Ayudar a Enrique

Foto de Enrique Symns San Telmo Buenos Aires

 

“Acorralar la noche y matarla para empujar al manso ganado de almas hacia los corrales del sueño”
Enrique Symns

La literatura es ingrata sino explicame 1700 amigardos Lit de Facebook más 1500 de Twitter y ninguno está acá, en el Emergente de Almagro para colaborar con la operación de cadera de Enrique Symns. Hay pibitos y pibitas en zapatillas que deben ser público estándar del lugar porque la Cerdos & Peces nunca la leyeron. Lo sé yo y lo saben ellos cuando me miran a los ojos. Al normal y al ojo negro, lo cual dice algo sobre mis problemas esta semana; eso y el saco Armani para venir a semejante aguantadero de bengalas. Llega Gabriel Levinas soplando frío con las manos en los bolsillos. Desde hace tres años Levinas piensa que soy un poeta llamado César Bandin Ron y yo no hago nada por aclarar el malentendido porque es mejor ser poeta que ser esto que se desintegra con cada respiración. Levinas me dice “Son todos pendejos, César, voy a dejar algo de plata y me voy” Yo debería hacer lo mismo – dejar plata, irme, ser César – Si pudiera domesticar la insuficiencia no estaría viendo a este pibe que sube al escenario y agarra el micrófono pidiendo disculpas, como una groupie que nunca aprendió a chuparla. Tomo el Black Grouse – que era un regalo para Vi. Sigue siendo un regalo para Vi pero ahora con la cardinalidad invertida – y distingo a Busqued, abrigado para un cuento de Jack London. Me cuenta que la novela todavía no está lista – van seis años de no estar lista – y lo entiendo perfectamente, esto lleva tiempo mierda-carajo. Hablamos de Halopidol y asesinos de taxistas y se suma Vardit con su botiquín de divertimentos. De espaldas al escenario fumamos flores venenosas y nos pasamos el Black Grouse brindando por Symns, por la operación o lo que quiera hacer con la plata. La estrella del botiquín son dos cartones de embarque first class. Dos dividido tres da 0.66 así que Busqued va a pedir una tijera. El pibe de la barra se asusta hasta cagarse por este grandote de Alaska que pide con amabilidad maniática un elemento punzocortante. Obviamente no hay tijera y Busqued decide abandonar la noche. Está picante bajo la lengua y no pasan diez minutos cuando se empiezan a revelar las verdaderas intenciones del lugar: la banda neonazi, peones tuertos que van y vienen empujándonos cuando no hay nada para ir y venir y casi que se va formando un centro de hoguera donde quedamos con Vardit  que me mira y pregunta “¿Saben que fuimos a la ORT?” Sin anunciar chancho-va me escapo al baño y me la sostengo con manos que pierden la memoria de ayer, en el parking de 1000 Rosa Negra, agarrando el culo paradito de una manager de modelos. Proyectado al fondo del mingitorio pasa el cinematic de las mujeres, desde esos levantes peatones en Plaza Tamandaré hasta cada escritora wannabe, cada reclamo, amenaza y malentendido. Me pesa, me molesta el saco y la idea es dejarlo en el auto, volver, seguir. Salgo con Vardit , pero en la esquina lo miro y me mira y no recordamos exactamente qué estábamos haciendo. Como sea es una linda noche para caminar Almagro perpetrando un nuevo asalto al Valle de Silicio, esta vuelta con una API de Inteligencia Artificial para Twitter. Atravesamos redes, líneas punteadas, telas de araña en 8 bits, porque es un privilegio de estos cartones revelar las texturas del aire. Al paso distingo mi auto y recuerdo lo suficiente para abrir el baúl. Tiro el saco que queda con las manos separadas tipo occiso de balcón. Seguimos caminando, cuadras y cuadras y le hago notar a Vardit que la temperatura es perfecta y qué raro porque el resto de la gente va tan abrigada. Coincide Vardit hasta que no podemos ver nada, son dos faros enormes, que nos interrogan. Yo ya estoy dispuesto a confesar todo. Si total. Pero no es un interrogatorio. En los contornos de luz se dibuja un Hummer justo en nuestro camino o nuestro camino en el camino del Hummer. Atrás se abre un portón y nos damos vuelta para ingresar cuando nos frena un tipo de uniforme. Le explico que soy imperialista emocional y tengo derechos geográficos, pero el tipo, pobre, no quiere entender y con un empujón nos lleva de regreso al Emergente. Nos quedamos al costado de la entrada definiendo detalles de Silicon Valley, la necesidad de usar Java, pero también PHP y le cuento a una expat con sombrerito de lana los principios de un buen diseño de software. Ella escucha con atención y al momento de preguntas y respuestas apenas quiere saber si estamos en la cola del Emergente y yo lo miro a Vardit, y los dos miramos detrás, donde se formó una fila de treinta personas. El Emergente traga la cola regurgitando zumbidos de combustión y van unas diez vueltas manzanas mientras el teléfono vibra pero los colores de pantalla me agreden así que no consigo saber quién llama, de repente la rubia hermosa que me espera para empezar la vida que planeamos hoy mismo sin saber que mi cara congeló el remate de una provocación. Me asfixia mi cara, el seudónimo, el teléfono, la bibliografía, mi humor y hasta el saco suicidado en el auto. Calor, mucho calor y ahora camino en cueros con Vardit por Avenida Córdoba bañado en la calma de una incandescencia multicolor. Nos acabamos de poner de acuerdo sobre la necesidad de usar cierto framework y los autos festejan tocando bocina, porque saben que tenemos razón y que ahí vamos, por la avenida al valle de Silicio, donde la única poesía es el código, donde los libros se usan para nivelar teclados,  y por sobre todo, donde sabrán apreciar mi rendición incondicional. Queda atrás una calle en Temuco, cinco novelas, dos libros de crónicas, una obra de teatro, un aborto escandaloso, $1500 para la operación de Enrique Symns y momentos imposibles de interpretar porque como dijo un amigo en su terraza de La Habana “la vida no alcanza para vivirla y comprenderla”.

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