Blade Runner 2049: ¿Y Philip K Dick dónde está?

La nueva entrega producida por Ridley Scott y dirigida por Denis Villeneuve se emparenta directamente con su antecesora de los ochentas dejando de lado los más profundos resabios del autor del relato en la que se basa.

De una corrección y pulcritud de factura que deja entrever una planificación y control lindante con lo obsesivo, es un producto que no va a defraudar a los inversores ni al gran público. Para quienes buscamos surtirnos con una buena dosis del factor dickeano podemos salir un tanto defraudados, al menos en mi caso fue así.

Nuestro querido Philip, y digo nuestro como un autor más de estos lares que intenta nadar en las aguas de la ciencia ficción teniéndolo como uno de sus principales referentes, en su obra  ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, relato en la que se basa, nos enfrenta a la disyuntiva de optar por lo auténtico o por lo ficticio, más cuando lo ficticio puede verse más atractivo que lo auténtico y temporalmente hasta ser más útil. El relato, en el que hasta llega a existir una central de policía fake totalmente ocupada por replicantes y el Rick Deckard original (que es más un burócrata que un aventurero) desbarata esa organización, desairando finalmente  a la replicante femme fatal, que se venga de él asesinándole la mascota, está inspirado en la Ley de Gresham.  Principio según el cual, cuando en un país circulan simultáneamente dos tipos de monedas de curso legal, y una de ellas es considerada por el público como “buena” y la otra como “mala”, la moneda mala siempre expulsa del mercado a la buena. En definitiva, cuando es obligatorio aceptar la moneda por su valor facial, y el tipo de cambio se establece por ley, los consumidores prefieren ahorrar la buena y no utilizarla como medio de pago (recordar patacones, lecop y otras cuasi monedas vernáculas). Algo así ocurre con la nueva entrega con respecto a la original.  Puede verse hasta más atractiva que la precuela pero huele a peishe podrido.

Philip era un creyente, de una iglesia de un solo miembro, pero era firme creyente en Dios, aunque lo  haya matado en Nuestros amigos de Frolik 8. Me aventuro a conjeturar que PKD creía que Dios es la realidad última y que de algún modo ciertos  poderes nos la escamotean constantemente. Y en toda su obra se refleja esta posición o sus dudas o sus cuestionamientos ante ella,  es una búsqueda incesante de qué es la realidad.  Esa angustia dickeana, principal condimento de gran parte de su obra, está ausente en este film, intentan reemplazarla con elementos nostálgicos de catálogo.

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