La inteligencia Nacional

La camisa Armani con los botones sin abrochar dejan al descubierto una cadena de oro. Me pregunta por el sector infantil y le indico dónde está. Le dice a su hijo (al que le calculo unos ocho años) que vaya a explorar por su propia cuenta el sector y, después de un rato, le pregunta si ya eligió.

Sí, dice el chico.

Cuál elegiste, le pregunta el padre.

El chico le muestra, contento, el libro que estuvo mirando con evidente satisfacción. ¡Viva la caca!, de Gustavo Sala. Entonces el padre, tras echarle una rápida mirada al libro, le dice que no, que eligió mal, que ese libro es estúpido y ofensivo.

viva la caca1

Para mis adentros, pienso que la idea de elegir mal, en este caso, no aplica. El pibe eligió lo que captó su atención y punto. No estoy defendiendo a Gustavo Sala. De hecho, aunque lo considero un humorista extraordinario, puede que ese libro en particular no sea de sus mejores libros. Pero no es el punto. Bueno o malo, es un libro genuino. Más genuino que la mayoría de los libros infantiles. En cualquier caso, no importa realmente. Lo que importa es que nadie puede adjudicarse la capacidad de decidir sobre el otro.

Se me dirá que uno siempre está postulando lo que cree mejor para sí mismo y para los demás y eso sería correcto, pero hay que tener cuidado con la prepotencia. Bueno, eso pienso yo. Aunque no importa. De lo que quiero hablar es de otra cosa: el cliente, algo fastidiado por la elección de su hijo, me pide asesoramiento.

Le pregunto al chico si le gusta leer y el padre me responde en su lugar y me dice que quiere que su hijo lea. Me doy cuenta que al pibe no le gusta leer pero que su padre es de los que insisten con que su hijo lea, porque existe como una suerte de mito de que leer está bien. Es lo que hace la gente de clase alta, ¿entendés? No somos ignorantes como vos.

Le recomiendo el libro: Los súper premios, de Bernasconi. Es un libro que incentiva la imaginación y la creatividad, a partir de imágenes intercambiables con las que se pueden generar diferentes personajes aleatorios. El pibe comienza a mirarlo, interesado. El padre se lo quita de las manos y me mira como acusándome.

super premios

No me entendés, me dice, quiero que mi hijo lea. Esto no tiene nada para leer. Esto es para más chicos.

Le respondo que es un libro que no tiene límite de edad y que, a decir verdad, lo compran más los adultos que los niños. Bernasconi tiene muchos fans, le explico. Es un artista muy prestigioso y valorado en todo el mundo.

Esto es una pavada, me responde.

Pienso que no es así, pero no voy a discutir. Le sugiero algún clásico. La isla del tesoro, de Stevenson. Los viajes de Gulliver, de Swift. La cara de póquer del cliente me indica que no tiene la menor idea de qué le estoy hablando.  Lo miro buscando complicidad, pero nada. ¿Mark Twain? ¿Jack London? El cliente mantiene su cara impávida. Creo que entonces revoloteó una mosca y que hizo bastante ruido.

Me doy cuenta de que esto se convirtió en una negociación con el padre y me aburro. Por un segundo sentí como si tuviera poderes de videncia y pudiera ver el futuro. Oh, maldita sea, el hijo se convertiría en su padre. Cadenita de oro y prepotencia clasista incluida. ¿Podría un libro marcar alguna diferencia? Al menos hay que intentarlo, pensé. Entonces le recomendé Roald Dahl, con la secreta esperanza de cambiar el decurso de los acontecimientos, pero no me hizo caso.

Se llevó uno de Nik.

En tren de confesión, el cliente me cuenta que su hijo va a una de las escuelas más prestigiosas del país. Asentí con la cabeza y otra vez tuve poderes de clarividencia. Pude ver a su hijo ascendiendo sin límites en la escala social. Pude ver privilegios y favores, manos estrechándose. Títulos honoríficos y posgrados en Harvard. La boda. El embarazo. Pude ver el ciclo repitiéndose. Algún día llevará a su hijo a una librería y se ofenderá cuando el vendedor le sugiera leer a Michael Ende o a Roald Dahl.

Estos vendedores de mierda, negros cabeza que no entienden nada.

 

 

Por Luciano Alonso

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