A propósito de la lectura de “La muerte como espectáculo”, de Michela Marzano

Es mucho más fácil para un pueblo civilizado volver a la barbarie que para un pueblo bárbaro avanzar hacia la civilización

 

 

¿Qué es lo que hace que nuestra sociedad luzca cada vez más mezquina, terrible y desesperada? ¿Todavía tiene algún sentido cosechar alguna esperanza? ¿Abandonarse al nihilismo proporciona consuelo o, por el contrario, nos causa incluso más angustia? ¿Todavía tiene algún sentido la cultura? ¿Teorizar como pánfilos mientras, a la vuelta de la esquina, están cayendo las bombas? Así somos. No hay vuelta que darle. Necios y cretinos. Discutimos sobre gustos y política sin comprometernos con nada en realidad y damos por supuesto que somos inteligentes y sensibles y, con un poco de suerte, apenas si somos más inteligentes que un mono.

Pensamos que somos sensibles porque lloramos en el cine. Lloramos al ver en Facebook una foto de un niño sirio muerto. Luego, vemos paisajes destruidos en la ventanilla del colectivo pero apenas sentimos una pena abstracta, como si eso ocurriera en algún lugar lejano de la galaxia.

Si miramos en retrospectiva…la historia de la humanidad ha sido escrita con sangre. ¿Qué es lo que hace que todo parezca incluso más horrible ahora? La violencia gratuita y todas las formas posibles de la perversión no resultan una anomalía en la historia del comportamiento humano. Por el contrario, constituyen la norma. Entonces, ¿qué es lo que luce diferente ahora respecto a cincuenta o cien años en el pasado? ¿Por qué tenemos la sensación de que todo es tan terrible y de que la fatalidad acabará por devorarnos?

Tal vez lo que marca una diferencia entre el presente y el pasado reciente es una cuestión estadística. Es decir, somos más personas. Además, tenemos Internet, cosa que antes no existía. La brutalidad siempre estuvo presente en la historia de la humanidad, en sociedades primitivas y avanzadas. La, así llamada, tendencia hacia la barbarie es tan antigua como el hombre mismo. Pero ahora somos más y tenemos Internet. Ergo, estamos jodidos.

La muerte como espectáculo es un asunto tan antiguo que se remonta a la época de los romanos y sus consabidos coliseos. Desde ahí, hasta el presente, sobran ejemplos. Desde el cine snuff, hasta el fetichismo por la estética e ideología nazi, pasando por el morbo cotidiano por gozar de la desgracia ajena hasta el terrorismo de Estado. El historial de perversiones es tan vasto, que parece increíble que también seamos capaces de ser buenas personas.

¿Existe una sociedad posible que no se construya sobre la mentira, el engaño, el deseo de explotación, el individualismo, el egoísmo, la celebración del mal, el hedonismo sin restricciones?

En su libro titulado: “La muerte como espectáculo”, Michela Marzano se ha tomado la molestia de pensar, investigar y reflexionar sobre todas estas cuestiones. Su libro resulta incómodo y brutal. Por momentos luce tendencioso y apocalíptico, pero terriblemente ceñido a datos verificables. El consumo pornográfico va en ascenso. Antes de que los puritanos pongan el grito en el cielo, escuchen: comienza de manera estándar, pero enseguida evoluciona hacia lo hiperduro. Dinámica que franquea una lógica suicida. El horror no se relaciona con la crudeza posible de las imágenes percibidas, sino con la operación psíquica tras la cual un individuo cualquiera es perfectamente capaz de convertirse en monstruo. Redoblar la apuesta una y otra vez deviene en un tipo de individuo que pierde sensibilidad ante la violencia explícita.

Muerte como esp

Internet ha habilitado todo tipo de fenómenos brutales y comunidades cerradas donde cualquiera es capaz de alimentar todo tipo de fetichismos y desviaciones de cualquier tipo. Lo terrible de la violencia no es la violencia en sí misma, sino el goce con la humillación propia o ajena. El goce que ha dejado de ser sádico o masoquista, para convertirse en un goce criminal.

Luego, la problemática se amplía. No clausura su sentido y alcance en el debate ético o moral de las sociedades y sus normas, sino que se extiende hasta el debate artístico. La sublimación posible del espanto y el horror en su representación simbólica. Representar la muerte como liberación psíquica. Pero, ¿por qué la muerte? ¿Es necesario decirlo todo, mostrarlo todo, exhibirlo todo? Pensemos en los límites del periodismo y su función de informar. No es necesario ser explícito para estar informado.

¿Estamos aprovechando las ventajas de la hipercomunicación o estamos dejándonos llevar por impulsos voyeuristas, sádicos y suicidas? ¿Hay, como sociedad, un futuro posible siguiendo esta lógica de la búsqueda y goce del mal, sin concesiones? ¿Es la prohibición una solución? ¿Quién decide lo que debemos ver y no ver y lo que debemos mostrar y dejar de mostrar? ¿Cuáles son, a fin de cuentas, los verdaderos ejes e impulsos que guían nuestros actos? ¿Qué es, a fin de cuentas, lo que verdaderamente queremos y esperamos de nuestra experiencia como la especie dominante en el Planeta Tierra?

 

 

Compartir
Tweet about this on TwitterShare on FacebookPin on PinterestShare on LinkedInShare on Google+Email this to someone

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *