiando tazas. Una de las chicas, rubia, de flequillo y de pelo largo que lo acomodaba constantemente parecía decir algo de un médico, tal vez fuera ese cirujano famoso, estúpido y seductor, o del loco que me topé minutos antes.
– ¿No conseguiste cigarrillos?
– … – negué con la cabeza. – … tengo que dejar de fumar…
– ¿Y las vacaciones? – me preguntó Miguel y yo me alcé de hombros.
– Me quedé pensando en la taza rota – murmuré -. Dejó de ser una taza….
Miguel alzó una ceja extrañado y sonrió asintiendo con la cabeza.
– Todo lo que se rompe deja de ser lo que era, ¿no?
– Si – dije pensativo – me pasa con las palabras… si están rotas ya no tienen sentido… y hay gente que habla con las palabras rotas… mi mujer, por ejemplo – hice una pausa reflexiva y alcé la vista – no la entiendo, pero hace una tarta de verduras… mejor que la de mi vieja… pero no se lo digo porque si no me matan las dos.
Hicimos silencio y Miguel empezó a reír. Me tenté y reímos juntos mientras miraba mi taza bordeándola con los dedos, buscando imperfecciones.
– Contate una de tus historias.
Los miré a los ojos fijamente, con una sonrisa cómplice.
– ¿De cuáles, de las de verdad o las de mentiras?
– Las que estén llenas de mentiras, que son las mejores…
Ahogué una carcajada y comencé a contar.
– El otro día me pareció ver a Lucía. Una piba de mi barrio. Yo era muchachito y ella iba a la facultad de letras, creo, y tenía una amiga, una tal Paula, alta rubia y… – alcé la vista y mis manos hacia mi pecho. Su rostro se iluminó con una sonrisa – éramos tan chicos…
Mientras seguía mi relato Miguel me escuchaba atento y sin perder palabra, la noche empezaba a oscurecer el bar y el petiso ayudaba a la gorda a levantar las sillas. Tenía que apurarme. Mis vacaciones se estaban por terminar, y me esperaban en casa.

Adrián Omar Lerose (1962)
Escritor, cineasta y programador.

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