En el hospicio por Leandro Lozano

Acá sí que no hay verso: canciones de amores imposibles, de sueños rotos, de mentiras, adicciones y desamparo. Todo este enjambre de sentimientos vivió dentro de la obra folk-rock que escupía Tim Hardin –o Tim Heroin, como era conocido dentro del círculo de artistas que rodeaba a Andy Warhol en los años 60-.

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“Para mi simbolizaba un alma de renacimiento en un mundo de plástico”, dijo nada más ni nada menos que Bob Dylan del bueno de Hardin. Saltando de agudos a graves, con una voz por momentos tierna y por momentos oscura y casi depresiva, o apocalíptica. Tim Hardin grabó sus dos primeros discos, o sea, sus dos mejores obras, plagadas de temas con una calidad eterna.

Los dos primeros discos, “Tim Hardin 1” Y “Tim Hardin 2”,  a pesar de sus problemas de adicción, fueron intensos, como también lo fue su forma de vivir. Sus canciones bucólicas tenían encerrado un gran poder, no solo en letras y acordes, sino también en arreglos vocales y,  sobre todo en la forma que eran interpretadas: una guitarra acústica y algunas historias traumáticas le alcanzaron al trovador para grabar una material vasto y plagado de buenas canciones.  Pero ya que hablamos de lo bueno de las letras de este muchacho, no los vamos a dejar así pensando, o yendo a buscar a google el traductor para ver si estos es verdad o estamos inventando. No, no, nosotros somos buenos y acá le dejamos una breve estrofa de una de las mejores letras de este hombre, letra que le dedico a su mujer, Susan Morss, una mujer que según cuenta algunos venia de una familia muy pero muy bien acomodada, y de ingresos más que interesantes, cosa que Hardin desconocía: la guita. Bueno, disfruten de estas letras que hoy en día hacen tanta falta: “Señora, vino de Baltimore. Todo lo que llevaba era de encaje. Ella no sabía que yo era pobre, ella nunca vio mi lugar. Yo estaba allí para robar su dinero, tomar sus anillos y ejecutar. Luego me enamoré de la señora”. Esto podría ser, tranquilamente, un poema, un haiku de esos que cierran perfecto y lo dejan a uno con la sonrisa cómplice de saber, o creer entender que fue lo que uno leyó.

 

Lamentablemente a  principios de los 60, a Hardin, la adicción a la heroína lo estaba dejando seco, y después de un par de años, en 1980, una sobredosis de morfina lo terminó matando y dejando fuera de escena. “Mi libro de cabecera es un revólver y quizá alguna vez al acostarme, en vez de apretar el interruptor de la luz, distraído, me equivoco y aprieto el gatillo.” Dijo el poeta francés Jacques Rigaut, pero vamos a modificar algo de esta frase, una sola palabra,  así nos queda más redondo todo este final. Vamos a sacar eso que dice este muchacho de “Mi libro de cabecera era un revolver” y vamos a dejarlo así “Mi canción de cabecera era un revolver y quizá alguna vez al acostarme, en vez de apretar el interruptor de la luz, distraído, me equivoque y apriete el gatillo”. Bueno,  ahora si se puede aplicar y parecer más a la idiosincrasia de Tim.

 

PD: Me voy a permitir recomendarles tres discos: “Tim Hardin 1” “Tim Hardin 2” y “Suite from Susan Moore And Damion: We are one. One, all in one”

Leandro Lozano

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